-¿qué deseas para el 2012?
-me basta con un año más.


Hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. La inmensa mole aparece al visitante al cruzar un recodo del camino. La hiedra se ha comido la mitad de las paredes y amenaza con cubrirla entera. Al entrar en el amplio recibidor te recibe una escalera que lleva a las habitaciones del piso de arriba. A la derecha unas dobles puertas llevan al salón principal. El suelo es de un mármol oscuro y frío.

Tras la escalera, una puerta lleva a la biblioteca, cubierta de estanterías, de libros y de silencios. La otra baja a la cocina donde repiquetean las cacerolas. Dos mujeres están preparando la cena, posiblemente asado y tarta de manzana que acompañarán a unos canapés de diversos colores. Apenas hacen ruido, apenas se miran entre ellas y jamás sonríen.

Por último, a la izquierda una pequeña puerta más baja de lo normal lleva al sótano. Ese sótano donde se guardan los pequeños cadáveres de la familia, los trapos sucios, la hija preñada antes de casarse, el atropello mortal de aquel pequeño por el coche familiar cuando Alberto conducía con más copas que la prudencia aconsejaría, los sobornos por aquella concesión millonaria, los sobres de estraza, los golpes con el puño cerrado… Y las cadenas. Aquellas cadenas con que se ataban a los niños que se portaban mal.

Sí, hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. Y la he visto como siempre, pero en esta ocasión, tú no estabas ahí. No estabas para consolarme, para decirme que todo iba a ir bien, para acunarme como lo hacía mi madre cuando era un niño. y he sentido un frío atroz recorriendo mi nuca mientras caminaba en torno a la casa sin decidirme a entrar.

Sé que finalmente voy a entrar y bajar al sótano, sé que me esperan allí mis fantasmas, que cogeré una soga y la lanzaré por encima de la viga. Sé que acercaré el pequeño taburete y que acabaré balanceándome al final de la cuerda después de oir cómo se rompen los huesos del cuello.

Son extraños los sueños, pero esta vez no voy a llorar, no me voy a despertar antes de tiempo. Quiero llegar hasta el final. Sé que luego existirá oscuridad y silencio.

Y por fin podré descansar, alejarme de la casa y de todos sus recuerdos.


recuerdos

08oct11

Suena una vieja canción de los 80. “Colores” de Topo, un viejo grupo ya desaparecido. Y me pongo a recordar aquellos años. Aquellos años en que fuí feliz como sólo lo puede ser un niño. Días de bicicletas y carreras, de descubrimientos y de pan con chocolate. De pequeños secretos y de grandes risas. De aquella niña, Eva, de ojos azules frente a la que se acentuaba mi tartamudez. Aquellos años de besos furtivos e infantiles.

Y me pongo a llorar. Unas lágrimas calientes y amables que desembocan en un grito ahogado.¡Quiero volver a ser aquel niño! ¡quiero volver a jugar! ¡quiero volver a ser feliz! No debería ser tan jodidamente difícil aunque te hayas ido.


la carta

26ago11

23-feb-2008

Hola María, ¿cómo estás?
Reconozco que nunca he sabido cómo diablos se empieza una carta. No sé si es mejor un “estimado”, un “querido”, un “apreciado”… Supongo que por eso escribo algo tan simple como “Hola”.

Bueno, supongo que te extrañará que recibas esta carta después de tantos años. No te asustes, que no pasa nada. Es que hoy me he puesto a pensar en ti. Bueno, en ti y en mí. Y en aquellos tiempos en que éramos niños felices jugando con cualquier cosa.
Es extraña la memoria, un olor, un sabor, una imagen que no tiene nada que ver y de repente… ¡puff! Ahí está, un golpe de la memoria que devuelve al pasado.

Te decía que puede que te extrañe que te escriba después de tanto tiempo, pero estaría faltando a la verdad. Te he escrito muchas veces, muchas cartas desde que nos “separamos”. Es sólo que nunca he tenido valor para mandartelas. Algún día, cuando muera, me encontrarán enterrado bajo docenas de cartas dirigidas a una tal María. Me lo estoy imaginando, toda mi familia preguntándose quién es esa María. Todas las cartas esparcidas por el suelo de mi habitación y mis familia sin atreverse a abrir ninguna.

Sí, es lo que tiene mi familia, que son un auténtico coñazo, se odian entre ellos como si cada uno de ellos debiera la vida al otro. Tienen una capacidad inmensa de hacerse daño y cometer las más terribles atrocidades, pero nunca se saldrán de lo que denominan “sus leyes”: está permitido robar, maltratar, pegar a la mujer, malmeter, insultar… Pero nunca se saltarán un semáforo, nunca aparcarán en doble fila y nunca, nunca, abrirán una carta que no vaya dirigida a ellos.

