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Conocí a Sonámbula buceando en la Red buscando cuentos e historias un 27 de febrero. Reconozco que cuando oí la historia de Elizabeth ya no pude dejarlo. Así que me hice pasar por John Dee para saludar. Como me encantan sus historias, sus blog rolls y la gente que anda por su casa tratando de despertarla, supongo que me quedé por allí.
Pues resulta que me ha dado un premio “Imaginatio” y se me ha quedado cara de felicidad.
Debería decir algo de Sonámbula, de quién es (sí, conozco tu nombre ), de Celine, de su playa, de sus ansias de libertad y decirle que no me importa que su madre sueñe con caballos. Aunque es difícil hablar de una persona que está siempre desperezándose, mirándo con los ojos chiquitos y el alma abierta de par en par. Además, una vez me prohibió que hablara de ella, así que dejo este breve apunte con un abrazo.
Ahora toca la parte más difícil que es compartir mi “Imaginatio” con otra gente para engrandecer el premio.

Se lo daría a la Casa del Poio, pero ya tiene uno. Así que creo que es merecido que lo tengan al menos Maine, R. Hurtado y Tristancio


susana

25Sep07

Estábamos en el parque jugando a “juegos de chicos” y bastó una sola pregunta de aquella chica de ojos verdes (“¿puedo jugar?”) para que pasase a ser automáticamente parte de la pandilla: Manu, Beto, Carlitos, yo… y, a partir de ese momento Susana.

Por eso aquel verano fue diferente. A decir verdad, creo que fue el único verano. Como si los anteriores no hubieran sucedido nunca. Como si aquel verano, con aquella chica tan especial hubiera borrado de un plumazo todos los anteriores y los que vinieron después.

Sí, Supongo que todos estábamos enamorados en secreto de Susana desde esa primera vez que vino con su risa franca y su vestido azul. Quizá fue por eso por lo que la dejábamos hacer y deshacer a su antojo. O puede que ninguno de nosotros podía resistirse a sus pecas, a su sonrisa, a su modo de mirar. Y ella lo sabía.

Susana era de la misma edad que Beto y un año menor que Manu, pero era más alta que todos nosotros y, en algún sentido que no lograba explicarme, más mayor. No quedábamos nunca a ninguna hora en especial, simplemente por la mañana, a primera hora (o por la tarde, después de comer) íbamos al parque y allí estábamos. La primera siempre era Susana. Así que, de algún modo, supongo que todos queríamos adelantar la hora del encuentro para estar al menos unos minutos a solas con ella.

Aunque yo nunca era el primero en llegar. En casa siempre había algo que hacer que retrasaba mi encuentro: ir a por el pan, arreglar es césped o estar cuidando de la abuela mientras mis padres iban a la compra. Y la encontraba hablando muy bajito con Manu (o con Beto, o con Carlitos…) Y sentía una punzada de envidia por no ser yo quien estuviera a solas con ella. Y maldecía a mis padres y a sus “deberes”. Y me cargaba estar con la abuela mirando impacientemente el reloj atento a escuchar el ruido del portón del garaje que suponía el final de mi “condena”.

No lo podía evitar. Trataba de no pensar en ello, pero cuando la veía a solas cuchicheando con cualquiera de los otros aparecía esa punzada en el corazón. Y me sentía mal por ello, aunque Susana nada más ver aparecer por la cuesta a alquien más dejaba la conversación a medias con su interlocutor: “¡Eh, ¡Hola Beto!”, “¡Ah! qué bueno que ya estás aquí Carlitos!”. Siempre con aquella sonrisa en su boca, siempre con esa alegría en su voz.

Supongo que por eso, al contrario que los otros, empecé a llegar más y más tarde: prefería que hubieran llegado todos antes de encontrármela a solas con alguno de ellos. “Siempre el último, Guille” “¿Qué? ¿otra vez te has tenido que quedar cuidando a la abuela?”. Y yo enrojecía ligeramente. “¡Iros a la mierda!”.”Vale, no te enfades, Guillermo. Ya que estamos todos ¿por qué no jugamos a…”.

Susana era la única que me llamaba por mi nombre completo y reconozco que me agradaba, me hacía sentirme un igual. Ya no era el pequeño del grupo, sino alguien más, alguien importante. Y así, con esa frase, empezaban los juegos.

Aquella mañana, la madre de Manu llamó a casa diciendo que estaba en cama con fiebre, y que estaban con él Beto y Carlitos.

