la caza

05Feb10

-¿Podemos parar?, por favor-
-No.
-Es que no puedo más, llevamos ya cerca de tres horas andando.
-Sabes lo que pasará si paramos.
-No… Bueno, sí que me lo has contado, pero realmente no lo tengo muy claro.
-Joder, pareces tonto, te lo he contado ya mil veces. Si nos paramos nos atraparán.
-Pero ¿quiénes?
-Pues Ellos, ¿no te lo he dicho ya?
-Pero ¿cómo estás seguro de que nos siguen?
-Como estoy seguro, como estoy seguro… Claro que estoy seguro. Ellos no descansan, están siempre al acecho.
-Pero si no hicimos ruido al salir.
-Es igual, Ellos lo saben todo, todo lo ven, todo lo oyen.
-¿ Y si paramos sólo un rato para descansar? Seguro que Ellos también tienen necesidad de descansar.
-Pero ¡qué inocente eres! Ellos no descansan nunca. No lo necesitan. ¿supones que son como nosotros?
-Pues…
-No, si fueran hombres como nosotros no estaría huyendo. No existe nadie sobre la faz de la tierra que me haga retroceder nunca. Tú no me conoces.
-Entonces…
-Ellos son distintos, no se parecen a nosotros. Se trata de auténticos depredadores que destrozarían a un imbécil como tú en un santiamén.
-No sé por qué dices eso.
-Pues porque es verdad, alguien como tú será el primero a quien destrozarían.
-¿Por qué? ¿por qué a mí?
-Pues porque prefieren carne freca y fofa como la tuya imbécil. Por eso.
-Pero…
-Pero nada, zoquete. Ellos comen carne humana. Te cojerán y te destrozarán de una dentellada.
-No, no…
-No, no, no, deja de llorar como una nena, asume tu destino
-Y a ti, ¿a ti? ¿no pueden cogerte a ti?
-Ja, ja ja
-No entiendo esa risa, ¿de qué te ríes?
-Me río… me río de ti, imbécil.
-¿Por qué? ¿por qué eres tan cruel conmigo?
-¿Cruel? ¿crees que soy cruel? Espera a ver lo que te harán a ti.
-Y a ti, ¿a ti? ¿no pueden cogerte a ti?
-Además de imbécil eres un inocente. ¿quieres que te diga por qué cargo con un inútil como tú? ¿por qué te estoy aguantando?
-No, creo que no quiero saberlo.
-Pues escucha bien. El único motivo de cargar contigo es porque si se acercan mucho te ofreceré como un regalo bien envuelto.
-¿Lo harías?
-Pues claro imbécil. A veces Ellos se conforman con una sola pieza. ¿qué creías? ¿que te llevaba conmigo por el agrado de tu compañia? Si es así eres aún más tonto e inocente de lo que creía.

-No tienes razón, creo que no tienes razón.
-Lo siento, chico, no es nada personal. Necesitaba cargar con alguien para el caso de que me alcanzaran. Tú estabas ahí, escondido en ese agujero esperando que alguien te rescatara, pero ya ves que las cosas no son siempre como parecen.
-No, te digo que te equivocas, que creo que aquí hay más de un imbécil que no se ha dado cuenta de nada.
-¿Yo? ¿estás hablando conmigo?
-Es que todavía no te has dado cuenta.
-Cuenta ¿de qué? Infeliz
-De que, de que yo soy uno de Ellos, que me alimentan tus desprecios… Que te he acompañado por saber más de ti. He dejado que tiraras de mí para conocerte, para estar seguro de que eras el que quería. Y ¿sabes una cosa? Pese a tus bravuconerías me ha gustado ver tu miedo en los ojos, el sudor de tus manos temblorosas. Tu falta de escrúpulos. Es justo lo que necesitaba. Además…
-Además ¿qué?
-Pues nada, que tengo ya ganas de dejar de andar y que, encima, tengo mucha hambre.


Al pueblo de Olaf se accede por la Nacional que lo atraviesa de parte a parte dividiendo a sus habitantes en dos facciones irreconciliables rememorando la tristeza de las “dos Españas” tan presente durante demasiado tiempo en tantos otros lugares. Cuando empezó la Guerra una raya invisible separó vecinos en un bando y en otro. Cuando acabó vencedores (si se puede llamar así) y vencidos se distribuyeron a un lado y a otro de la carretera, que quedó como una enorme cicatriz que pasados treinta años no ha cicatrizado todavía.

