la tienda
Hay un local en mi barrio del que ya no soy capaz de acordarme cuántas veces ha cambiado de dueño y de tipo de negocio.
Al principio fue una panadería de las de antes; de las que despachaban simplemente barras de pan, de todas las formas, tamaños y sabores posibles. Iba todo bien, hasta que subió el precio de la harina, la gente empezó a comprar biscotes, barritas precocinadas… incluso dejó de comer pan. El tendero se fue arruinando poco a poco. “¿Por qué no vendes tú también esos sustitutivos?” le preguntaban. El movía la cabeza de un lado a otro negando “No sé hacer otra cosa, no quiero hacer otra cosa”. Un día colgó un cartel de “Local disponible” y desapareció del barrio.
La Guardia Civil encontró su cuerpo despeñado unos días después. En su nota de suicidio, con una letra apretada, cedía el local a quien “tuviera a bien disponer de él, y dejaba indicaciones de dónde se encontraban las llaves”.
Pronto el local fue adquirido por uno del barrio que decidió poner un video club. Sí, un video club de esos modernos, con máquina expendedora de películas fuera y un montón de carteles de cine dentro. Los viernes hacía mesas redondas en las que se hablaba de la obra de Korosava, Welles, John Ford, Peckinpah… Nunca se supo si fue por las descargas de internet, por el top manta, por la crisis o porque a la gente le dejó de interesar el cine; pero aquel hombre acabó arruinado y apareció un día ahorcado en el almacén de películas junto con sus adorables monstruos. En un bolsillo de su gabán, dentro de un sobre, se encontraban las escrituras y un contrato en el que cedía el local a quien quisiera quedárselo.
Creo que el siguiente que se montó fue una carpintería que hacía muebles de madera. A los pocos días de abrir un nuevo Ikea se afixió el negocio y el dueño apareció con un punzón clavado en el corazón.
Y siempre la misma nota, siempre esa cesión gratuíta y siempre el último infortunio para su dueño. La gente del barrio empezó a murmurar que si estaba maldito, que si cualquier negocio que se instalara, sólo por el hecho de estar en ese local, dejaría de ser rentable y, lo que es peor, supondría la muerte del nuevo propietario. No obstante, la oferta era tentadora: existe gente que no cree en supersticiones y cambió finalmente de negocio.
Fue una tienda de revelado de fotos que se hundió con el auge de las cámaras digitales. Cuando se encontró al gerente con la cabeza en una cubeta de ácido la gente ya no tuvo ningún género de dudas: aquel local estaba maldito por el demonio. Así que ha permanecido cerrado desde entonces.
Hoy he decidido ser el nuevo propietario. Lo he pensado mucho pero quiero adquirir ese local. Sé que me espera que se arruine el negocio y que irremediablemente apareceré muerto en algún lugar. Y sé que es de locos o de suicidas adquirirlo. Pero es que no me resisto a poner una tienda de armas -a ser posible que sólo se puedan vender a niños-
Filed under: Cuentos | 1 Comment
asesino
A veces me veo llorando mientras se escucha una canción en la vieja radio, mientras veo un retrato de un desconocido en un marco de fotos, cuando se acerca un perro que no he visto en mi vida o veo el dibujo de un niño que no conozco pegado con un imán en la nevera. No es fácil ser un asesino, matar una persona es fácil, pero nunca consigo quitarme de encima todos sus recuerdos
Filed under: Cuentos | 1 Comment
una historia cualquiera
I
Se miró las manos ensangrentadas. Y miró con los ojos vacíos el cuerpo apuñalado de su mujer. A un lado, el crío, degollado de un sólo tajo. Lo miró con pena “tú no tenías la culpa de nada, lo siento”. El disparo acabó con el sufrimiento y los sesos contra la pared. En sus ojos aún se podía leer la eterna pregunta: ¿por qué?…
II