Sí, he vuelto a pensar en ti, como cada veintitres de febrero y como tantas otras veces. En lo felices que fuimos, en las veces que hacíamos el amor en el asiento de atrás del coche, en los planes de futuro que imaginábamos… Sobre todo en esos viajes imaginarios a imaginarios países a los que íbamos en el viejo Volkswagen, o de polizones en un barco, u ocultos en un vagón de mercancías en el que nos colábamos desde aquella curva donde los trenes tenían que pasar tan despacio.

Luego nos casamos y todo se torció, empezaron los gritos y a los gritos siguió un bofetada y a la bofetada… Bueno, los dos sabemos cómo acabó. Pero no es eso de lo que quería hablarte. Durante todos estos años sólo espero que me hayas perdonado todo ese daño que te hice, porque no puede borrar nunca lo felices que llegamos a ser, los momentos de los “buenos tiempos”.

No, no te estoy pidiendo volver porque sé que eso es imposible, sólo quiero que me recuerdes como era antes de convertirme en un monstruo, sólo quiero escribirte con la esperanza de imaginarte leyendo feliz esta carta, aunque supongo que no la leerás. Y no la leerás porque, como tantas otras cartas que te he escrito a lo largo de estos años no me atreveré a meterla en el buzón. Supongo que no importa demasiado, total, hace ya diez años desde que te dejé muerta en aquella cuneta.


el encuentro

23ago11

Había pasado casi un año desde que se separaron con un portazo. Ella estaba reluciente con un vestido largo azul y una copa de vino en la mano. El gastaba los viejos vaqueros que había acompañado con una americana. Ambos habían accedido a ver la exposición sin demasiadas ganas. Era cierto que era la primera gran exposición de un amigo común. Las invitaciones vinieron en una escueta carta: “Hoy, a partir de las 7 de la tarde, en la Galería “Gonzalo”, sita en c/Alcacer, 22, expone Alberto “Kiko” Melillo. La exposición consta de 20 fotografías en blanco y negro de sus viajes por Asia y África.”

Alberto, al que nadie sabía por qué le llamaban Kiko y que había sido amigo de la infancia y confidencias de ella les había presentado en una fiesta que había organizado en su piso. Con aquella voz melifua que sólo puede poner un homosexual les había presentado: “He aquí una mujer fascinante y soltera, aquí un hombre desesperado de su pasado que busca amor, como todas” y los había dejado frente a frente. Sin decir nada más, ignorando la más mínima regla de protocolo que dice que, cuando se presentan a dos personas hay que decir sus nombres, profesiones y salarios para que tengan de qué hablar.

Se miraron un buen rato, en silencio, sin saber muy bien cómo comportarse. Rebuscando en la cabeza alguna frase que rompiera ese momento, rebuscando en los bolsillos de los pantalones algo ingenioso que decir, conscientes de que, lo que se dijeran torcería la noche a uno u otro lado.

Fue ella la que se adelantó
-Hola, me llamo Dafne, como la ninfa -y le adelantó la mano.
-Hola, yo soy Antonio -y dudó qué hacer -Antonio como el “bar Antonio” de la esquina.

Y ella no pudo evitar sonreir. Durante toda la noche se pasaron hablando de cosas banales, de lo bien que estaba la fiesta de Kiko -aunque hubiera demasiada gente, hiciera demasiado calor y se habían acabado los hielos-, de la guerra de Irak, de lo mal que estaba la política…

Sólo al final de la noche ella se decidió al fin.
-Estoy un poco cansada de esta fiesta, ¿te apetece ir a otro sitio?
-De acuerdo -y salieron de la mano de aquel piso sin despedirse de nadie.

La noche acabó en la casa de él (o de ella -era incapaz de acordarse-) y a esa noche le siguieron tres meses intensos de encuentros. Tres meses que fueron suficiente para conocerse tanto que se sentían desnudos uno frente a otro. Tan desnudos que, en algunas ocasiones discutían acaloradamente escupiéndose reproches y más reproches. Una noche de aquellas calurosas de final de verano, los reproches fueron a más, se desbocaron de tal modo que el dió un portazo y bajó las escaleras por última vez.

No hubo ninguna disculpa, ninguna llamada por teléfono, ningún SMS. Ambos sabían que se había acabado y necesitaban un tiempo para lamerse las heridas infringidas.