Nada más entrar, si vienes desde Madrid, a la derecha, existe un callejón. En ese callejón, de paredes blancas e impolutas hay una escalera. Es una escalera normal, de esas que se suelen usar en una obra, con dos grandes largueros y los peldaños atravesados. Sería una escalera de mano normal si no fuera porque está fuertemente anclada, en su parte inferior al suelo, y en su parte superior a la pared.

No conduce a ninguna parte, no existe ninguna puerta, balcón o ventana en la pared. Por otro lado, tampoco sirve para saltar dicha pared, pues, pese a medir casi dos metros, la escalera apenas llega a media altura del muro encalado. El viajero que llega por primera vez se extraña de esa escalera que aparentemente sólo sirve para traer mala suerte si se pasa por debajo y se es lo suficientemente supersticioso para que ello ocurra. No tiene ningún sentido. Parece que alguien la hubiera olvidado, y otro, en una especie de broma de de mal gusto la hubiera anclado. Supone éste que la desidia hizo que su dueño no la recuperara, que le daba igual.

“Una escalera que no lleva ni parte de ninguna parte”, piensa. Y trata de imaginar una especie de obra de arte abstracta tan absurda y tan de moda en los museos de la capital. Pero sabe que no puede ser eso, pues no existe ningún artista (ni vivo, ni muerto, ni por nacer) en ese pueblo. Así que, tras meditar mucho vuelve la vista tratando de olvidar al pueblo, a la escalera y el maldito calor que hace a esas horas de la tarde.

Antonio entra en ese momento en el callejón. Es de mediana altura y avanzada edad, pantalón de pana y manos en el desgastado gabán. Saluda al viajero con un ademán en la cabeza y comienza a subir la escalera. Cuando alcanza el último escalón se sienta y lía un cigarrillo. En sus ojos aparece un brillo especial cuando, desde lo alto, mira a la parte del pueblo que queda al otro lado de la nacional, a la otra parte ahora enemiga pero siempre vecina, a la otra parte donde puede ver jugar a los niños e imaginar una pasarela que junte en un sólo pueblo aquellas dos mitades tan diferentes y tan iguales a la vez.

(*)A raiz de una broma entre Micromios y Camaché se crearon 10 historias sobre escaleras. Aunque no los conozco y recién los descubrí gracias a una amiga, no he podido resistirme


caronte

27Ene10

Caronte llevaba ya muchos años cargando almas de un lado al otro del río a cambio del óbolo. Ya ni recordaba cuando había empezado esa maldición que hacía con rutina de funcionariado. Las almas apenas hablaban con él y él ni tan siquiera los miraba. Desde que había sido encarcelado por dejar pasar a Heracles (aún vivo) se prometió no hacer nada más que su trabajo con paciencia y tesón envidiable.

Es verdad que el trabajo no tenía demasiadas novedades ni se prestaba a grandes sorpresas. La última fue cuando Orfeo se presentó y tuvo que llamar a Cerbero para que lo trajera de vuelta, pero eso fue en los tiempos de los Antiguos y desde entonces hacía mucho, mucho tiempo.

Desde entonces, se encontraba inmenso en una rutina eterna, aunque a veces el trabajo se acumulaba en las orillas y reconocía con suficiencia que aquello, para quien no tuviera su paciencia, podría llegar a estresar.

En tales casos, con voz alta y fuerte, ordenaba a las almas que se pusieran en fila, en estricto orden: primero, quien portara mayor óbolo, los últimos, quien no habían tenido la fortuna de que un alma piadosa les hubiera dado un miserable décimo de dragma antes de partir hacia el último viaje. Ya no transportaba las almas en grupos mayores de cinco, pues hubo un día en el que casi naufraga la barca.

Aquella tarde realmente había mucho trabajo. El no había comido todavía y las almas se acumulaban más y más. El caso es que hizo que subieran diez almas para llevarlas, con la mala suerte que una de ellas iba cargada de una maldad densa y pesada. Así, según avanzaban hacia la otra orilla, el bote se hundía más y más. E hizo lo que tenía que hacer: en medio del río, tiró aquel desgraciado por la borda ante el asombro del resto. Fue la única vez que recordaba que no había hecho bien su trabajo. Nunca se lo dijo a nadie y se aseguró que ninguno de los supervivientes lo contara cortándoles la lengua. Sí es cierto que durante las siguientes noches no pudo dormir y se le aparecía en sueños aquel imbécil, o las otras almas inocentes, pero el tiempo es el mejor aliado para amortiguar remordimientos y apenas algunas veces se acordaba de aquel hecho con cierto rubor.