-¿y Susana? ¿está Susana también?
-¿Quién es Susana? – Me dijo Juaquina. Se hizo un silencio a ambos lados del teléfono hasta que conseguí responder un
-Nada, no es nada
-¿Vas a venir? Lo digo por preparar más merienda.
-No, no -me excusé -tengo que cuidar de la abuela
-Bueno, como quieras -me disculpó – dale un abrazo a tus padres y a tu abuela de mi parte
-Así lo haré, hasta luego.

Y colgué. Casi no podría creeme mi suerte. No sólo iba a estar con Susana a solas, sino que estaba seguro que, al menos despés de la hora de la merienda no iban a a aparecer ni Carlitos ni Beto. Noté un sudor frío y un ligero enrojecimiento. Mi corazón latía con más fuerza y casi no pude oir a la abuela gritar adónde iba con tanta prisa cuando cerré la puerta de casa.

Subí la cuesta que llevaba al parque jadeando por el esfuerzo y allí estaba Susana, donde tantas veces. Jugeteando con una mariposa, dejando que los rayos del sol se fijaran en su cara llena de pecas. Y me quedé parado mirándola, como un bobo. No podía dejar de mirarla.

-¡Ah, Guillermo! ¡Creía que no venía nadie hoy! -dijo al verme.

Yo estaba como un pasmarote mirando y ella hizo como si no se diera cuenta de que había estado allí todo el tiempo. Finalmente preguntó

-¿Sabes qué les ha pasado a los otros?-
-No -conseguí balbucear tímidamente esperando que no sonara demasiado a mentira.

Entonces pasó algo que aún hoy no puedo explicar: Susana se agachó a recoger algo del suelo y sin saber muy bien para qué cogí una gran piedra. Cuando se dió la vuelta le abrí la cabeza en dos.

Se oyó un golpe sordo como el que hace una fruta madura al caer de un árbol. En su cara no había miedo ni extrañeza. Sencillamente tenía una sonrisa de placidez como si ya supiera que eso era lo que iba a suceder. Y en lo que recuerdo como algo que duró mucho tiempo, sus ojos se apagaron y se volvieron vacíos.

Arrastré el cuerpo cuesta abajo y la arrojé a una cuneta cercana. Después la tapé con unas hojas no sin antes besarle en los labios y pedirle perdón por lo que había hecho.

A la mañana siguiente era el primero en estar en el parque. Manu ya se había recuperado y venía con los demás. Me miraron muy extrañados al no encontrar a Susana.

-Guille, ¿sabes dónde está Susana?- Manu fue el primero en preguntar.
-Ayer me la encontré y me dijo que se iba con sus padres a Inglaterra y que no sabía si volvería.
-Y ¿no te dijo nada más? -Carlitos estaba un poco extrañado.
-Pues…
-Hombre, después del tiempo que hemos pasado juntos.
-¡Ah! -reflexioné, -que sentía mucho no poder despedirse del resto y… poco más.
-Joder, Guille, nos lo podías haber dicho antes. De verdad es que cada vez eres más raro.

Supongo que Beto tenía razón, cada vez me hice más raro y fui poco a poco espaciando mis ratos con la pandilla. Supongo que traté de olvidar aquel primer y último verano, y supongo que relegé a ese espacio último de la memoria todo lo que sucedió.

Y sin embargo no puedo dejar de pensar en Susana, en su pelo, en su risa clara, en sus pecas… Realmente es cierto que el primer amor, nunca se olvida.


“Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro”. Supongo que esa frase me ha acompañado toda la vida. Así que me preparé para ello desde que era pequeña y creía en los príncipes azules (aunque nunca supe realmente por qué tenía que ser azul el príncipe). Siempre teniendo cuidado de no ensuciarme demasiado, siempre atenta a los consejos de mamá y siempre con esos horribles vestiditos que hacían de mí una princesita.

Mi madre siempre quiso tener una muñeca para cuidar y a los 5 años daba clases de canto y de ballet, a los 8 era la más aplicada de clase y a los 18 era una celebridad en el instituto. Tenía mi cuarto relleno de trofeos escolares: al mejor poema, al mejor cuento, a la campeona de ajedrez, a la más guapa…, ¡a la mierda!