Y ahora se encontraban frente a frente. Ella con una copa de vino, él con una cerveza. Cada uno en un ángulo opuesto de aquella habitación, como dos boxeadores en su rincón. Se miraron a los ojos largamente y por un momento pareció que no había nadie más en la habitación; que el tiempo se había detenido, quizá para siempre. Fue ella la que dio el primer paso, la que dejó la copa de vino en una bandeja que apareció por ahí. La que se acercaba cada vez más. Cada paso desgarraba más, pero había que cerrar las heridas para siempre. Había que pasar página de una vez, cambiar de libro.

El notaba que se acercaba, que todas las palabras que se habían apelotonado durante tanto tiempo en su cabeza se negaban a proporcionarle un discurso coherente.

-Hola
-Hola
-¿Te apetece pasar conmigo los próximos tres meses de tu vida?

Y se fueron de la mano de aquella exposición sin despedirse de nadie como aquella otra vez. Sólo Alberto, “Kiko” para los amigos, fue capaz de darse cuenta de su huida con una sonrisa complice en su cara excelsamente maquillada para la ocasión.


ana

18ago11

Hoy es tu último día aquí. Mañana vendrá una familia que ha decidido adoptarte. Ya nunca más te abrazaré, te cuidaré, te ayudaré a comer, a levantarte, a bañarte. Daniel, ya nunca más estarás encerrado en estas cuatro paredes. Tendrás padre y madre. Y también tendrás hermanos normales.

Todavía me acuerdo la primera vez que entré como cuidadora en esta casa hace ya más de cuatro años. En seguida me encariñé de ti. Eras el más pequeño, el más necesitado. Sí, ya sé que los otros también necesitaban ayuda. Al fin y al cabo venía a cuidar a “niños con dificultades especiales”. Pero
no sé si fueron tus ojos, o lo que fuera, pero el caso es que enseguida, y no se lo cuentes a los otros, te convertiste en mi favorito. Siempre me han gustado mucho los niños, ¿sabes? Es algo que ha sido así desde muy pequeña. Déjame que te cuente una historia.

Cuando tenía catorce años, mi madre trajo al mundo a un niño que se llamaba Daniel. Sí, aquí donde me ves yo tenía un hermano que se llamaba como tú. Y que también era “especial”, como tú. Los médicos dijeron que nació con un “pequeño retraso”, pero no es cierto. Aquellos médicos acostumbrados a etiquetarlo todo entre sano/enfermo, bueno/malo, blanco/negro, normal/anormal… ¡qué estúpidos!

Daniel, créeme, sólo existen dos tipos de personas: los que te hacen felices y los que no. Y mi hermano, siempre fue de las primeras. Era muy cariñoso, como tú. Y muy despierto, aunque quizá tú lo seas más y te lo digo en serio. Yo lo quería mucho ¿sabes? Y también lo cuidaba y lo abrazaba y le tenía que dar de comer y bañar…

Mi padre nos dejó un buen día sin ninguna palabra, sin ninguna excusa, sin ninguna respuesta. Pero Daniel me tenía a mí, y yo tenía a mi madre que encontró un trabajo en un supermercado. En uno de esos grandes que están en las afueras de las ciudades, donde los sábados se llena de tanta gente que hacen largas colas para poder aparcar. Tú no has estado nunca en uno de esos supermercados, pero te aseguro que, los lunes a primera hora, con todos los lineales ordenados, los estantes repletos de comida, la fruta ordenada y brillante… Yo es que, siempre que entraba me parecía que entraba en un cuento.

¿Te acuerdas del cuento de Hansel y Gretel que te he contado tantas veces? Pues lo mismo, pero en lugar de una única casita hecha de pan de jengibre, pastel y azúcar moreno, eran lineales y lineales de comidas y paquetes de todos los colores.

Un día, Daniel cogió una neumonía se nos fue a mi madre y a mi. En la cama de un hospital relleno de tubos…

Pero no sé por qué te cuento esta historia, porque contada así parece muy triste. Fijaté, fijaté bien poque ahí no acaba la historia. Hace ya cuatro años que encontré un niño que también se llamaba Daniel. Sí, estoy hablando de ti. ¿Qué curioso no? lo cierto es que la vida siempre ofrece una segunda oportunidad como aquel programa de televisión. Y lo cierto es que hemos vivido muchas cosas juntos, o ¿no? ¿me vas a decir que no nos hemos reído? ¿que no nos hemos divertido?

Y ahora te vas, una familia te va a adoptar. Los he visto y parecen buena gente. Un poco serios pero buena gente. Seguro que estarás muy bien con ellos aunque no puedo negar que te voy a echar un poco de menos. Me había hecho a la idea de que estaríamos juntos toda la vida, que nadie nos iba a separar nunca, que no iba a perderte como la otra vez. Juntos para siempre.