Un día cualquiera apareció un alma al otro lado. Era un alma que se había escapado de su destino y que le pedía que lo devolviera a la otra orilla.

-Lo siento, amigo, el viaje es sólo de ida -rió Caronte.
-Es que no quiero estar ahí-
-Y ¿por qué? -Aquel alma parecía ser destinado a los mejores lugares de aquel mundo creado por Hades.
-¿Has estado alguna vez ahí? ¿sabes cómo es?
-Pues no -se encogió de hombros- Pero tú no tienes aspecto de que te hayan enviado a las profundidades del infierno. Pareces un alma buena e, incluso, caritativa.
-Y lo soy.
-¿Y?
-Pues que sí, que tienes razón, me paso todo el día rodeado de almas buenas, de fruta que crece en los árboles, de ríos de agua pura y cristalina. Escuchando el susurro de los pájaros, yaciendo con otras almas siempre que quiero…
-Entonces ¿cuál es el problema? -Caronte cada vez lo entendía menos.
-Pues ese, ese es precisamente el problema -la voz se le estaba quebrando- Estoy cansado de esa felicidad completa, de esa plenitud eterna. No soporto la idea de ser feliz toda la eternidad, de seguir siendo el mismo para siempre, de no hacer nada porque todo me es dado, de no poder ayudar a nadie puesto que nadie precisa mi ayuda…

Caronte se mesó las barbas. Visto de ese modo, el razonamiento extraño de aquel alma tenía cierta lógica.

-Bien, -asintió- puede que tengas razón -Y aproximando la barca a la orilla lo invitó a entrar.

El alma se dió la vuelta para embarcar. Fue en ese momento cuando Caronte apretó la pértiga en sus manos. Un golpe seco y el alma cayó muerta con la cabeza abierta. Un empujón con el pié y la corriente llevó el cadáver río abajo hasta desaparecer de la vista.

Mientras Caronte movía la barca hacia la otra orilla con la larga pértiga pensaba en lo que le había dicho aquel alma y en la suerte que tenía de haber encontrado un trabajo fijo para toda la eternidad.


Hoy se me ha ocurrido mirar el calendario. Resulta que, tal día como hoy, nací hace 634 años. Me he sonreído pensando en lo estúpido que es este paso del tiempo. Esta miserable silla de ruedas y esta miserable vida. Como siempre que me acuerdo de mi cumpleaños, saco la vieja caja de recortes.

En ella tengo almacenadas todas las almas que conseguí atrapar a lo largo de mi vida, cuando no estaba anclado a la silla. Las miro con codicia, con los ojos brillantes y las garras afiladas. Me gusta como suenan, hacen un sonido como de susurro de hojas en otoño, “sussh, sussh”. Es un sonido agradable. Sí, me hacen gracia. Es algo irónico, yo encerrado en un cuarto en mi silla de ruedas y ellas encerradas en una caja de madera.

Pero hoy no me voy a divertir cogiendo alguna y tirándola por el aire. O ver sus caras de afixia cuando pongo mis manos alrededor del cuello, o cuando aprieto hasta la extenuación su maltrecho corazón. Hoy he decidido indultar a una de ellas. Sí, la voy a soltar, para que pueda vagar libre por el mundo. No sé, me ha dado por ahí. Lo mejor de mi situación en este destierro involuntario es que ya no tengo que dar explicaciones a nadie de lo que hago.

“Hoy, una de vosotras será libre”, les he dicho y todas se han puesto muy contentas, todas se han golpeado el pecho “a mí, a mí”. Me gustan estas almas. Lo reconozco, me caen simpáticas. Es cierto que no va a ser fácil escoger a ninguna. Cada una tiene su historia, cada una tiene sus miedos y rencores, creo sospechar que algunas incluso tienen una historia en común.

-Tú-, he dicho a una pequeña alma que estaba encogida en un rincón, y me ha mirado con los ojos muy abiertos.

El resto ha dejado de señalarse. Guardan silencio.

-¿Por qué yo?- y me escruta con esos ojos azules.
-Pues porque sí, menuda pregunta. ¿Es que necesitas algún motivo?-
-Hay otras que lo merecen más que yo -y parece que me lo está implorando.
-Bueno, pero yo te he elegido a ti, y con eso basta.
-¡No quiero! -y corre a refugiarse en un rincón.

De verdad que no entiendo a estas almas, llevan toda una vida encerradas en una caja, les das la oportunidad de ser libres y se niegan. La verdad es que no tengo preferencia por una o por otra, realmente me da igual. Escogí esa como podía haber elegido otra.