Iba a estudiar medicina, iba a descubrir la vacuna contra el cáncer que estaba consumiendo a mi padre. Le salvaría y saldría en todas las enciclopedias… pero todo se torció. Mi padre duró dos meses más y creo que ese fué el punto de inflexión de mis sueños. En casa el ambiente se hizo completamente irrespirable, la cocina, el despacho, las propias paredes. Todo estaba impregnado con el aroma de mi padre ya muerto. Mi madre se plantó un luto riguroso que yo no podía soportar. Fue entonces cuando conocía a Carlos. Era un poco mayor que yo y estudiaba ingeniería de telecomunicaciones.

Lo que son las cosas, mi madre imponiéndome una tristeza por un padre que no había sido excesivamente cariñoso ni conmigo ni con ella y, a los cuatro meses de conocer a Carlos ya estábamos casados, yo embarazada y con un saco de sueños rotos. El nacimiento de Lua fue lo único bueno que tuvieron esos 15 años aburridos de matrimonio y a los 32 estaba divorciada, con una adolescente en casa que me detestaba, una hipoteca y una miserable pensión de manutención que el cabrón de Carlos me regateaba.

Después de aquellos “maravillosos años” empezó mi “curso de reciclaje”. Cursos de mecanografía, cursos de Office, cursos de contabilidad…, cursos de mierda que no servían para que una mujer de treinta y tantos con una hija a su cargo encontrara trabajo.

Al final encontré un puesto como administrativo en una empresa de cerrajería de Alcobendas, donde tengo una mesa estrecha en un despacho sin ventanas.

Lua se fue con el cabrón de su padre cuando cumplió los 18. Seis meses después murió mi madre y me quedé más sola que nunca. Y me encuentro aquí, en un ciber café escribiendo una esquela a la memoria de mi madre: “María de las Angustias Rodríguez Alférez, viuda de Alberto González Cazón, tu única hija no te olvida”. Y me quedo pensando si es mejor morirse o estar muerta en vida. Pensando en ese libro sobre mi vida que se podría resumir en unas cuantas páginas en blanco (o en una miserable esquela de mierda)


el oso blanco

03Sep07

Llevo semanas enteras en este rincón pensando en un jodido oso blanco. Trato de pensar en otra cosa pero siempre acaba por aparecer. Maldigo los libros de “Vida Animal” de mi infancia, el álbum  de cromos de “Nestle” que recuperé del viejo altillo, los documentales de “Vida Salvaje” de National Geografic y los jodidos documentales de la 2.

Estoy atrapado. No puedo salir de aquí hasta que no deje de pensar en un oso blanco. Cierro los ojos, los aprieto con fuerza hasta que duelen y, allí entre estrellitas aparece el inefable animal de los cojones. Así que me relajo, “no pienses en un oso blanco, no pienses en un oso blanco…”, pero no hay manera.

Hoy me  he encontrado con un niño en mi rincón. “¿cómo te llamas?” “León”, me responde. Y no me atrevo a preguntar. Como se apellide Tolstoi me temo que ahora sí que estoy completamente jodido.


melinbäh

31Jul07

No hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Indiferencia, desprecio, que más da. Sois tan necios que no lo comprenderéis nunca. No deseo vuestros parabienes, vuestra caridad, vuestra conmiseración. Me da igual vuestra indiferencia, vuestra ignorancia y vuestro envaramiento. Yo he visto con mis propios ojos la ciudad perdida de Kritipur, me he bañado en las aguas del río Naipí, he arañado con mis manos el oro de las minas de Comayagua.

Sí, he sido más grande que cualquiera de vosotros, que todos vosotros. Si os acercárais a mí podría contaros mi historia, los nombres de las mujeres a las que amé y con las que yací, los dragones a los que atrevesé la garganta con la espada, las veces que vencí a la Parca y escapé de la muerte…

Sí, el Abismo está allí y sólo yo podré llevaros a la tierra prometida de Albes, en un viaje que llevará cien años por los lagos hedientos de Ürh. Sé que el final se acerca y os miro sin que vosotros seáis capaces de verme. Sé que no me creeríais si os dijera que yo también he sido humano, que aún lo soy, pese al ruinoso estado de sombras en que me encuentro.

Pero llegará un día en que necesitéis un buen guía, un buen amigo, un buen compañero. Y vuestra ceguera y vuestros miedos os impedirán acercaros a mí. Os prometo que nunca os negaré una mano, una sonrisa o un abrazo.

