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diálogo

24Ene08

-Dime que me quieres.
-¿Para qué? Si ya lo sabes.
-Sí, ya lo sé, pero es que nunca me lo dices y me gustaría oirlo.
-Es que no me parece importante.
-¿No te parece importante que me quieras?
-No, no es eso. Por supuesto. De hecho es eso lo más importante. Pero es independiente de que te lo diga o no.
-Bueno, sí, pero me gustaría oírtelo decir.
-¿Por qué? ¿No estás segura?
-Sí, estoy segura de que me quieres, pero no entiendo el motivo por el que no quieres decírmelo.
-Y yo no entiendo el motivo por el que te parece importante que te lo diga cuando ya lo sabes.

Y el silencio separó a los dos amantes, se hizo espeso como una sopa. En el parque comenzó a llover.
-Es que nunca me lo han dicho.


a mi yaya

27Dic07

Detrás del cristal, la Navidad no es tan divertida. Fuera los niños juegan y ríen, enseñan sus nuevos jugetes como trofeos arrancados de las garras de Papa Noel. Con sus bicicletas, con sus muñecos de pressing cacth, con sus nuevos peluches y sus magníficos abrigos. Fuera hace frío, pero a ellos no parece importarles.

Dentro, tras el cristal, una niña con unos enormes ojos verdes los observa a través del vaho. Y les ve reir y siente que no es justo, que en casa hace más frío que fuera, que en casa no se oyen risas sino silencio. Y los odia. Los odia como sólo puede odiar una niña de seis años. No, definitivamente a Marta no le gusta esta Navidad, porque dentro está todo silencioso, porque en el dormitorio de invitados se ha instalado el ataúd donde se encuentra su abuela. El dormitorio huele a naftalina, tal y como olía ella. Su cara de cera y sus párpados semi abiertos. Su padre le ha explicado algo de que la yaya está en el cielo, que está bien, que ya no sufre y que los cuidará desde allí. Pero ella sabe que ya no volverá a escuchar sus cuentos, ya no volverá a sentarse en sus rodillas, ni sentir su aliento cálido. Sólo queda ese olor a naftalina que parece invadir toda la casa. No, definitivamente no le gusta el cielo: ese lugar espantoso de donde no se vuelve, que hace que los mayores mientan a los niños diciendo lo maravilloso que es. No, Marta no cree en ello. No cree que su abuela la vigile desde allí. He imagina un Dios inmisericorde capaz de alejar a las abuelas de los nietos, un Dios egoísta que roba personas. Un maldito saca mantecas que rapta a los seres queridos. “No me engañes, papá: la abuela está muerta” y su padre es incapáz de consolar a esa niña que huye escaleras arriba hacia su cuarto.

Marta se ha quedado muy quieta frente al cristal y recuerda cuando su abuela le decía que cerrara los ojos y que imaginara aquel país. Y por eso tiene ahora los párpados cerrados, e imagina que está lejos, muy lejos de allí. Sueña con África, con sus extensas sabanas, con sus ríos de agua y sus insectos de colores y con su abuela que la ha sentado en sus rodillas… Pero cuando los abre no ve más que vaho en el cristal y se apresura a limpiar un pequeño círculo para mirar la calle.

Fuera, un niño con una gorra de orejeras plegables se ha quedado mirando hacia el cristal. Y no puede apartar sus ojos de aquellos otros, enormes y verdes. No entiende que haya nadie triste en Navidad y por eso se extraña de aquella niña. La sonríe pero ella no parece hacerle caso. La invita con un gesto a jugar con ellos y Marta niega con la cabeza. “¡Venga!”, dice él y ella sigue negando con la cabeza. “¿Por qué?”. “Mi abuela está muerta”. Ahora es Antonio quien no lo entiende. “Está muerta” repite y el chico de la gorra trata de adivinar sin conseguirlo hasta que recuerda vagamente una conversación de mayores en la que su madre hablaba de una vecina anciana muy enferma. Entonces comprende y niega con la cabeza. Le dice a aquella niña que no, que no es cierto, y la señala a ella y se golpea el pecho mientras repite muy despacio “Está aquí, en tu corazón. Nadie muere nunca hasta que no es olvidado”. “Sí, creemé, está ahí, junto a tí”.