La primera vez que la vió fue en la comunión del hijo mayor de su amigo Paco. Aquellos enormes ojos verdes le hipnotizaron desde el primer momento. “¿Quién es?” “¿quién es quién?” -respondió Paco- “Ella”, señaló con la mano. “Ah!, ¿Carmen?” Así que se llamaba Carmen. Le hubiera gustado que se llamara Elizabeth, o Sofía, o cualquier otro nombre. Carmen se le antojaba un nombre demasiado vulgar para aquella muchacha que se reía junto al hijo de Paco de alguna confidencia secreta. Era una risa clara, luminosa. Paco se quedó mirando a Antonio con una media sonrisa. “No es una buena idea, no funcionará” le dijo. “¿Por qué? ¿está casada?¿sale con alguien?” Paco rió de buena gana, conocía a su amigo desde la infancia (”desde preescolar, se apresuró a ponerle fecha”) y su carácter impulsivo, pero sabía que Carmen acababa de dejar una relación que había acabado bastante mal por decirlo de modo aséptico. “No, no es eso” se apresuró a decir. “¿Entonces?”. “Vale”, accedió Paco. No le gustaba demasiado meterse en la vida de nadie, pero conocía la historia de Carmen por su mujer, conocía a Antonio bastante y sabía que era mejor prevenirle. “Acaba de salir de una relación ¿cómo te lo diría?… Pues… mala” “¿Mala? ¿Pero en qué sentido mala?”. “Bueno, creo que él la pegaba. ” “¡Joder! ¡qué hijo de puta!” Antonio no entendía que alguien que se dijera hombre pusiera la mano encima de ninguna mujer, y menos de aquella muchacha que parecía tan frágil y a la vez tan dulce. “Y ¿qué paso?” “Pues eso, que al final consiguió darse cuenta que no existe amor cuando hay golpes de por medio. Porque ella, aunque no lo creas, le quería. O al menos eso decía… Bueno, que total, que un buen día después de una paliza decidió largarse del lado del bruto ese y venirse a Madrid. Ella es muy amiga de Ana y la tuvimos en casa un tiempo hasta que se recuperó. ¡La tenías que haber visto cuando llegó! Ana sabía desde hace tiempo que la pegaba. Bueno, de hecho creo que fue gracias a ella que se animara a dejarlo, porque en aquel pueblo no conocía a nadie que le echara una mano” “Joder, qué putada”. “Sí, imaginateló. Yo no sé creo que la tenía encerrada en casa atemorizada y que ni se atrevía a salir a la calle ni nada. El era muy conocido en el pueblo y por lo visto se cogía unas borracheras de aquí no te menees. Y cuando llegaba a casa…”. “Qué hijo de puta” Interrumpió Antonio. “Sí, un auténtico cabronazo” Asintió Paco. “Oye”, pareció recordar, “te lo he contado para que lo sepas, pero nada más. Sólo lo sabemos Ana y yo, y ahora tú”. “Y el hijo puta ese”. “Vale, y el tío ese, pero no quiero que salga de aquí”. “Y los hijo putas del pueblo que no hicieron nada sabiéndolo…” “Antonio, vale ya. No te calientes.” “Es que no lo entiendo, Paco. No me entra en la cabeza que nadie haga nada por nadie, mierda de gente”. “Que sí, que tienes razón, pero vamos a olvidarlo…”"¿Ves? Ese es el problema”, “El problema ¿de qué?” Paco se estaba cansando ya de la conversación. “Que haya que olvidarlo, que aquí no ha pasado nada, que miramos para otro lado y punto, que…”. “Para, para… para un poco y escucha. Cuando vino a casa estaba destrozada por fuera y por dentro porque aún decía que quería a aquella bestia” Antonio resoplaba. “Ha tardado bastante tiempo en olvidarlo… Y no pongas caras ahora, dejamé acabar. Se pasaba los días en el sillón de casa llorando y recordando. Ahora parece que ya se está recuperando, se ha ido de alquiler ella sola y parece que está dejando todo lo pasado atrás. Ahora la ves sonreir, sale a la calle, se pinta un poco… Sí, no es fácil salir de una de esas y lo está consiguiendo, así que no vuelvas tú a joderlo todo”. “Vale, Paco, tienes razón, no coincido con tu idea que lo mejor es olvidarlo todo pero supongo que es su vida”. “Exacto”, le interrumpió. “Es su vida y ahora está bien y eso es lo que importa ¿no?”. “Venga, unamosnó a la fiesta, joder”
III
Pasó un mes, desde aquella primera vez. De nuevo fue en casa de Paco. El, Paco, su mujer y Carmen: cena de brochetas de pescado, pollo y marisco. Tanto él como Carmen coincidieron en llevar dos botellas de Ribera. “Os podías haber puesto de acuerdo para que alguno de los dos trajera el postre” Bromeó Ana, y a Antonio le gustó la coincidencia y le gustó cómo sonaba aquel “os”. Fue mientras los dos fregaban los platos de la cena cuando se lo dijo “¿Te gustaría quedar un día de estos a tomar un café?”. Y ahí, con las manos jabonosas ella, con el paño de secar él, fue donde ella dijo que sí.
