Alicia

para A.

Alicia es guía turística. De esas que cuentan cómo es una ciudad mientras un enorme autobús de dos pisos descapotable de dos pisos atraviesa las callejuelas de Madrid.

“A la derecha el Palacio de Oriente, que como podrán observar no se encuentra en el este sino en el oeste. Su nombre se debe…” A los turistas les encantan las anécdotas y las contradicciones en los nombres. Y a Alicia le gusta sorprenderles en un tiempo en que las guías de viaje por internet y la maldita wikipedia hace que cada vez menos turistas se apresten a solicitar los servicios de la empresa de autobuses turísticos que está reduciendo personal. Eusebio, el conductor siempre se lo comenta, “deberías sacarte el carnet de conducir” le dice, “de ese modo podrías conducir y enseñar la ciudad” Y Alicia es consciente que si ella condujera Eusebio sobraría. También es consciente que con sus 57 años Eusebio se iría a la calle, que tiene una mujer dependiente y lo que le quedaría de paro. Es brutalmente consciente de las posibilidades de que Eusebio pasase a formar parte de los miles de parados de larga duración, de los “invisibles”. Por eso se calla y no comenta que tiene el carnet de conducir de tipo D desde hace ya un año largo.

Además, no lo soportaría. Para Alicia la única parte divertida de su trabajo es poder captar una mirada de sorpresa en los ojos de algún turista, esa emoción sincera descubierta en una cara, en un instante fugaz. Sí, para un turista la descripción de los edificios y rincones de Madrid puede ser apasionante o no, interesante o no, divertido o no, y Alicia se siente responsable de ello aunque sabe que no es justo, ni es mucho lo que realmente puede influir. Por eso se siente cansada. Las 8 horas de pié y los raros pero no siempre infrecuentes frenazos del autobús o el bostezo no reprimido de aquel niño de pecas con la gorra azul son soportables; mantener siempre la sonrisa y el ánimo alto no tanto. “No sé cómo lo soportas algunas veces” le comenta Eusebio y ella le responde con una sonrisa ahora sí verdadera. Aguantar las chanzas de sus compañeras de trabajo sobre lo estúpido que es lo que ha preguntado un turista, o lo pesado que se ponen a veces, le provoca un hartazgo infinito. Le duele físicamente ese desprecio con el que las ha visto tratarlos porque para ellas los turistas son sólo un número, una comisión y una oportunidad de trepar. Y ese morderse la lengua, ese no poder espetarles lo estúpidas que son, le restan demasiadas energías.

Alicia se sorprende mirando atrás: cómo empezó a trabajar en la empresa de autobuses turísticos. En principio era para unos meses, y los meses se convirtieron en años y el vértigo del paso del tiempo nunca se convierte en una apacible tranquilidad como auguró Eusebio. Sabe que es buena en su trabajo, sabe que es apreciada en la empresa y aprecia a Eusebio más de lo que nunca reconocería en público, pero no es suficiente para preguntarse por qué tiene que ser ella quien cargue con el mundo. Además, sabe que ese Madrid que enseña no es el verdadero. Se siente una impostora por no poder mostrar el Madrid canalla, el de la gente revolviendo entre la basura, el del mendigo que pasa frío en la calle.

Así que se acerca a Eusebio y le pide que pare y abra la puerta. “Llévalos a casa” le susurra y se pierde calle abajo entre una nube de paraguas. Eusebio la ve alejarse y hace un ademán de despedida con la mano aunque sabe que es inútil porque Alicia no girará nunca la cabeza. El conductor suspira para sus adentros y arranca el autobús, “a casa pues”.