Marta no entiende lo que dice aquel chico. “Creemé”, le dicen desde el otro lado del cristal. Y Marta se lleva la mano al pecho, y lo siente latir fuerte, como nunca lo había sentido. Una intuición le dice que aquel chico ridículo con su gorra de orejeras tiene razón y no puede evitar sonreir. Cada vez siente más fuerte los latidos de su corazón y cada vez tiene más ganas de sonreir. “Sí, es cierto, está aquí”. Y baja corriendo las escaleras, y ríe, y se abraza a su padre que no comprende la sonrisa de la niña. “Está aquí”, le dice, “La yaya está aquí”, y se golpea el pecho. “Y aquí también” le dice poniendo su mano menuda en el corazón del padre.

El padre la suelta extrañado y siente que aquella niña se ha hecho grande mientras la observa escapar a la calle a jugar con aquellos otros niños.


El pequeño Hada revoloteaba haciendo chocar sus alas desprendiendo un ligero perfume azul. Y allí, frente al niño dormido, trataba de apaciguar sus sueños. Sueños de montruos que no se esconden en el armario, pesadillas de mayores que le piden que les toque aquí y allí. Y a Ruben le da vergüenza y sin saber el motivo siente que aquello no está bien.

“Será nuestro secreto”. Y Rubén descubre que hay secretos que se guardan por siempre porque avergüenzan, porque hacen que crezca un calor intenso hacia la cara. Son secretos que deberían gritarse, pero que quedarán almacenados en su pudor por siempre. Y se pregunta si le pasará igual a otros chicos o si, simplemente, él ha sido el elegido por aquel ser grotesco, aquel monstruo que no se parece en nada a los que se esconden bajo su cama, bajo su armario.

El pequeño Hada canta, pero no puede hacer más que esparcir un poco de polvo de hadas desde sus alas. Un polvo de hadas que haga olvidar, un polvo de hadas para poner un piadoso manto a aquellos sueños. Un polvo de hadas que apenas le queda en sus secas alas y que la hace cada vez más vulnerable. Como a aquel niño. Aquel al que ha elegido entre muchos otros porque un hada no puede tener más de un niño a su cargo.

Una lágrima amarga resbala por su mejilla de hada y cae hacia aquel niño. Rubén se despierta sobresaltado, solo, heladas las manos. Mañana volverá a tener clase de ginmasia y volverá a ver a aquel hombre. Y volverá a quedarse con él a solas en los vestuarios. Y se le escapa una lágrima que cae junto a una pequeña hada exhausta, casi inánime del esfuerzo de luchar contra los monstruos infinitamente más grandes que ella, contra un mundo que prefiere mirar hacia otro lado.


amanece

30Nov07

Amanece en Satecity. Todo está quieto, todo silencioso. Sólo se escucha el ruido del viento y, a lo lejos, una especie de lamento. El sonido del lamento, al principio inaudible crece de intensidad: es un grito de socorro por la humanidad. Poco a poco va desmenuzando su mensaje, gritando por los oprimidos, por los esclavos del siglo XXI, por los ausentes, por los que lloran, clamando las injusticias repetidas a lo largo de la historia. Y la letanía recorre la ciudad como un aullido.

Pero la ciudad permanece dormida, como siempre, sorda a aquello que la molesta. Cuando sus ciudadanos despierten no recordarán nada, se olvidarán de ese sonido clamado que se introdujo en sus sueños. Sólo así podrán sus ciudadanos seguir pasando por la vida como si no hubiera nada más importante que sus mediocres vidas, sus mediocres trabajos y sus coches de mierda.


Una mancha de vino en el mantel, unos restos de migas, el cenicero usado y una taza de café vacía. La cuenta a un lado, con el importe justo. A Ana le gusta el turno de tarde y llega siempre un poco antes para ayudar a recoger las mesas del bar. Y le gusta imaginar quién ha comido en aquellas mesas e improvisa una conversación ya mantenida de dos extraños, de una pareja joven o de un hombre solitario. A veces cree que es capaz de verles, de escuchar sus conversaciones incluso, hasta que una voz le despierta de su ensoñación.