A las pocas semanas ella se quedó embarazada. Antonio no esperaba que fuera tan pronto. Sí, era cierto que habían hablado de tener hijos y estaban de acuerdo, pero la conversación no pasaba de un “podríamos”, un “no estaría mal” o un “por supuesto”. Aquello trastocó un poco los planes de todo. Habría que ajustarse el cinturón, pero no pasaba nada. Cuando a los seis meses Carmen tuvo que quedar en cama fuerte de unos fuertes dolores llegó llorando a casa. “Me han despedido, Antonio”. “¿Qué?”. “Que me han echado, joder, que esos cabrones me han echado por estar embarazada” Carmen se secó las lágrimas de un manotazo. “Pero… ¿no estaban contentos contigo? ¿no iban a contratar a alguien por la baja?… ¿No te dijeron que no te preocuparas, que tu puesto te estaría esperando?” “Sí, Sí y Sí, pero parecen que se lo han pensado mejor”. “Joder, ¿y ahora?” Antonio hacía rápidamente números y más números y no veía cómo iban a salir las cuentas. El no cobraba demasiado, era Carmen la que, a base de hacer horas y más horas había conseguido ahorrar algo. Pero el sueldo de ella era ficticio. El paro se iba a quedar en casi nada y en breve habría una boca más que alimentar.
Carmen seguía gimoteando. Le miraba con una expresión extraña en sus ojos intensamente verdes, preguntándole ¿qué vamos a hacer?. Y era una pregunta que requería una pronta respuesta que Antonio no sabía darle. Tardó una eternidad en darse cuenta hasta que por fin se acercó “No te preocupes, Carmen, saldremos de ésta” y la acarició con ternura. “No sé cómo, pero saldremos”.
Los siguientes tres meses fueron infernales. Carmen en cama durante todo el día con dolores y Antonio haciendo todas las horas del mundo y más, buscando todas las sustituciones posibles, haciendo sábados y domingos… Cuando llegaba a casa estaba tan cansado que no le apetecía ni cenar. Carmen lo recibía apenas recién levantada, con el pelo desgreñado, a veces ni tan siquiera recogido. “¿Qué tal en el trabajo?” “No me apetece hablar, Carmen”. Y una mierda, claro que le apetecía hablar, claro que le apetecía decir que todo era una mierda: una mierda el trabajo, una mierda el jefe, una mierda los putos compañeros, una mierda todo. Qué ganas tenía de mandarlo todo al carajo.
“¿Y este domingo? ¿Por qué no salimos un poco?” sugería Carmen. “No puedo, lo sabes”. “Deberías tomarte algún día libre. Tu jefe no te puede negar algún día… si haces todas las horas del mundo” “¡No! ¡No puedo, joder!, ya te lo he dicho. ¡Mierda!, si no te hubieras quedado embarazada…” “Sí, ahora tengo yo la culpa de eso también ¿no?, de que tengas un trabajo de mierda tengo yo la culpa, de que me echaran por quedase embarazada también ¿qué mas? ¿de qué más tengo yo la culpa? ¿de que no te quieras coger ni un puto día libre para que estemos juntos? ” Antonio apenas se dió cuenta, pero esa sería la primera bofetada. Carmen se quedó muda de repente. Antonio petrificado. “¡Vete!!Vete cabrón! ¡No tienes ningún derecho a pegarme!, Ni tú ni nadie! ¡No se te ocurra volver a ponerme la mano encima!” Antonio miraba estúpidamente a su mujer. No acababa de creerse lo que había hecho. Se protegía a penas de las palmetadas de ella. Unas palmetadas tan sin fuerzas y estaba tan cansado…
Dió un portazo y se encaminó calle arriba al bar de la esquina, tratando de alejar pensamientos. Tratando de alejar los nubarrones…
IV
Pero los nubarrones volvieron. Y no sólo una vez, sino muchas; y no sólo cada mucho tiempo, sino cada vez con más frecuencia. Antonio pasaba cada vez más tiempo en el bar. “Tomando”, decía, “Consumiendo” decía. Y en verdad estaba consumiendo, consumiendo cada vez más una llama que Carmen se empeñaba en mantener viva. A veces iba directamente al bar, sin ducharse siquiera, directamente desde el trabajo. Y cada trago le sabía tan amargo que la garganta le dolía .