Hace dos años

Hace dos años desde que te fuiste. La casa está vacía desde entonces, pero aún así te oigo cada vez. Te oigo en la cocina recogiendo el lavavajillas, te oigo haciendo café… En la cama, al despertarme, veo el hueco dejado al lado derecho, las sábanas tiradas al lado y sigo sintiendo tu calor a mi lado. Las estanterías están llenas de tus libros de la facultad y en el armario sigue estando tu ropa. No he tocado nada desde entonces, aunque siento que debería cambiar la ropa de verano por la de invierno. Si no lo hago es porque siento una extraña pereza.

Dicen que a quien le han amputado un miembro sigue sintiéndolo durante un tiempo. Así que supongo que lo que me pasa es normal. Que te sienta a mi lado cuando cruzo las calles como hacíamos antes, que oiga tu risa rebotar en nuestra fuente, y que te eche de menos cuando dejo de sentirte más de una hora.

En el bar, Antonio, el camarero, cuando me ve entrar siempre pregunta con una sonrisa ¿lo de siempre? Y a un asentimiento de cabeza pone dos copas sobre la barra. Observo dos sillas vacías, me siento en una y pongo la otra enfrente a la mía. Ya nadie me pregunta si la silla está ocupada, porque lo saben ¿Acaso no ven que hay dos copas en la barra?. Cuando acabo con la mía, te ayudo con la tuya y, entonces, pido dos más.

Al salir me siento un poco aturdido. Con paso vacilante camino calle abajo y me siento en nuestro banco. Hace una noche amable, a lo lejos se oyen ladridos de perros y risas nocturnas que duelen porque me recuerdan las nuestras. Cuando cierro los ojos siento tus labios sobre los míos, te oigo susurrar en mi oreja y noto el cosquilleo de tus labios. De un manotazo me sacudo las lágrimas y pregunto al aire “¿Nos vamos a casa?”.

Hace dos años que te fuiste, pero no te voy a dejar marchar.

Noticia

En el noticiario, un pulcro presentador presenta una noticia desgraciada. Con su voz desprovista de emoción comenta: “Se ha derrumbado una casa en el vecindario de Lot. Ha muerto la madre y uno de los hijos de la familia. El padre y el resto de los hijos están bien”.

Y me quedo estupefacto, un padre y cinco hijos han perdido a una madre y a un hermano a los que no van a volver a ver jamás. Se despertarán durante años sintiendo una ausencia que duele, que no comprenden. Quizá el pequeño apenas se dé cuenta. El padre fingirá que no duele porque hay que mostrarse fuerte y sólo, de vez en cuando, cuando el hijo pequeño pregunte con esa lengua de trapo “¿cuándo volverá mamá?” y no sepa qué responderle, sienta que el corazón endurecido se le ha encogido una vez más y se pregunte cuánto tiempo más tendrá que engañarle.

En la televisión el presentador a pasado a deportes. Furioso apago el televisor. Desde la cocina oigo a mi mujer que comenta “La verdad es que, de un tiempo a esta parte, cada vez estás más cascarrabias”

la casa del lago

Hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. La inmensa mole aparece al visitante al cruzar un recodo del camino. La hiedra se ha comido la mitad de las paredes y amenaza con cubrirla entera. Al entrar en el amplio recibidor te recibe una escalera que lleva a las habitaciones del piso de arriba. A la derecha unas dobles puertas llevan al salón principal. El suelo es de un mármol oscuro y frío.

Tras la escalera, una puerta lleva a la biblioteca, cubierta de estanterías, de libros y de silencios. La otra baja a la cocina donde repiquetean las cacerolas. Dos mujeres están preparando la cena, posiblemente asado y tarta de manzana que acompañarán a unos canapés de diversos colores. Apenas hacen ruido, apenas se miran entre ellas y jamás sonríen.

Por último, a la izquierda una pequeña puerta más baja de lo normal lleva al sótano. Ese sótano donde se guardan los pequeños cadáveres de la familia, los trapos sucios, la hija preñada antes de casarse, el atropello mortal de aquel pequeño por el coche familiar cuando Alberto conducía con más copas que la prudencia aconsejaría, los sobornos por aquella concesión millonaria, los sobres de estraza, los golpes con el puño cerrado… Y las cadenas. Aquellas cadenas con que se ataban a los niños que se portaban mal.