-¡Niña! que parece que estés dormida-

Es la Cocinera, que marcha con su ropa en un atillo. A Ana le cae bien esa cocinera portuguesa, y le gusta su acento extraño en una tierra extraña y la saluda cuando cierra la puerta. Ana cree conocer ya a todos los clientes habituales, aunque no los haya visto nunca, porque no son muy diferentes. El de la mesa con la mancha de vino y el café en la mesa debe ser una persona joven, trabajará en una oficina de administrativo o de informático y llevará una camisa a cuadros las más de las veces. Seguro que vive en un apartamento pequeño solo, con una nevera pequeña llena de “nuggets” de pollo y pizza congelada. Siempre le ha dado un poco de tristeza imaginar a alguien comiendo solo en un bar. Pidiendo todos los días ese menú del día a ocho cincuenta euros, convirtiéndose en una parte más de ese bar de comidas, confundiéndose con el mobiliario poco a poco, oliendo cada vez más a la misma cocina. El, porque está segura que es un hombre, siempre se sienta en la misma mesa, siempre pide el menú y nada más -aún los viernes que es cuando el resto de los parroquianos piden una copita después de comer-, siempre se fuma tres cigarrillos y siempre deja el dinero justo.

Ana lo imagina joven, sí, pero se lo imagina triste, con gafas de pasta y no muy alto. Pero sobre todo gris. Y siente curiosidad por conocerlo personalmente, aunque sus obligaciones de por la mañana hacen que no pueda estar antes.

Hoy en la mesa había dos tazas de café, en el cenicero dos tipos de cigarrillos, unos con una marca de carmín. Y Ana no puede evitar alegrarse por su comensal, e imagina sus voces y cómo se cogen de la mano. Y no puede evitar sonreir mientras recoge la propina de dos euros que le ha dejado.


llamadas

05Nov07

I

Ayer tenía una de esas llamadas perdidas en el teléfono móvil. No me extrañó que no la oyera en su momento y no me extrañó que viniera el típico “número privado”. Siempre que el led me indica que es un número privado no lo cojo nunca aunque siempre tengo la duda de quién ha sido el que le ha dado mi número o si ha cobrado por ello. Sin embargo me fijé en la hora y el día: 00.30 del 4 de noviembre. ¡Mierda! Ahora mismo son las 22.00 de ese día. Me he perdido una llamada del futuro. Vale, de un Banco que me ofrezce el oro y el moro por mis ahorros, de una compañía telefónica que me contará lo maravilloso de hacer un cambio a su compañía, de cualquiera de las múltiples compañías que me darán un crédito ágil a un módico TAE (que ya se podían aclarar: si me llaman para invierta los ahorros, no tiene sentido que me llamen por si estoy hasta el cuello de deudas).

Pero era una llamada del futuro. Y me quedé mirando bobalicón el teléfono en la osucridad de mi habitación. La lucecita roja parpadeaba como siempre, emitiendo ese latido inconfundible que me recuerda que está vivo, yo localizable y gente ahí fuera -del futuro o del pasado- con capacidad para interrumpir mis pensamientos.

El teléfono sonó otra vez, y otra vez el “número privado”. Tenía que tomar una decisión. Mientras, el politono más de moda sonaba por la habitación de un modo cada vez más nítido. Cogí el teléfono y lo arrojé contra la pared. No es que me dé miedo el futuro, es que dudo que sea mucho mejor que la persona que duerme a mi lado.

II

Llegué a casa después de una noche de alcohol. El móvil, como siempre que me voy de juerga, en casa. Estaba “boqueando” (que es cuando le queda poca batería y empieza a llorar lastimosamente cada dos minutos con un bip-bip enternecedor) Así que me dispuse a cargarlo y vi que tenía ¡siete llamadas perdidas! ¡del mismo número! No conocía el número y era demasiado tarde para devolver una llamada a un extraño. Por otra parte, cuando alguien llama siete veces en un intervalo de quince minutos aunque sea a un número equivocado, creo que merece una respuesta. Llamé pues tratando de ocultar mi voz de borracho, pero nadie contestaba. Y llamé, y llamé, y llamé… hasta siete veces más. “Joder”, me acuerdo que pensé, “he llamado en un momento más veces a un desconocido que a mi padre en meses”.