Después de aquella noche fatal. “El punto de inflexión en el que todo se fue a la mierda” lo solía llamar Antonio, hubo otras muy parecidas. Unos gritos, de vez en cuando una bofetada, unos llantos y un portazo en la puerta.
Aquella noche fue la última. Ya le habían llamado la atención en el trabajo, pero aquella tarde una amable carta por parte de recursos humanos le indicaba que “cesaban sus servicios en la empresa”. Antonio creyó hasta oir el “plof” que hacen los cuerpos cuando tocan fondo. Antonio ni siquiera fue al bar esa noche. Llegó a casa, besó a su mujer un dulce beso en los labios como hacía muchísimo tiempo y se fue a la cama directamente sin esperar ninguna pregunta, sin fuerzas para escuchar ningún reproche.
Y durmió, y lloró, y fue entonces cuando tuvo ese sueño. El cogiendo un cuchillo, él rebanando el pescuezo de su hijo pequeño, apuñalando a Carmen una y otra vez, cogiendo lentamente la pistola de la cómoda y acabando con su sufrimiento cuando estampaba sus sesos contra la pared.
Antonio se despertó sobresaltado. Empapado en un sudor frío. Carmen dormía a su lado “¿qué pasa? Antonio”.”No lo sé, no sé qué nos pasa, que nos ha pasado, qué estamos haciendo… no sé nada”. Carmen le miró con sus enormes ojos. Vió que Antonio estaba llorando y, aun así, se atrevió a formularle aquella pregunta que le rondaba tanto tiempo por la cabeza: “¿Me quieres?”.
“Sí, sí,… no he querido a ninguna persona nunca como te quiero a tí”
Filed under: Cuentos | 4 Comments
calladamente
Calladamente caen las hojas en esta tarde de finales de marzo, sin hacer ruido (tan sólo un oído experto podría oir ese “chop” de las hojas al caer).
Calladamente caen los días del viejo calendario, sin hacer ruido (cuidando de no despertar al durmiente que todos llevamos dentro)
Calladamente lloro por dentro, anegando mi corazón de lágrimas por las cosas que nunca pasaron (maldiciendo en silencio a un mundo que se ha vuelto aburrido)
Calladamente se me escapa el tiempo entre las manos por la ausencia de las tuyas y un poso amargo se instala en mi garganta (y no consigo que se me despegue)
Calladamente…
Pero no me resigno.
Y grito: ¡Estoy vivo! (y es un raro sentimiento despertar al silencio que me ha rodeado durante este tiempo)
Filed under: Reflexiones | 1 Comment
el hombre de la ventana
Cuando salimos con los amigos del colegio, paseando por el parque vemos al “viejo” a través del cristal. Es un hombre de unos setenta años, con unas gruesas gafas de pasta, sentado en una silla de ruedas, mirando por la ventana al parque, escudriñándonos, vigilándonos.
Da un poco de repelús, pues su habitación está completamente a oscuras. Sólo él, su manta a cuadros sobre las rodillas y su mirada vigilante. “Ese tío está pirado”, “Es un enfermo, obsesionado por los niños”, “Alguien debería hacer algo”. Son los comentarios de la mayor parte de mis amigos. Yo les río la gracia, incluso le han puesto un mote: “el abuelo que todo lo ve”, “el abuelo vigilante”. Hay votos incluso por hacer una cancioncilla, adaptar alguna de las letras que nos enseñan en los Escolapios en la que el protagonista sea el “viejo”.
No puedo evitarlo. Me dá un poco de miedo que esté allí, vigilando, mirándonos siempre… Aunque realmente lo que me da miedo es que yo podría ser como él dentro de sesenta, de setenta años: solitario, sin nadie que me acompañara por las noches ni por el día, con la única distracción de unos chicos que salieran del colegio. Por eso río las chanzas de mis amigos con más fuerza, por eso soy uno de los que más chillan, por eso soy quien ha propuesto que alguien debería darle una paliza a aquel pobre hombre.