Sí, hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. Y la he visto como siempre, pero en esta ocasión, tú no estabas ahí. No estabas para consolarme, para decirme que todo iba a ir bien, para acunarme como lo hacía mi madre cuando era un niño. y he sentido un frío atroz recorriendo mi nuca mientras caminaba en torno a la casa sin decidirme a entrar.

Sé que finalmente voy a entrar y bajar al sótano, sé que me esperan allí mis fantasmas, que cogeré una soga y la lanzaré por encima de la viga. Sé que acercaré el pequeño taburete y que acabaré balanceándome al final de la cuerda después de oir cómo se rompen los huesos del cuello.

Son extraños los sueños, pero esta vez no voy a llorar, no me voy a despertar antes de tiempo. Quiero llegar hasta el final. Sé que luego existirá oscuridad y silencio.

Y por fin podré descansar, alejarme de la casa y de todos sus recuerdos.

recuerdos

Suena una vieja canción de los 80. “Colores” de Topo, un viejo grupo ya desaparecido. Y me pongo a recordar aquellos años. Aquellos años en que fuí feliz como sólo lo puede ser un niño. Días de bicicletas y carreras, de descubrimientos y de pan con chocolate. De pequeños secretos y de grandes risas. De aquella niña, Eva, de ojos azules frente a la que se acentuaba mi tartamudez. Aquellos años de besos furtivos e infantiles.

Y me pongo a llorar. Unas lágrimas calientes y amables que desembocan en un grito ahogado.¡Quiero volver a ser aquel niño! ¡quiero volver a jugar! ¡quiero volver a ser feliz! No debería ser tan jodidamente difícil aunque te hayas ido.

la carta

23-feb-2008

Hola María, ¿cómo estás?
Reconozco que nunca he sabido cómo diablos se empieza una carta. No sé si es mejor un “estimado”, un “querido”, un “apreciado”… Supongo que por eso escribo algo tan simple como “Hola”.

Bueno, supongo que te extrañará que recibas esta carta después de tantos años. No te asustes, que no pasa nada. Es que hoy me he puesto a pensar en ti. Bueno, en ti y en mí. Y en aquellos tiempos en que éramos niños felices jugando con cualquier cosa.
Es extraña la memoria, un olor, un sabor, una imagen que no tiene nada que ver y de repente… ¡puff! Ahí está, un golpe de la memoria que devuelve al pasado.

Te decía que puede que te extrañe que te escriba después de tanto tiempo, pero estaría faltando a la verdad. Te he escrito muchas veces, muchas cartas desde que nos “separamos”. Es sólo que nunca he tenido valor para mandartelas. Algún día, cuando muera, me encontrarán enterrado bajo docenas de cartas dirigidas a una tal María. Me lo estoy imaginando, toda mi familia preguntándose quién es esa María. Todas las cartas esparcidas por el suelo de mi habitación y mis familia sin atreverse a abrir ninguna.

Sí, es lo que tiene mi familia, que son un auténtico coñazo, se odian entre ellos como si cada uno de ellos debiera la vida al otro. Tienen una capacidad inmensa de hacerse daño y cometer las más terribles atrocidades, pero nunca se saldrán de lo que denominan “sus leyes”: está permitido robar, maltratar, pegar a la mujer, malmeter, insultar… Pero nunca se saltarán un semáforo, nunca aparcarán en doble fila y nunca, nunca, abrirán una carta que no vaya dirigida a ellos.

Sí, he vuelto a pensar en ti, como cada veintitres de febrero y como tantas otras veces. En lo felices que fuimos, en las veces que hacíamos el amor en el asiento de atrás del coche, en los planes de futuro que imaginábamos… Sobre todo en esos viajes imaginarios a imaginarios países a los que íbamos en el viejo Volkswagen, o de polizones en un barco, u ocultos en un vagón de mercancías en el que nos colábamos desde aquella curva donde los trenes tenían que pasar tan despacio.