Ana se queda pensando, mirando a través de la ventana, agarrando con las dos manos a Daniel que le mira a través de sus ojos extraviados. Y pasa así mucho tiempo, tanto que a Daniel le duelen las muñecas, pero no se queja aunque siente un poco de miedo.

Ana se quita las lágrimas de un manotazo. Se levanta y va a la cocina. Allí coge tres bolsas de plástico. Se acerca a las habitaciones de los otros niños. Uno a uno los asfixia con las bolsas de plástico, a Daniel el último. Luego vuelve a la cocina, coge un largo cuchillo y se apuñala cerca del corazón. No se oye ningún grito. No se escucha ninguna queja.

La mañana encontrará tres pequeños cadáveres en sus camitas y una cuidadora que ha acabado suicidándose.


alicia

26dic10

Alicia tiene siete años y unos enormes ojos color de miel. Lleva el pelo revuelto y un peto color verde, calcetines blancos y unos zapatos que le aprietan. Está a los pies de la cama, donde el cadáver de su madre se pone cada vez más rígido y cada vez más frío. Su padre le aprieta la mano fuertemente. Alicia siente esa mano rugosa que le hace daño, pero no se queja. De algún modo siente que es ella la que sujeta a su padre, la que hace de ancla que le sujeta a tierra.

Mira a su alrededor inquieta y, finalmente mira seriamente a su padre con sus grandes ojos.

- Papá, papá, ¿por qué no puedo llorar?

La pregunta recorre el cuerpo de su padre y lo hace temblar 

-Pero ¿qué dices?, Alicia
-Es que, es que… es como si no me quedaran más lágrimas.

El Padre la mira con ternura, pero no dice nada

-Mira, -Alicia se zafa de la mano del padre y se pellizca lo más fuerte que puede -¡Ay!, ¿ves? me duele pero no puedo llorar. ¿cómo es posible que a alguien se le sequen los ojos de ese modo? ¿cómo es posible que no pueda llorar?
-No lo sé -responde el padre, – no lo sé.

Y a Alicia le sorprende que su padre no tenga ninguna respuesta. El siempre lo sabe todo, sabe por qué es necesario que no haga tanto frío para que nieve en lugar de llover, sabe todos los cuentos del mundo, sabe cómo consolarla cuando está triste, sabe que el monstruo del armario no es malo y que no hay que asustarse por él, sabe que hay hadas que cuidan de los niños por la noche. Sabe tanto… tanto. Así que Alicia se preocupa un poco hasta que mira a los ojos de su propio padre y comprende.

-Tú tampoco puedes ¿no es cierto?
-Sí, yo tampoco puedo. Por eso no puedo responderte, porque no lo sé.

Y Alicia vuelve a coger la mano rugosa de su padre y la aprieta fuertemente porque ahora no se siente un ancla, sino tan sólo una niña de siete años.


vecinos

11jun10

Las paredes del piso donde vivo son de papel y, cuando estoy en el sofá, no oigo más que los gritos de los vecinos. Desde que me mudé no he podido pegar ojo. Trabajo por las noches de vigilante en un almacén. Qué paz, qué tranquilidad. En el trabajo no se oyen más que mis pasos cuando hago la guardia, en cambio en casa…

El del primero tiene una jauría de perros que deja abandonados todo el día. Los malditos chuchos no hacen más que gimotear lastimosamente durante toda la mañana. ¿Es que nadie entiende que un piso no es un lugar para un perro? De verdad que no me lo creo. Encima los deja en la terraza, con la que cae por la tarde.  Cada vez que los oigo me pongo de los nervios. Y me prometo regalarles una chuchería de esas rellena de raticida. Sí esa es la solución. Ya me estoy imaginando en la cocina amasando esas albóndigas de carne tan ricas… Vale, es posible que no lo haga nunca, pero la idea es reconfortante. Luego, jalo las albóndigas desde la calle hacia la terraza y listo. Con lo famélicos que están no van a dejar ni las migas.