Filed under: Cuentos | 0 Comments
la mujer del bar
María sale de casa como cada jueves. Con el dinero de la compra que su marido Manuel, le ha dejado encima del aparador. Manuel trabaja de albañil en una obra en un pueblecito de Badajoz. Sale a las cinco de la mañana, queda con con su cuadrilla en Palos de la frontera y, carretera y manta, llegan a las siete a pie de obra para acabar con aquel polideportivo. Manuel está contento porque tiene trabajo, porque tiene una mujer que le quiere y dos hijos que apuntan maneras para ser aprendices.
La obra es muy trabajada, muy cansada, mucho frío en los inviernos pacenses y muy calurosa en verano, pero Manuel nunca supo hacer otra cosa que poder ladrillos. Ya casi no se acuerda de cuando sus padres se vinieron a la capital para que sus hijos tuvieran una mejor vida. Además, a Manuel los libros nunca le gustaron. Se sentaba en la silla de la cocina horas y horas delante de esos libros de aritmética que no llegaba a comprender, que le daban dolor de cabeza. Por eso cuando cumplió los catorce le dijo a su padre que quería ponerse a trabajar.
Sus padres le obligaron a estudiar un curso de FP donde aprendió a fumar, pelearse e irse con chicas, pero, como él mismo se decía muchas veces, era imposible hacer carrera de esa cabeza suya. Así que abandonó y se puso a trabajar en la obra. Al principio acompañando a su padre, luego cogiendo un puesto de capataz, luego llegando a jefe de cuadrilla.
Su mujer, María, es ama de casa. Viven en Moratalaz, en una casa pequeña pero arreglada. Y María está contenta. Sabe que el trabajo está mal y se siente afortunada por tener un marido tan trabajador, un marido que la respeta y que no la grita; un marido que, todos los jueves, le deja dinero para la compra encima del aparador. A veces más, a veces menos porque el cabrón de su patrón se ha quedado con el dinero. “No, no es eso”, replica Manuel, “es que los de la fontanería le han subido los precios”. Y María siempre piensa “No, Manuel. No es eso. Es que el cabrón de tu jefe se queda el dinero. Es que se lo gasta con su querida o se va de putas, porque otra cosa no será pero…”. María lo piensa, pero no se lo dice a Manuel porque sabe que el trabajo está mal. Que está muy mal, realmente. Y se alegra de que Manuel tenga trabajo, que en casa nunca haya faltado dinero para hacer la compra, que haya tenido tanta suerte de haber comprado el piso antes de que los precios se desorbitaran… Antes echaba de menos un poco de cariño, un poco de esa intimidad de la que disfrutaban de novios. Pero entiende que Manuel no tenga ganas de nada cuando llega a casa, entiende que apenas le queden fuerzas para cenar una triste tortilla francesa a esas horas en que los niños hace tiempo que se han ido a la cama. Entiende muchas cosas. Tantas que se ha acostumbrado a ellas, tantas que ella también se siente cansada y sin ganas.
Así, después de arreglar la casa y hacer las camas, los jueves sale con el dinero de la compra. Siempre para en el mismo bar. “Buenos días Señora” , la saluda Fred, “¿lo de siempre?”. Y, mientras le sirven un café con leche y dos porras, María se dirige a la máquina tragaperras.
Siempre piensa que llegará el día en que haga cantar a esa cabrona y escupa el gran premio. Y piensa en que, con ese dinero, se podrá comprar aquel bolso que vió en aquel escaparate. Que con ese dinero comprará en el Hiper aquella delicatesen para sus hijos y que, si le sobra, podría regalarle algún detallito a Manuel. Y las monedas empiezan a caer en la Máquina de los Gnomos. Una, otra, otra…
Hace tiempo que dejó de gustarle jugar, que siente que está literalmente tirando el dinero. Pero no lo puede evitar: le siguen gustando las luces, ese “Bono”, “Premio”, “Juegue Avance” que de vez en cuando le regala aquella máquina. Y María mientras va jugando sus monedas calcula mentalmente el dinero que le va quedando para hacer la compra.
“Una más, solo una más.. si ya está a punto de cantar” y las monedas van cayendo a aquella máquina sin corazón pero con una alegre voz cantarina.