Luego nos casamos y todo se torció, empezaron los gritos y a los gritos siguió un bofetada y a la bofetada… Bueno, los dos sabemos cómo acabó. Pero no es eso de lo que quería hablarte. Durante todos estos años sólo espero que me hayas perdonado todo ese daño que te hice, porque no puede borrar nunca lo felices que llegamos a ser, los momentos de los “buenos tiempos”.

No, no te estoy pidiendo volver porque sé que eso es imposible, sólo quiero que me recuerdes como era antes de convertirme en un monstruo, sólo quiero escribirte con la esperanza de imaginarte leyendo feliz esta carta, aunque supongo que no la leerás. Y no la leerás porque, como tantas otras cartas que te he escrito a lo largo de estos años no me atreveré a meterla en el buzón. Supongo que no importa demasiado, total, hace ya diez años desde que te dejé muerta en aquella cuneta.

el encuentro

Había pasado casi un año desde que se separaron con un portazo. Ella estaba reluciente con un vestido largo azul y una copa de vino en la mano. El gastaba los viejos vaqueros que había acompañado con una americana. Ambos habían accedido a ver la exposición sin demasiadas ganas. Era cierto que era la primera gran exposición de un amigo común. Las invitaciones vinieron en una escueta carta: “Hoy, a partir de las 7 de la tarde, en la Galería “Gonzalo”, sita en c/Alcacer, 22, expone Alberto “Kiko” Melillo. La exposición consta de 20 fotografías en blanco y negro de sus viajes por Asia y África.”

Alberto, al que nadie sabía por qué le llamaban Kiko y que había sido amigo de la infancia y confidencias de ella les había presentado en una fiesta que había organizado en su piso. Con aquella voz melifua que sólo puede poner un homosexual les había presentado: “He aquí una mujer fascinante y soltera, aquí un hombre desesperado de su pasado que busca amor, como todas” y los había dejado frente a frente. Sin decir nada más, ignorando la más mínima regla de protocolo que dice que, cuando se presentan a dos personas hay que decir sus nombres, profesiones y salarios para que tengan de qué hablar.

Se miraron un buen rato, en silencio, sin saber muy bien cómo comportarse. Rebuscando en la cabeza alguna frase que rompiera ese momento, rebuscando en los bolsillos de los pantalones algo ingenioso que decir, conscientes de que, lo que se dijeran torcería la noche a uno u otro lado.

Fue ella la que se adelantó
-Hola, me llamo Dafne, como la ninfa -y le adelantó la mano.
-Hola, yo soy Antonio -y dudó qué hacer -Antonio como el “bar Antonio” de la esquina.

Y ella no pudo evitar sonreir. Durante toda la noche se pasaron hablando de cosas banales, de lo bien que estaba la fiesta de Kiko -aunque hubiera demasiada gente, hiciera demasiado calor y se habían acabado los hielos-, de la guerra de Irak, de lo mal que estaba la política…

Sólo al final de la noche ella se decidió al fin.
-Estoy un poco cansada de esta fiesta, ¿te apetece ir a otro sitio?
-De acuerdo -y salieron de la mano de aquel piso sin despedirse de nadie.

La noche acabó en la casa de él (o de ella -era incapaz de acordarse-) y a esa noche le siguieron tres meses intensos de encuentros. Tres meses que fueron suficiente para conocerse tanto que se sentían desnudos uno frente a otro. Tan desnudos que, en algunas ocasiones discutían acaloradamente escupiéndose reproches y más reproches. Una noche de aquellas calurosas de final de verano, los reproches fueron a más, se desbocaron de tal modo que el dió un portazo y bajó las escaleras por última vez.