-Bueno, pues peor para ti, has perdido tu oportunidad. -sin embargo ella parece aliviada al oir que seguirá encerrada de por vida.
-Así que voy a elegir, voy a elegir… -hago como un redoble de tambor porque siempre me ha gustado dar un poco de suspense.
-A ti -y señalo a otra.
-No, no quiero, elige a otra, por favor-
-Pero bueno, ¿es que no quieres salir tu tampoco? ¿explorar de nuevo el mundo?-
-No -y se escabulle detrás de un corrillo de ellas.
-Pues entonces, tú serás la elegida para ser libre -y señalo otra-.

Cuando me mira con esos ojos que tan bien conozco ya me sé la respuesta.

-No-
-Pues a ti-
-No, no quiero.
-Entonces tú.
-Por favor, no.
-Y ¿tú? tú que estás escondida en ese rincón, ¿no quieres ser tú?
-No
-Vale, como quieras, entonces vas a ser tú-
-No
-Pues tú.
-No, no quiero
-¿Y tú?
-Yo tampoco quiero.

Odio enfadarme el día de mi cumpleaños, pero ya no lo soporto. ¡A la mierda!, abro la caja y las suelto por toda la habitación. Ahora que están libres me miran con un extraño brillo en los ojos. A un silbido de la que parece la jefa, se agrupan en formación y escapan por la ventana abierta.

Ahora miro mi caja de recortes vacía. La miro y remiro y pienso que no sé realmente qué ha pasado. Bueno, se han ido ¿y que? ¿qué me importa?. Cuando cierro la caja y me la acerco al oído ya no oigo ningún “sussh, sussh” de hojas. No oigo nada… Bueno, sí me parece oir unas pequeñas risitas, así que cojo la caja ya vacía y la vuelvo a guardar en el cajón.


Nunca miro debajo de la cama. Es algo que me ha pasado desde pequeño, desde que en casa de la abuela encontré aquel feo muñeco pelón que tanto miedo me daba.

Es superior a mí. Ya sé que es una bobada y que no es normal que siga con esos terrores infantiles a mi edad, pero no me atrevo ni a dejar colgando una mano cuando duermo por si el ser que vive debajo decide llevarme consigo. Además, existen muchas otras fobias mucho más perjudiciales. No me afecta en absoluto mi miedo: puedo comer, puedo salir a la calle, puedo subir a edificios altos, no odio a gentes de otras razas o religiones… Vale, sí es cierto que cuando se cae algo debajo de la cama para mí está perdido para siempre, pero puedo vivir con ello.

Da un poco de vergüenza, pero mi miedo es justificado. Sé que debajo hay un monstruo porque algunas noches lo siento respirar afanosamente, o gruñir. Entonces suelo soltar debajo de la cama una de las galletitas que guardo en la mesilla de noche. En seguida oigo cómo el ser la devora. No lo he visto nunca pero supongo que tiene un enorme cuerpo viscoso y la carne mortecina. Sus garras podrían despedazarme y su boca tiene dos filas de afilados dientes. Sé que es así porque todos los monstruos de debajo de la cama son así; con los ojos muy claros y ciegos porque nunca han visto la luz. Cuando se enfada da un poco de miedo porque patalea y araña el parqué (que a estas alturas debe estar completamente desgastado). Aunque peor es cuando ríe de ese modo gutural con que lo hace. O cuando se pone a gemir. Es un sonido que hiere los oídos y yo me acurruco bajo las mantas porque de pronto tengo mucho frío, aunque sepa que la habitación tiene buena temperatura.

Reconozco que es mi cobardía la que me impide que haya hecho algo para acabar con ese ser. Alguna vez me he imaginado armado de valor y de la escopeta de caza que hay en el armario. ¡Pump, pump! y una sangre oscura, casi marrón, se derramaría llenando el suelo de la habitación. Pero, sencillamente no me atrevo. Además, hay veces que lo oigo canturrear como si fuera un niño. Entonces sé que él es el encargado de guardar mis sueños.

Sí, tengo un ser debajo de la cama que espanta mis pesadillas, que me protege del resto de fantasmas que existen. Un ser que, a su manera, me cuida para que no me pase nada malo durante la noche. Un monstruo espantoso con una pequeña fobia: tiene miedo de salir de debajo de las camas.


ellos

30Dic09

(dedicado a Fanou *)

Hay una pareja sentada en un banco del parque. Miran al frente sin atreverse a verse. Ella viste un abrigo negro largo, él un traje también oscuro.