Es por eso que os pido una moneda, un mendrugo de pan, un poco de conversación que sacie mi sed de humanidad. Os lo recompensaré con creces cuando os veáis en dificultades. Sólo pido un poco de esperanza que no haga que perezca de hastío e indiferencia, algo que me dé fuerzas para luchar por vosotros, por vuestra gente, vuestros hijos…

Para vosotros no es mucho y os negáis a dármelo. Sé que hasta que llegue el momento, no puedo ofreceros más que un abrazo y que si muero antes de salvaros, mi vida no habrá tenido sentido, habrá sido un simple deambular por esta tierra castellana reseca. Por favor, ¡sólo pido un poco de vino!

Y sin embargo me ignoráis. Pasáis indiferentes ante mí, me despreciáis por ser diferente, por mi cara grotesca y mi aspecto mongólico. A lo más torcéis el gesto y la mirada al pasar a mi lado. y cada vez me siento más viejo y más cansado. Y ya no os quiero, no os necesito, no os aprecio… Ni tan siquiera os odio.

Lo que ocurre es que me siento demasiado solo siendo el último hombre.


la pregunta

27Jul07

Había pasado una eternidad desde que separó la luz de las tinieblas y las aguas de la tierra. Mucho tiempo desde que los creó, demasiadas lunas desde que los tuvo que expulsar del paraíso, desde que los maldijo y los obligó a trabajar porque en el fondo sabía que el trabajo dignifica al hombre, desde que quiso que se pariera con dolor para demostrarles que crear una nueva vida tiene un precio en dolor y sufrimiento casi equivalente a cuando esta se marchita.

Dispuso leyes buenas como darles una vida larga, que los hombres se sintieran como hermanos y aprendieran a perdonarse, que tuvieran hijos y semejantes a los que querer… Incluso les infundió vida y esperanza regalándoles un futuro.

Pero aquellas leyes se habían pervertido: hijos que morían en manos de sus padres, odios ancestrales que se heredaban, muertes sin sentido antes de haber vivido lo suficiente, explotación de sus semejantes, desesperanza y un futuro abocado a la inhanición.

Se sentía terriblemente cansado de todo eso. Sabía que con sólo un manotazo borraría a aquellos seres de la faz de la tierra. Sólo necesitaba conocer la respuesta a una pregunta que se le había aquilosado en la cabeza: ¿Por qué?


La Fábrica de Sueños cerró por vacaciones. O eso era lo que decía el cartel de la entrada. La realidad la sabían muy pocos: la fábrica iba a echar el cierre definitivamente. Había pasado ya por tres reconversiones en los que los sucesivos gobiernos no habían sino aplazado un problema. El último la había privatizado vendiéndosela a un empresario local. Ahora, este empresario pensaba trasladarla a un país del este de Europa donde la mano de obra era más barata. Deslocalización lo llamaban.

“Deslocalización, y una mierda” pensó Juan. Juan había visto cómo en las sucesivas reconversiones la plantilla había pasado de tener mil quinientos empleados a sólo trescientos, como las prejubilaciones primero y los despidos “justificados” habían logrado el milagro. “Y los hijos puta del sindicato bajándose los pantalones”. Se habían cortado carreteras quemando neumáticos, se habían hecho multidud de escritos a la Junta, se había pedido una reunión con el Ministro de Industria, el Presidente e incluso el Rey. La callada era casi siempre la respuesta. La última huelga había durado tres meses, pero no había servido para nada. El Pueblo, cuya única fuente de riqueza era la Fábrica de Sueños, les había dado la espalda: ni el Alcalde, ni las gentes les habían apoyado. Incluso les habían insultado durante la huelga.

Poco a poco los empleados fueron desertando. Las economías no podían aguantar tres meses sin cobrar y, agarrados al clavo ardiendo de la negociación, habían aceptado todo lo que habían propuesto sindicatos y patronal con el fin de agarrar unos miserables duros.

-Juan, yo lo dejo. Nunca me gustó demasiado este pueblo sin mar, sin montaña; este pueblo donde te cueces en verano y te pelas de frío en invierno. Mi cuñado me ha ofrecido trabajar en su carnicería y he aceptado.
-No, Antonio, debemos seguir, debemos luchar…
-Juan, reconoceló: esto no tiene ningún futuro.