No hubo ninguna disculpa, ninguna llamada por teléfono, ningún SMS. Ambos sabían que se había acabado y necesitaban un tiempo para lamerse las heridas infringidas.

Y ahora se encontraban frente a frente. Ella con una copa de vino, él con una cerveza. Cada uno en un ángulo opuesto de aquella habitación, como dos boxeadores en su rincón. Se miraron a los ojos largamente y por un momento pareció que no había nadie más en la habitación; que el tiempo se había detenido, quizá para siempre. Fue ella la que dio el primer paso, la que dejó la copa de vino en una bandeja que apareció por ahí. La que se acercaba cada vez más. Cada paso desgarraba más, pero había que cerrar las heridas para siempre. Había que pasar página de una vez, cambiar de libro.

El notaba que se acercaba, que todas las palabras que se habían apelotonado durante tanto tiempo en su cabeza se negaban a proporcionarle un discurso coherente.

-Hola
-Hola
-¿Te apetece pasar conmigo los próximos tres meses de tu vida?

Y se fueron de la mano de aquella exposición sin despedirse de nadie como aquella otra vez. Sólo Alberto, “Kiko” para los amigos, fue capaz de darse cuenta de su huida con una sonrisa complice en su cara excelsamente maquillada para la ocasión.

ana

Hoy es tu último día aquí. Mañana vendrá una familia que ha decidido adoptarte. Ya nunca más te abrazaré, te cuidaré, te ayudaré a comer, a levantarte, a bañarte. Daniel, ya nunca más estarás encerrado en estas cuatro paredes. Tendrás padre y madre. Y también tendrás hermanos normales.

Todavía me acuerdo la primera vez que entré como cuidadora en esta casa hace ya más de cuatro años. En seguida me encariñé de ti. Eras el más pequeño, el más necesitado. Sí, ya sé que los otros también necesitaban ayuda. Al fin y al cabo venía a cuidar a “niños con dificultades especiales”. Pero
no sé si fueron tus ojos, o lo que fuera, pero el caso es que enseguida, y no se lo cuentes a los otros, te convertiste en mi favorito. Siempre me han gustado mucho los niños, ¿sabes? Es algo que ha sido así desde muy pequeña. Déjame que te cuente una historia.

Cuando tenía catorce años, mi madre trajo al mundo a un niño que se llamaba Daniel. Sí, aquí donde me ves yo tenía un hermano que se llamaba como tú. Y que también era “especial”, como tú. Los médicos dijeron que nació con un “pequeño retraso”, pero no es cierto. Aquellos médicos acostumbrados a etiquetarlo todo entre sano/enfermo, bueno/malo, blanco/negro, normal/anormal… ¡qué estúpidos!

Daniel, créeme, sólo existen dos tipos de personas: los que te hacen felices y los que no. Y mi hermano, siempre fue de las primeras. Era muy cariñoso, como tú. Y muy despierto, aunque quizá tú lo seas más y te lo digo en serio. Yo lo quería mucho ¿sabes? Y también lo cuidaba y lo abrazaba y le tenía que dar de comer y bañar…

Mi padre nos dejó un buen día sin ninguna palabra, sin ninguna excusa, sin ninguna respuesta. Pero Daniel me tenía a mí, y yo tenía a mi madre que encontró un trabajo en un supermercado. En uno de esos grandes que están en las afueras de las ciudades, donde los sábados se llena de tanta gente que hacen largas colas para poder aparcar. Tú no has estado nunca en uno de esos supermercados, pero te aseguro que, los lunes a primera hora, con todos los lineales ordenados, los estantes repletos de comida, la fruta ordenada y brillante… Yo es que, siempre que entraba me parecía que entraba en un cuento.

¿Te acuerdas del cuento de Hansel y Gretel que te he contado tantas veces? Pues lo mismo, pero en lugar de una única casita hecha de pan de jengibre, pastel y azúcar moreno, eran lineales y lineales de comidas y paquetes de todos los colores.