Quizá estén pensando en aquellos días ya lejanos en que fueron amantes, cuando fueron más jóvenes y compartían ilusiones y sueños que el tiempo fue encargándose de borrar. O es posible que estén recordando el momento en que, después de tantos años, se han vuelto a ver en el entierro de Alberto. No pensaban volverse a encontrar y un alud de sentimientos se agolparon en sus corazones cuando sus miradas se cruzaron: los momentos felices, los momentos duros en que pelearon juntos, aquel tiempo en que cada uno hizo la guerra por su cuenta y aquel “no quiero volver a verte” y ese portazo final. Cuánto tiempo había pasado de aquello y cuántas veces se habían arrepentido de no llamar al otro por teléfono, de no haber musitado un “lo siento” que lo hubiera arreglado todo.

Nunca imaginaron que se pudieran volver a encontrar después de diez años, como tampoco pensó Alberto en que se mataría en aquel estúpido accidente.

Ahora están sentados uno junto a otro. sin atrever a mirarse, sin atreverse a hablar, maldiciendo el tiempo perdido, maldiciendo el orgullo y maldiciendo a Alberto por haberse matado.

El la mira lentamente y pregunta

-¿Cómo estás?
-Casada-responde enseñando la alianza

Luego, cada uno vuelve a sus silencios.

(*) Siento que, después de tanto tiempo haya quedado una historia tan “escasa”. Por supuesto que la historia no tiene nada que ver con nadie. Es sólo que, después de haber pasado un año largo de silencio, Fanou me felicitó las Navidades. Y es extraño que alguien se acuerde de uno después de tanto tiempo y, por qué no decirlo, entrañable. Es por eso que quería dedicarle una historia maravillosa, un cuento de Navidad especial, algo grande… Pero ando un poco oxidado y es esto lo que ha salido.
Sí son tiempos extraños, la Navidad que nunca me gustó, ahora es más liviana; alguien a quien no conozco más que a través de sus historias me felicita las fiestas. Ese alguien me impele a escribir y es a ese a quien le dedico estas lineas porque se lo merece


en esta noche

24Oct08

Bebo anís en recuerdo a mi madre que falleció en aquel accidente de coche. Bebo vodka por Antonio, compañero de fatigas que olvidé hace tiempo.

Por una amiga me aficioné al güisqui, y el tequila es por Fernando.

Mi padre bebía coñac a todas horas (posiblemente es lo que le mató) y la culpa de los gic-tonic la tiene Juan.

En esta noche me acuerdo de todos ellos… y desoigo a mi estómago que grita ¡basta!


sísifo

22Oct08

Llevaba tanto tiempo transportando aquella piedra que siempre volvía a caer que ya no recordaba sus tiempos en que era rey de Éfira. Estaba terriblemente cansado y es que, la eternidad, es mucho tiempo.

Así pues, un día se sentó sobre la piedra con el firme propósito de no volverla a empujar. Desde allí arriba tenía una impresionante vista del infierno admirándose de la inmensidad de aquel mundo.

Esperó con impaciencia encima de aquella piedra a que algo sucediera, a que vinieran sus captores y le trataran de obligar a realizar de nuevo aquella labor. Casi se podía imaginar la cara de Hermes cuando le dijera que no iba a empujar aquella piedra nunca más. Le escupiría a la cara y se reiría de él. ¿Qué iba a hacer? ¿le iba a mandar azotar? Aguantaría el dolor. ¿Le impondría otra carga más pesada? ¿más pesada que esa roca? ¿más estúpido que empujar aquella mole que siempre retornaba a su lugar? ¡tonterías!

¿Amenazaría a algún ser querido? Su esposa Mérope y sus hijos hacía muchísimo tiempo que no serían más que polvo y ceniza. Los que había querido ya habrían desaparecido, y los dioses y semidioses con los que compartió días de vino y juegos de naipes no le importaba que estuvieran vivos o muertos, por él se podían ir todos al infierno… Y rió por aquella ocurrencia.

Pero nadie aparecía, aquello parecía estar desierto. “Puedo esperar más, al fin y al cabo tengo todo el tiempo del mundo”. Y esperó, y esperó. Y esperó hasta quedarse dormido. No había dormido desde que fue condenado, salvo aquellos breves periodos de tiempo en que cerraba los ojos (aunque siguiera empujando la piedra). Por eso se sumergió en un sueño largo y profundo. En su sueño ya no imaginaba que conseguía empujar fuera la piedra y expiaba sus pecados, ya no imaginaba que salía de aquel agujero y recuperaba la libertad… En su sueño sólo veía la cara de Mérope, la de Alma, la de Tersando, la de Simón…, la de sus hijos y la de aquellos seres queridos que ya habrían muerto.