“Fred, cambiamé”, y Fred le cambia con una media sonrisa. “Maldito hijo de puta” piensa María. Pero María no lo dice, se limita a sonreir y a seguir jugándose las monedas a los Gnomos. Y sabe que no queda ya dinero para hacer una compra decente -ni aunque sea una pequeña-, pero es su momento. No le queda mucho tiempo a esa máquina para que cante, para que escupa el Gran Premio que hará que la vida le sonría. Porque se lo merece, porque la suerte tiene que estar repartida y porque los desgraciados también tienen derecho a ser mediocremente felices aunque sea una vez en la vida.
Cuando cambia el último billete de diez euros le tiembla la voz, pero aún se siente firme. Uno, dos, tres… “¡Mierda!, maldita máquina de los cojones”. No puede creer su mala suerte.
Y de pronto piensa en sus hijos, en Manuel, al que esperará con una triste cena y un amago de sonrisa.
Así que hace como otras tantas veces, se queda mirando a un hombre que lleva tiempo sentado en la barra. Lleva unos vaqueros ajustados y un palillo en la boca. Disfruta de un sol y sombra y del humo de un cigarro. Se acerca y le pregunta: “¿Cuánto?”
Filed under: Cuentos | 5 Comments
un cadáver exquisito
Todo empezó como un juego: Unos cuantos participantes, un párrafo a escribir cada uno y una sola condición: era imprescindible no conocer nada de la historia, sólo tendríamos la última palabra de una frase para continuar la historia.
Pues eso, que lo que salió del cadáver de unos cuantos (¡Qué hermoso es compartir un cadáver!) ha sido una historia. Quizá tenga sentido o no, quizá nos transporte a lugares o no, quizá sea simple tontería o será juego -como toda esta vida-. El caso es que tengo la sensación de que nos ha hecho compartir algo más que un simple cadáver y que no podía dejar de dar un abrazo a todos los que compartimos esta pesada carga.
Filed under: Cuentos, Reflexiones | 3 Comments
algür
Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas se encuentran en un enorme libro. Y no vale con tacharlas con saña, es igual que las borremos y, por supuesto, no sirve quemar en el fuego aquella carta de amor escrita y reescrita una y mil veces. Una a una, todas las palabras encuentran su lugar en el libro, en el preciso orden en que se hubieran escrito, con la misma letra que en el original (no importando si la letra era redondilla o de palo), en el capítulo correspondiente que el Libro nos asigna a cada uno al nacer.
Y es de ver los comienzos de cada capítulo, esos balbuceantes “amo a mi mamá” hechos con unos trazos temblorosos sobre un papel mientras apretábamos la lengua y juntábamos los dedos tratando de domar el lápiz. Y se observa claramente el paso de niño a adulto porque las palabras aparecen con un trazo más firme, más personales, más alejadas del tipo de letra de los cuadernillos de aprender a escribir.
Algunos capítulos tienen muy pocas palabras, tan sólo algún nombre, alguna firma o algún recibí… Otros son enormes y larguísimos. Allí están las obras completas de Aristóteles, de Sófocles, de Eurípides… de todos los grandes Sabios Griegos. Y también están las nuestras, nuestros cuentos, nuestras cartas, las felicitaciones de Navidad, los “un beso” pegados apresuradamente al final de una párrafo…
Claro que no es fácil leerlo. No es como leerse las obras completas de un autor. Pues el libro, como se ha dicho, conserva las palabras en el mismo orden en que fueron escritas, y no vale corregirlas. Es por ello un poco caótico, del estilo de los monos escritores de Borges. No obstante, a cada ser, humano o no, nos es concedido poder ver nuestro capítulo del libro una vez en la vida. Y en ese instante podremos recuperar todas las palabras que escribimos, todos los borrones que echamos, todas las poesías pensadas…
Algür pensó que era el momento de ir en busca del libro. Había sido un gran cuentacuentos, pero sentía que su talento se había agotado. Ya no salían palabras de su pluma. No, no era como el miedo a la hoja en blanco en que los escritores escriben para luego tachar. Algür se sentía incapaz de escribir. No salía ninguna palabra y le angustiaba sobremanera. El había sido cuentacuentos toda su vida. No sabía hacer nada más y ahora que no podía escribir desconocía cómo se iba a ganar el sustento. Sabía que no le faltarían amigos que le echaran una mano, o que le prestaran ropa, comida y calzado, pero el amaba el oficio de cuentacuentos, se sentía renacer cuando creaba una historia y veía la sonrisa, el asombro o el alborozo que provocaban sus cuentos. Era difícil de explicar o de entender, pero él lo sentía así y con eso le bastaba.