Un día, Daniel cogió una neumonía se nos fue a mi madre y a mi. En la cama de un hospital relleno de tubos…

Pero no sé por qué te cuento esta historia, porque contada así parece muy triste. Fijaté, fijaté bien poque ahí no acaba la historia. Hace ya cuatro años que encontré un niño que también se llamaba Daniel. Sí, estoy hablando de ti. ¿Qué curioso no? lo cierto es que la vida siempre ofrece una segunda oportunidad como aquel programa de televisión. Y lo cierto es que hemos vivido muchas cosas juntos, o ¿no? ¿me vas a decir que no nos hemos reído? ¿que no nos hemos divertido?

Y ahora te vas, una familia te va a adoptar. Los he visto y parecen buena gente. Un poco serios pero buena gente. Seguro que estarás muy bien con ellos aunque no puedo negar que te voy a echar un poco de menos. Me había hecho a la idea de que estaríamos juntos toda la vida, que nadie nos iba a separar nunca, que no iba a perderte como la otra vez. Juntos para siempre.

Ana se queda pensando, mirando a través de la ventana, agarrando con las dos manos a Daniel que le mira a través de sus ojos extraviados. Y pasa así mucho tiempo, tanto que a Daniel le duelen las muñecas, pero no se queja aunque siente un poco de miedo.

Ana se quita las lágrimas de un manotazo. Se levanta y va a la cocina. Allí coge tres bolsas de plástico. Se acerca a las habitaciones de los otros niños. Uno a uno los asfixia con las bolsas de plástico, a Daniel el último. Luego vuelve a la cocina, coge un largo cuchillo y se apuñala cerca del corazón. No se oye ningún grito. No se escucha ninguna queja.

La mañana encontrará tres pequeños cadáveres en sus camitas y una cuidadora que ha acabado suicidándose.

alicia

Alicia tiene siete años y unos enormes ojos color de miel. Lleva el pelo revuelto y un peto color verde, calcetines blancos y unos zapatos que le aprietan. Está a los pies de la cama, donde el cadáver de su madre se pone cada vez más rígido y cada vez más frío. Su padre le aprieta la mano fuertemente. Alicia siente esa mano rugosa que le hace daño, pero no se queja. De algún modo siente que es ella la que sujeta a su padre, la que hace de ancla que le sujeta a tierra.

Mira a su alrededor inquieta y, finalmente mira seriamente a su padre con sus grandes ojos.

– Papá, papá, ¿por qué no puedo llorar?

La pregunta recorre el cuerpo de su padre y lo hace temblar 

-Pero ¿qué dices?, Alicia
-Es que, es que… es como si no me quedaran más lágrimas.

El Padre la mira con ternura, pero no dice nada

-Mira, -Alicia se zafa de la mano del padre y se pellizca lo más fuerte que puede -¡Ay!, ¿ves? me duele pero no puedo llorar. ¿cómo es posible que a alguien se le sequen los ojos de ese modo? ¿cómo es posible que no pueda llorar?
-No lo sé -responde el padre, – no lo sé.

Y a Alicia le sorprende que su padre no tenga ninguna respuesta. El siempre lo sabe todo, sabe por qué es necesario que no haga tanto frío para que nieve en lugar de llover, sabe todos los cuentos del mundo, sabe cómo consolarla cuando está triste, sabe que el monstruo del armario no es malo y que no hay que asustarse por él, sabe que hay hadas que cuidan de los niños por la noche. Sabe tanto… tanto. Así que Alicia se preocupa un poco hasta que mira a los ojos de su propio padre y comprende.

-Tú tampoco puedes ¿no es cierto?
-Sí, yo tampoco puedo. Por eso no puedo responderte, porque no lo sé.

Y Alicia vuelve a coger la mano rugosa de su padre y la aprieta fuertemente porque ahora no se siente un ancla, sino tan sólo una niña de siete años.