Se levantó con los ojos húmeros. ¿Cuánto tiempo había estado dormido? ¿una hora? ¿ocho? ¿días? ¿semanas? No había modo de comprobarlo. Lo único cierto es que no había aparecido nadie en todo ese tiempo. ¿Qué sentido tenía su condena si nadie lo vigilaba? ¿qué sentido tenía un castigo así?

Entonces sí que lloró. No solamente estaba solo, sino que todos le habían olvidado. “Olvidado, olvidado, olvidado…”. Su lamento se oyó a lo ancho de aquel infierno, pero aún así, nadie apareció.

Gritó y gritó, y cuando se desvaneció toda esperanza de que alguien apareciera en el borde de aquel agujero, lentamente, se levantó y empezó a empujar de nuevo aquella piedra.


la tienda

13Jun08

Hay un local en mi barrio del que ya no soy capaz de acordarme cuántas veces ha cambiado de dueño y de tipo de negocio.

Al principio fue una panadería de las de antes; de las que despachaban simplemente barras de pan, de todas las formas, tamaños y sabores posibles. Iba todo bien, hasta que subió el precio de la harina, la gente empezó a comprar biscotes, barritas precocinadas… incluso dejó de comer pan. El tendero se fue arruinando poco a poco. “¿Por qué no vendes tú también esos sustitutivos?” le preguntaban. El movía la cabeza de un lado a otro negando “No sé hacer otra cosa, no quiero hacer otra cosa”. Un día colgó un cartel de “Local disponible” y desapareció del barrio.

La Guardia Civil encontró su cuerpo despeñado unos días después. En su nota de suicidio, con una letra apretada, cedía el local a quien “tuviera a bien disponer de él, y dejaba indicaciones de dónde se encontraban las llaves”.

Pronto el local fue adquirido por uno del barrio que decidió poner un video club. Sí, un video club de esos modernos, con máquina expendedora de películas fuera y un montón de carteles de cine dentro. Los viernes hacía mesas redondas en las que se hablaba de la obra de Korosava, Welles, John Ford, Peckinpah… Nunca se supo si fue por las descargas de internet, por el top manta, por la crisis o porque a la gente le dejó de interesar el cine; pero aquel hombre acabó arruinado y apareció un día ahorcado en el almacén de películas junto con sus adorables monstruos. En un bolsillo de su gabán, dentro de un sobre, se encontraban las escrituras y un contrato en el que cedía el local a quien quisiera quedárselo.

Creo que el siguiente que se montó fue una carpintería que hacía muebles de madera. A los pocos días de abrir un nuevo Ikea se afixió el negocio y el dueño apareció con un punzón clavado en el corazón.

Y siempre la misma nota, siempre esa cesión gratuíta y siempre el último infortunio para su dueño. La gente del barrio empezó a murmurar que si estaba maldito, que si cualquier negocio que se instalara, sólo por el hecho de estar en ese local, dejaría de ser rentable y, lo que es peor, supondría la muerte del nuevo propietario. No obstante, la oferta era tentadora: existe gente que no cree en supersticiones y cambió finalmente de negocio.

Fue una tienda de revelado de fotos que se hundió con el auge de las cámaras digitales. Cuando se encontró al gerente con la cabeza en una cubeta de ácido la gente ya no tuvo ningún género de dudas: aquel local estaba maldito por el demonio. Así que ha permanecido cerrado desde entonces.

Hoy he decidido ser el nuevo propietario. Lo he pensado mucho pero quiero adquirir ese local. Sé que me espera que se arruine el negocio y que irremediablemente apareceré muerto en algún lugar. Y sé que es de locos o de suicidas adquirirlo. Pero es que no me resisto a poner una tienda de armas -a ser posible que sólo se puedan vender a niños-


asesino

27May08

A veces me veo llorando mientras se escucha una canción en la vieja radio, mientras veo un retrato de un desconocido en un marco de fotos, cuando se acerca un perro que no he visto en mi vida o veo el dibujo de un niño que no conozco pegado con un imán en la nevera. No es fácil ser un asesino, matar una persona es fácil, pero nunca consigo quitarme de encima todos sus recuerdos