Hablar de la incontinencia del viejo de arriba es algo obvio. Se pasa el día en el baño tirando de la cadena. Joder, debe gastar más agua que el trasvase Tajo-Segura. Para más inri si no está sordo, la televisión a todo volumen no hará en breve. ¿no se puede comprar uno de esos sonotones que venden en la teletienda que ve a todas horas?. ¡Y qué me dices cuando viene la de la Asistencia Social! Puta dominicana, deja de hablarle como a un niño. Siempre gritanto y siempre acabandolo todo en “ito”: bonito, abuelito, cariñito… la puta que la parió, no sabe más que hablar de otro modo con esa enorme bocaza. Y ni hablar de cuando se pone a “cacharear”. Nunca había sabido lo que significaba esa palabra hasta que vino ella: golpes a los cajones, golpes a los platos (que a estas alturas deben estar con más bollos que el plato de un loco), golpes a las cacerolas…

Pero lo peor es la pareja de al lado. Los tengo pared con pared y desde que tuvieron un crío no hacen más que pelearse. Así, además de soportar los lloros del pequeño bastardo tengo que escuchar broncas todos los días. Y no son una broncas normales. Empiezan siempre sobre las seis-siete de la tarde. Nada más llegar él se oye un portazo y empieza la juerga. Un golpe a la mesa, un bofetón, un portazo, ruido de platos… Al final siempre el llanto de ella. Siempre es igual, joder, por qué no se separan de una vez.

Esta noche ha sido peor. Ni subiendo el volumen del televisor he podido escuchar el programa de mierda que echaban. Portazo, portazo, golpes, patadas, el crío llorando, ella llorando, más patadas y puntapies… Un grito descorazonador y de repente silencio. Puff, no me lo puedo creer: silencio. Se han calmado. Después de dos años algo de silencio. Debe de ser mi día de suerte.

Cuando salgo a la calle para comprar tabaco una patrulla de la  policía local está a la puerta, junto a ella una ambulancia con las sirenas apagadas.


La noche se cerraba sobre sí misma como una uva en julio. No había luna y, hasta las estrellas parecían haberse olvidado de salir.

Ella se encontraba en aquel cruce de caminos. Como tantas veces, cuando había sido una niña, mirando al Este, al Oeste y al Sur. Pero ahora era el momento. “Elige tu camino”, la voz sonó como un susurro en el aire y sintió una mano firme en su hombro. Sabía que estaba sola en aquel bosque. Así lo habían dictado las Leyes desde tiempos inmemoriales. Así lo habían hecho todas las mujeres del pueblo de Lot cuando llegaban a la pubertad. En una noche sin estrellas debían acercarse al cruce y elegir un camino, olvidarse un poco de todo lo que habían sido y partir solas. “Pero… ¿hacia dónde?”. “Tienes que ser tú la que elijas tu camino”. Y ella se inundó de dudas. No quería partir, no quería hacer el viaje. Le asustaba la soledad.

“El primer paso es el más difícil”, concedió la voz que seguía ahí, junto a ella. Ya lo sabía, sabía casi todo lo que necesitaba saber, pero le ardía una pregunta en el pecho. Conocía la respuesta pero necesitaba intentarlo. “¿Me acompañarás?” preguntó.

La voz guardó silencio, el viento agitó las copas de los árboles y ella se acurrucó en la capa. “¿Me acompañarás?” repitió esta vez con más fuerza. Sabía que estaba pidiendo algo imposible, estaba prohibido totalmente. El viaje lo tenía que realizar sola. “¡Malditas sean leyes de los hombres!” gritó con fuerza, “¿Me acompañarás?”

“Siempre, siempre estaré contigo. Te hice una promesa cuando eras aún una niña. Ninguna Ley me hará romperla”.

Y entonces ella eligió el camino, ese Sur cargado de aromas a mar, a ruido de gaviotas y esperanza. Acompañada por un susurro, abrazada a una voz que la arrullaba como cuando era una niña.


miedo

08abr10

El miedo tiene un sabor azul metálico, como cuando te muerdes el labio sin querer o te sangran las encías durante la noche. De repente sientes mucho frío y la piel se te eriza. Una piel que sientes en carne viva, que sientes desgarrada con el dolor de una cuchilla. El miedo hace apretar fuerte los párpados mientras tragas saliva. Una saliva amarga que no puede evitar que sientas la garganta seca, que no alivia el frío que sientes, ni el vacío del estómago. Sí el estómago duele, como duele el corazón cuando miras al miedo frente a frente.

No, es una batalla que sabes que vas a perder porque es una batalla contra ti mismo, que te hará llorar o gritar si consigues que se escape algún gemido. No, el miedo no nos hace más fuertes, sino más cobardes, más vulnerables, más pequeños si cabe. Y no sirve apretar los dientes, y no sirve apretar las manos contra ese estómago vacío.

Supongo que después de todo es eso, el miedo no sabe a nada, sabe a vacío, a vacío de estómago, a vacío de ojos muertos y de corazón helado.

Sé que se acercan, que están ahí… Y siento miedo




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