Y así, un compañero tras otro. Todos huyendo de la que era la última fábrica de sueños del país. Y lo peor de todo es que no podía culparles. Ellos tenían familia, ellos, como él, sabían que cada reconversión había supuesto unas condiciones más duras de trabajo. Habían creado incluso una “patrulla por el bien funcionamiento”. “Y una mierda” repitió Juan. Aquellos eran una panda de chivatos fascistas puestos por la Dirección para, al menor descuido, inventar una excusa para despedir a la gente sin indemnización alguna. “Y luego tendrán la cara de decir que la gente no está motivada en el trabajo. ¡Joder, cualquiera estaría encantado de trabajar a 40º lleno de vapores y zonas grises”. Y es que Juan era encargado en el departamento de los sueños oscuros, de aquellos interminables en los que ves cómo una bestia se va acercando y tú tienes los pies inmovilizados. Y, aunque hay que reconocer que Juan dejaba avanzar al protagonista del sueño antes de que el monstruo lo alcanzara o, caso de extrema necesidad, despertaba al durmiente, algunos compañeros, ya sea por desidia o agotamiento no realizaban bien su trabajo con las consecuencias que ello traía.

-El jefe quiere hablarle -le comunicaron.
-¡Qué mierda querrá! -masculló por lo bajo, aunque ya tenía una vaga idea de lo que iba a pasar.

Así que subió parsimoniosamente por las escaleras de metal hasta el pequeño y miserable cubil del jefe. En el cristal esmerillado se podía ver en letras grabadas: “D. Alberto Suguren de Arristeloa, Responsable de Sueños”.

-Su permiso -golpeó con los nudillos en la puerta
-Adelante, tome asiento.- D. Alberto se quedó mirando a Juan como si no le hubiera visto en su vida. De hecho se podía dudar que en este momento le estuviera viendo realmente.
-Está despedido.

Sólo dos palabras, sin más preámbulo, con la misma indiferencia que se podía haber leído las estadísticas de los últimos accidentes de carretera. Juan se le quedó mirando directamente a los ojos de besugo, al pelo grasiento que le caía por la cara cetrina.

-¿Puedo decirle algo? -inquirió el ex-empleado -Es usted un mierda y un hijo de puta. Vayasé al infierno, metasé la fábrica por el culo y que le jodan a usted y a su mujer.

Y salió del despacho. Se extrañó que ni tan siquiera le doliera, le extrañó la sangre fría que había tenido, que ni tan siquiera se hubiera alterado. Lo había pensado muchas veces. Sabía que era cuestión de tiempo que lo despidieran y sabía que había llegado el momento de hacer algo. Por eso, cuando vió el cartel de cerrado por vacaciones en la puerta de la fábrica supo lo que tenía que hacer.

Fué aquella noche. Abrió por la puerta de atrás de la que guardaba una llave y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la nave. Las máquinas seguían funcionando en estado latente. Y ese run-run tan familiar le dió una punzada en el corazón. Pero lo iba a hacer. Se acercó a la máquina número uno y trabó el accionamiento con una palanca. La máquina crujió y rechinó, y se hinchó como un enorme animal. Juan salió corriendo del lugar, tenía sólo unos pocos segundos.

La explosión despertó a los vecinos. “La Fábrica, la Fábrica”. “La Fábrica ha estallado”. “Dios mío, llamen a los bomberos”. “Pero ¿cómo?” Juan, desde lejos admiraba su obra. De entre las llamas que lamían el hormigón, veía cómo millones de sueños escapaban libres del control de las máquinas. Millones de sueños de todos los colores, de todos los tamaños, de todas las intensidades. Sueños de Paz y de Guerra, sueños de Alegrías y Fracasos, sueños y más sueños escapando de aquella fábrica, extendiéndose por todo el Pueblo.

“Pronto la nube llegará a la Ciudad Gris”, pensó Juan esbozando una sonrisa, “Y quizá de allí partan a otros lugares, a compartirse con otras gentes”


Los hombros del angel se estremecían mientras lloraba. La tierra había quedado reducida a cenizas después de la Gran Guerra. Poco a poco, con mucha paciencia, él y unos cuantos como él lo habían reconstruido. El esfuerzo había sido enorme, y la tarea había durado más de lo que podía recordar. Se había sentido un poco como aquellas hilanderas: cada vez más hilos, cada vez más hombres a su cargo. Y él guiándolos, llevándolos por el sendero.