Así pues subió a la Gran Montaña donde se encontraban los Guardianes del Libro, que le sonrieron al verle.
-Bienvenido, Algür, te estábamos esperando desde hace mucho tiempo -comentó el guardián de la derecha.
-¿Esperando? ¿Por qué? ¿Cómo sabíais que iba a venir? -Algür no salía de su asombro.
-¡Ah, viejo amigo! si me cree digno de considerarme como tal -replicó el guardián-
-Nosotros no escribimos nunca una palabra, pero sabemos mucho de los corazones de los hombres -continuó el otro.
-Sí -Acertó a decir Algür. Era extraño como aquellos dos guardianes se alternaban en la conversación continuando una frase con otra.
-Conocemos tu Capítulo… y llevas mucho tiempo sin añadirse nuevas palabras -resolvió uno de ellos.
-Adelante, pero recuerda que no podrás volver a ver tu capítulo nunca -apostilló el otro.
Algür entró temeroso en la Sala. La última advertencia le sonó más a una amenaza. Debía concentrarse y la idea de encontrarse ante su última oportunidad le abrumó, le golpeó físicamente como sólo una idea puede hacerlo.
La sala era enorme pero sin ninguna decoración. Y en un simple atril se encontraba el Libro. Por supuesto que era enorme y se adivinaban infinidad de páginas. Afortunadamente el Libro aparecía abierto por el capítulo de Algür -de otro modo hubiera sido imposible que el pobre cuentacuentos pudiera encontrarlo-.
Las primeras palabras de su capítulo eran pequeños balbuceos que le hicieron retroceder a los primeros tiempos en que imaginó historias, en que imaginó pequeños cuentos, estúpidos a veces, nunca demasiado elaborados… Y disfrutó viendo esas palabras apenas recordadas que había tachado. Descubrió aquel cuento que escribió de un tirón (¡y estaba casi idéntico al original!). “Bueno”, pensó, “éste, es el original, éste es el que salió” Aunque el resultado omitiera errores ciertos, tenía cierta belleza tal y como lo mostraba el libro.
Algür sabía que no tenía mucho tiempo pues quien visitaba la Sala y veía el Libro no podía permanecer dentro mucho tiempo sin que los Guardianes le invitaran amablemante a salir urgiendo sus picas. Así que pasó gruesos montones de páginas con el fin de llegar a sus últimas palabras escritas…
Y allí estaban: Amor, Sinceridad, Amantes, Amigos, Niños, Perros, Gatos, Puesta de Sol, Lágrimas, Risas, Ilusión, Payaso, Verdad, África… y, finalmente, Cuentos. “Cuentos, Cuentos”, repitió Algür. Y de pronto lo supo, formó una formidable historia en su mente. Una historia de payasos en África, una historia de ilusión, en la que había niños, y perros, y gatos…. Sí Algür lo descubrió, supo que había infinitas historias en aquellas páginas, que contar una historia no es más que mezclar palabras con más o menos sentido, pero palabras que salgan de dentro; de ese dentro del estómago que todos tenemos; de ese dentro que algunos llaman corazón.
Y se sintió felíz, y cogió el cuadernillo que llevaba siempre consigo y empezó a escribir. “Erasé una vez…”
Filed under: Cuentos | 7 Comments
diálogo
-Dime que me quieres.
-¿Para qué? Si ya lo sabes.
-Sí, ya lo sé, pero es que nunca me lo dices y me gustaría oirlo.
-Es que no me parece importante.
-¿No te parece importante que me quieras?
-No, no es eso. Por supuesto. De hecho es eso lo más importante. Pero es independiente de que te lo diga o no.
-Bueno, sí, pero me gustaría oírtelo decir.
-¿Por qué? ¿No estás segura?
-Sí, estoy segura de que me quieres, pero no entiendo el motivo por el que no quieres decírmelo.
-Y yo no entiendo el motivo por el que te parece importante que te lo diga cuando ya lo sabes.
Y el silencio separó a los dos amantes, se hizo espeso como una sopa. En el parque comenzó a llover.
-Es que nunca me lo han dicho.