En una ciudad que no conozco, en un piso pequeño sin ascensor, alguien llega después de una noche de farra y ve que en el móvil, olvidadas, hay siete llamadas de un número que no conoce y se pregunta quién será el que ha tratado de localizarle inútilmente de un modo tan compulsivo.


Ya sé que es sólo un número (además pequeño), pero coincidió con mi cumpleaños. Cuando ví que había alcanzado la visita 2.999 estuve esperando la siguiente, ansiosamente, entrando al blog cada cinco minutos. Acechando a la presa… ¡Y me la perdí! No sé quién eres, visitante 3.000. Seguro que no eres ni mucho menos mejor que los otros. Casi seguro que eres alguno de los que vienen habitualmente o quizá llegaste buscando cualquier cosa que quepa en un saco roto y nunca más sabré de ti.

Te imagino con el pelo castaño, gafas de miope, demasiado delgado para lo que corresponde a tu edad. Y brindo por tí. Y brindo por cada uno de los que os habéis acercado y poco a poco me emborracho de mí (que es un poco un ejercicio de canibalismo)

¡Bah! que sólo quería daros las gracias a los que habéis venido y que me hubiera gustado hacer un cuento con esto y no he sido capaz.


antonio

15Oct07

Se llama Antonio y vaga de mesa en mesa pidiendo una limosna. Se queda ahí parado, incómodo, sin decir nada. La mano derecha sobre la izquierda, con las palmas hacia arriba haciendo cuenco.

Antonio ya no se acuerda de su infancia, si la tuvo. Ni de sus padres, aun si le quisieron alguna vez. Antonio sólo vive para el ahora. Y ahora tiene frío, tiene hambre, siente sus pies cansados y se pregunta qué hizo él para no merecer mejor suerte. Para no ser uno de Ellos. De esos que comen alegremente de sus platos sin ni siquiera mirarle. Esperando inútilmente que la indiferencia hacia él le alejen de su mesa. Siente una rabia sorda, aunque no sabe porqué. No puede culparles porque rían, porque coman alegremente. Así que se está un buen rato ante cada una de las mesas. Sin decir palabra. Y sabe que Ellos se sienten incómodos ante su presencia. Le desprecian porque se encarga de recordarles que ellos también podían ser Antonio. Y se reconforta pensando que él podría ser alguno de Ellos. Formar parte de esa selecta sociedad que come todos los días, que pide cervezas y ríe y que, al contrario que él, no siente frío.

Siente una mano en su hombro, pero no se vuelve. Toda su mirada está concentrada en la mesa. “Estás molestando a los clientes. Venga, vete”

Pero Antonio no se mueve. Apenas entiende lo que le dicen. Sólo entiende que no es justo y que tiene frío. Pedro le hace volverse, le hace levantar la cara, le hace mirarle y le indica con un gesto “¿Tienes hambre?”. Sí, eso si lo entiende y asiente. Y Pedro se lo lleva a un aparte para que no moleste a sus clientes. Ellos suspiran aliviados. Pedro habla con él y pide al camarero un bocadillo de lomo con queso “De los grandes, para llevar”. Y se queda mirándo a Antonio que ha vuelto de nuevo la cara hacia el suelo.

Cuando el paquete envuelto en papel de plata sale de la cocina, Pedro se lo entrega y Antonio siente el pan caliente, el olor del lomo frito y del queso derretido. Antonio se va mientras Ellos suspiran aliviados. Aliviados de poder olvidar a Antonio. Prestos a simular que no ha pasado nada. Que no existe ningún Antonio. Contentos por haber cerrado los ojos. Y se concentran de nuevo en sus platos y vuelven a reir haciendo chocar las jarras de cervezas. Olvidando a Antonio, a Pedro, a aquella calle de los Pintores y aquella visita a Cáceres realizada en un día cualquiera de Octubre.


la estación

02Oct07

En el andén de la estación hay siempre una mujer pequeña y enjuta. Haga frío o calor ella está allí, sentada en ese banco, despidiendo a los viajeros que parten hacia sus destinos. De vez en cuando se le escapa alguna lágrima, aunque casi siempre suele despedir a esos extraños con una sonrisa que rara vez es correspondida. Al principio los empleados se extrañaron de su presencia, pero, poco a poco se han ido acostumbrando. Jacinto, que es el encargado de indicar la salida de los trenes, siempre la saluda. “Ya se va el tren, ¿eh?” y ella le responde con una sonrisa. “¡A recorrer nuevos mundos!”, y ella musita “Sí”.