Todavía recordaba el Concilio, donde se había discutido sobre si se debía o no dar el “libre albedrío” a aquellos nuevos seres. Amos era de los que se postulaban a favor, aunque sabía el peligro que ello conllevaba. “Debemos hacer una tierra de hombres libres”, argumentaba. “¡De hombres libres, dice! Sabes lo que pasó con los anteriores, ¿para qué quieren los hombres su libertad? ¿para que acaben destruyéndose?” El era muy joven y muy apasionado entonces. “Sí, deben ser libres, ¿qué sentido tendría entonces su vida?” “¿Y qué sentido si les permitimos esa libertad? ¿les dejamos que se enrreden en torturas? ¿les permitimos que se desprecien mutuamente? ¿que pasen hambre? ¿que se juegen la vida cruzando el mar en pos de una vida mejor que no llegará?”

Al final la postura sobre el “libre albedrío” había quedado rechazada. Se haría una nueva tierra de hombres que no pudieran elegir su destino. Amos sólo había conseguido introducir una enmienda por la que los hombres vivieran engañados creyendo que eran los dueños de su destino. “Es lo mínimo, no los podemos condenar a pensar que todo está definido. De otro modo no se sentirán ni dueños, ni responsables de sus actos”.

Ahora la tarea había quedado terminada. La labor a la que se había dedicado tanto esfuerzo y tanto tiempo había acabado y por eso lloraba. Se sentía vacío después de la enormidad del esfuerzo y sentía que sus lágrimas eran las últimas que nadie más derramaría por aquellos hombres.

El cielo se abrió y un rayo atravesó su corazón. Mientras caía sólo pensaba si había hecho bien cortando unos cuantos hilos, creando secretamente medio-hombres que decidirían su propio futuro. No había roto demasiado hilos, “sólo unos cuantos”, pero serían los que decidieran un futuro incierto.

El fracaso de aquellos hombres sería su fracaso.


imaginaba

21Jun07

Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera; imaginaba que era un vaquero cuando jugaba con su pistola de poliestireno; e imaginaba que era un soldado en su búnker cuando se escondía en la gran caja de cartón a la que había abierto un pequeño agujero por el que espiaba a su madre mientras preparaba la cena.

Y aún gritaba “pump” “pump” con aquella pistola; y aún caía al suelo haciéndose el muerto, o se arrastraba sintiéndose herido por la flecha de un terrible piel roja imaginario, revolcándose por el suelo hasta esconderse detrás de una silla.

Pero aquel chico se hizo grande, vino la Gran Guerra, vinieron las espadas de verdad, las pistolas de verdad, las trincheras de lodo y barro, los “Doppledecker” que disparaban contra aquella posición en lo alto de la colina, el hambre, el frío, la soledad… todo de verdad.

E imaginaba que era aún un niño, imaginaba que no había guerra, que aquello no era real… Y que no tenía que matar a nadie de verdad.


20Jun07

Bajo la tierra duerme un ser de fuego. Un ser lleno de odio que espera ser despertado para devorar la Tierra, para convertirla en la más negra oscuridad. Nunca más un planeta azul, nunca más una esperanza. Primero engullirá la Tierra, luego el Sol y finalmente se tragará este Universo en constante expansión. Cuando acabe con él empezará a engullirse sus propias entrañas hasta que no quede absolutamente nada. La nada más absoluta. Sin materia no hay espacio, sin espacio no hay movimiento y sin movimiento no existe el tiempo. Y ese vacío existirá por siempre.

Bajo la tierra yace una semilla. Una semilla de esperanza con un corazón pequeño que espera ser descubierta. Si alguna vez alguien la desentierra, los rayos del sol calentarán su corazón, que empezará a latir con más fuerza. La semilla se convertirá en una planta, y sus flores serán llevadas por el viento y por el mar a todos los rincones de la tierra. Desde lejos alguien verá iluminarse un planeta azul y no podrá evitar mostrar una sonrisa. Los hombres se darán cuenta de lo que tienen y querrán apropiarse la esperanza para ellos.

Comenzarán los saqueos, los robos y las guerras. Sólo unos pocos sobrevivirán a la masacre. Marchitarán la planta y desaparecerán sus semillas. Marchitada la esperanza se marchitarán los corazones. Perdidos los corazones, los hombres vagabundearán por la tierra sin rumbo. Los días serán todos tan iguales que parecerá que se ha parado el tiempo.

Cuando el último hombre se dé cuenta de que está solo, se oirá un lamento, un grito ahogado que retumbará en el vacío. Un ser de fuego, en las entrañas de la tierra despertará por fin.