Filed under: Cuentos | 2 Comments
a mi yaya
Detrás del cristal, la Navidad no es tan divertida. Fuera los niños juegan y ríen, enseñan sus nuevos jugetes como trofeos arrancados de las garras de Papa Noel. Con sus bicicletas, con sus muñecos de pressing cacth, con sus nuevos peluches y sus magníficos abrigos. Fuera hace frío, pero a ellos no parece importarles.
Dentro, tras el cristal, una niña con unos enormes ojos verdes los observa a través del vaho. Y les ve reir y siente que no es justo, que en casa hace más frío que fuera, que en casa no se oyen risas sino silencio. Y los odia. Los odia como sólo puede odiar una niña de seis años. No, definitivamente a Marta no le gusta esta Navidad, porque dentro está todo silencioso, porque en el dormitorio de invitados se ha instalado el ataúd donde se encuentra su abuela. El dormitorio huele a naftalina, tal y como olía ella. Su cara de cera y sus párpados semi abiertos. Su padre le ha explicado algo de que la yaya está en el cielo, que está bien, que ya no sufre y que los cuidará desde allí. Pero ella sabe que ya no volverá a escuchar sus cuentos, ya no volverá a sentarse en sus rodillas, ni sentir su aliento cálido. Sólo queda ese olor a naftalina que parece invadir toda la casa. No, definitivamente no le gusta el cielo: ese lugar espantoso de donde no se vuelve, que hace que los mayores mientan a los niños diciendo lo maravilloso que es. No, Marta no cree en ello. No cree que su abuela la vigile desde allí. He imagina un Dios inmisericorde capaz de alejar a las abuelas de los nietos, un Dios egoísta que roba personas. Un maldito saca mantecas que rapta a los seres queridos. “No me engañes, papá: la abuela está muerta” y su padre es incapáz de consolar a esa niña que huye escaleras arriba hacia su cuarto.
Marta se ha quedado muy quieta frente al cristal y recuerda cuando su abuela le decía que cerrara los ojos y que imaginara aquel país. Y por eso tiene ahora los párpados cerrados, e imagina que está lejos, muy lejos de allí. Sueña con África, con sus extensas sabanas, con sus ríos de agua y sus insectos de colores y con su abuela que la ha sentado en sus rodillas… Pero cuando los abre no ve más que vaho en el cristal y se apresura a limpiar un pequeño círculo para mirar la calle.
Fuera, un niño con una gorra de orejeras plegables se ha quedado mirando hacia el cristal. Y no puede apartar sus ojos de aquellos otros, enormes y verdes. No entiende que haya nadie triste en Navidad y por eso se extraña de aquella niña. La sonríe pero ella no parece hacerle caso. La invita con un gesto a jugar con ellos y Marta niega con la cabeza. “¡Venga!”, dice él y ella sigue negando con la cabeza. “¿Por qué?”. “Mi abuela está muerta”. Ahora es Antonio quien no lo entiende. “Está muerta” repite y el chico de la gorra trata de adivinar sin conseguirlo hasta que recuerda vagamente una conversación de mayores en la que su madre hablaba de una vecina anciana muy enferma. Entonces comprende y niega con la cabeza. Le dice a aquella niña que no, que no es cierto, y la señala a ella y se golpea el pecho mientras repite muy despacio “Está aquí, en tu corazón. Nadie muere nunca hasta que no es olvidado”. “Sí, creemé, está ahí, junto a tí”.
Marta no entiende lo que dice aquel chico. “Creemé”, le dicen desde el otro lado del cristal. Y Marta se lleva la mano al pecho, y lo siente latir fuerte, como nunca lo había sentido. Una intuición le dice que aquel chico ridículo con su gorra de orejeras tiene razón y no puede evitar sonreir. Cada vez siente más fuerte los latidos de su corazón y cada vez tiene más ganas de sonreir. “Sí, es cierto, está aquí”. Y baja corriendo las escaleras, y ríe, y se abraza a su padre que no comprende la sonrisa de la niña. “Está aquí”, le dice, “La yaya está aquí”, y se golpea el pecho. “Y aquí también” le dice poniendo su mano menuda en el corazón del padre.
El padre la suelta extrañado y siente que aquella niña se ha hecho grande mientras la observa escapar a la calle a jugar con aquellos otros niños.
Filed under: Cuentos | 4 Comments