Nadie conoce su historia. Suponen que se trata de un novio que la dejó para ir a la Guerra y que le prometió que volvería. Que de algún modo siempre está despidiendo al mismo viajero que la enamoró el corazón. Pero no es cierto, ella se despide de todos sin distinguir a nadie, para que ningún viajero se quede con la sensación de que nadie le echará de menos.

Otras historias cuentan que lo que espera es la llegada de algún extraño imaginario que la lleve a casa, pero Jacinto sabe que no es cierto. “¿Espera a alguien?”. “No, sólo me estoy estoy despidiendo” “Despidiendo, ¿de quién?”, “Pues de ellos, de quién va a ser. De todos los que se marchan”.

“¿Y por qué llora a veces?”. “Es que algunas despedidas son dolorosas, hay destinos alegres, y otros tristes… Es por eso que a veces no me sale una sonrisa”. “Pero un viaje siempre significa una nueva oportunidad, la emoción del cambio”, protesta Jacinto. “Hay veces que no hay un destino”, replica la anciana, “a veces los viajes son sólo de ida”. “Pero normalmente la gente vuelve”. Y ella “No siempre, hijo, no siempre” responde mientras le sonríe. Y Jacinto no puede evitar que le caiga bien aquella mujer, aunque no entiende mucho por qué; y se quedaría con ella hablando horas y horas, pero siempre le reclaman en la oficina para hacer algo. Así que se conforma con ir despidiendo a los viajeros al igual que hace ella. Sintiendo que, además de indicar al conductor que el tren puede partir, parte de su trabajo consiste precisamente en eso, en despedir a los viajeros. Y es curioso como algunos de sus compañeros poco a poco han cogido también la costumbre de acercarse al andén a saludar a los que parten.

Es por eso que, poco a poco, aquella diminuta estación se ha ido haciendo famosa. “La estación de la anciana” la dicen, “La estación de la despedida”, comentan. Y son muchos los viajeros que fuerzan que su viaje tenga de partida aquella estación. Sobre todos aquellos que no tienen nadie que les despida, solitarios, separados. Todos necesitamos ánimos a partir y ellos saben que ella estará siempre allí: con una sonrisa, despidiéndoles con la mano.

Hoy la anciana ha cogido el tren. Todos en la estación han salido a despedirla. Incluso los viajeros que regresaban se han parado y han girado para saludar con la mano. Todos con una sonrisa, deseandola buen viaje. Bueno, todos no, Jacinto no ha querido salir al andén. No porque no quiera a la anciana, no porque sepa que ya no volverá ni nada de eso. Es sólo porque en el fondo, a él nunca le gustaron las despedidas.


Conocí a Sonámbula buceando en la Red buscando cuentos e historias un 27 de febrero. Reconozco que cuando oí la historia de Elizabeth ya no pude dejarlo. Así que me hice pasar por John Dee para saludar. Como me encantan sus historias, sus blog rolls y la gente que anda por su casa tratando de despertarla, supongo que me quedé por allí.
Pues resulta que me ha dado un premio “Imaginatio” y se me ha quedado cara de felicidad.
Debería decir algo de Sonámbula, de quién es (sí, conozco tu nombre ), de Celine, de su playa, de sus ansias de libertad y decirle que no me importa que su madre sueñe con caballos. Aunque es difícil hablar de una persona que está siempre desperezándose, mirándo con los ojos chiquitos y el alma abierta de par en par. Además, una vez me prohibió que hablara de ella, así que dejo este breve apunte con un abrazo.
Ahora toca la parte más difícil que es compartir mi “Imaginatio” con otra gente para engrandecer el premio.

Se lo daría a la Casa del Poio, pero ya tiene uno. Así que creo que es merecido que lo tengan al menos Maine, R. Hurtado y Tristancio