Alicia

15Jul16

para A.

Alicia es guía turística. De esas que cuentan cómo es una ciudad mientras un enorme autobús de dos pisos descapotable de dos pisos atraviesa las callejuelas de Madrid.

“A la derecha el Palacio de Oriente, que como podrán observar no se encuentra en el este sino en el oeste. Su nombre se debe…” A los turistas les encantan las anécdotas y las contradicciones en los nombres. Y a Alicia le gusta sorprenderles en un tiempo en que las guías de viaje por internet y la maldita wikipedia hace que cada vez menos turistas se apresten a solicitar los servicios de la empresa de autobuses turísticos que está reduciendo personal. Eusebio, el conductor siempre se lo comenta, “deberías sacarte el carnet de conducir” le dice, “de ese modo podrías conducir y enseñar la ciudad” Y Alicia es consciente que si ella condujera Eusebio sobraría. También es consciente que con sus 57 años Eusebio se iría a la calle, que tiene una mujer dependiente y lo que le quedaría de paro. Es brutalmente consciente de las posibilidades de que Eusebio pasase a formar parte de los miles de parados de larga duración, de los “invisibles”. Por eso se calla y no comenta que tiene el carnet de conducir de tipo D desde hace ya un año largo.

Además, no lo soportaría. Para Alicia la única parte divertida de su trabajo es poder captar una mirada de sorpresa en los ojos de algún turista, esa emoción sincera descubierta en una cara, en un instante fugaz. Sí, para un turista la descripción de los edificios y rincones de Madrid puede ser apasionante o no, interesante o no, divertido o no, y Alicia se siente responsable de ello aunque sabe que no es justo, ni es mucho lo que realmente puede influir. Por eso se siente cansada. Las 8 horas de pié y los raros pero no siempre infrecuentes frenazos del autobús o el bostezo no reprimido de aquel niño de pecas con la gorra azul son soportables; mantener siempre la sonrisa y el ánimo alto no tanto. “No sé cómo lo soportas algunas veces” le comenta Eusebio y ella le responde con una sonrisa ahora sí verdadera. Aguantar las chanzas de sus compañeras de trabajo sobre lo estúpido que es lo que ha preguntado un turista, o lo pesado que se ponen a veces, le provoca un hartazgo infinito. Le duele físicamente ese desprecio con el que las ha visto tratarlos porque para ellas los turistas son sólo un número, una comisión y una oportunidad de trepar. Y ese morderse la lengua, ese no poder espetarles lo estúpidas que son, le restan demasiadas energías.

Alicia se sorprende mirando atrás: cómo empezó a trabajar en la empresa de autobuses turísticos. En principio era para unos meses, y los meses se convirtieron en años y el vértigo del paso del tiempo nunca se convierte en una apacible tranquilidad como auguró Eusebio. Sabe que es buena en su trabajo, sabe que es apreciada en la empresa y aprecia a Eusebio más de lo que nunca reconocería en público, pero no es suficiente para preguntarse por qué tiene que ser ella quien cargue con el mundo. Además, sabe que ese Madrid que enseña no es el verdadero. Se siente una impostora por no poder mostrar el Madrid canalla, el de la gente revolviendo entre la basura, el del mendigo que pasa frío en la calle.

Así que se acerca a Eusebio y le pide que pare y abra la puerta. “Llévalos a casa” le susurra y se pierde calle abajo entre una nube de paraguas. Eusebio la ve alejarse y hace un ademán de despedida con la mano aunque sabe que es inútil porque Alicia no girará nunca la cabeza. El conductor suspira para sus adentros y arranca el autobús, “a casa pues”.


Hace dos años

17Jun12

Hace dos años desde que te fuiste. La casa está vacía desde entonces, pero aún así te oigo cada vez. Te oigo en la cocina recogiendo el lavavajillas, te oigo haciendo café… En la cama, al despertarme, veo el hueco dejado al lado derecho, las sábanas tiradas al lado y sigo sintiendo tu calor a mi lado. Las estanterías están llenas de tus libros de la facultad y en el armario sigue estando tu ropa. No he tocado nada desde entonces, aunque siento que debería cambiar la ropa de verano por la de invierno. Si no lo hago es porque siento una extraña pereza.

Dicen que a quien le han amputado un miembro sigue sintiéndolo durante un tiempo. Así que supongo que lo que me pasa es normal. Que te sienta a mi lado cuando cruzo las calles como hacíamos antes, que oiga tu risa rebotar en nuestra fuente, y que te eche de menos cuando dejo de sentirte más de una hora.

En el bar, Antonio, el camarero, cuando me ve entrar siempre pregunta con una sonrisa ¿lo de siempre? Y a un asentimiento de cabeza pone dos copas sobre la barra. Observo dos sillas vacías, me siento en una y pongo la otra enfrente a la mía. Ya nadie me pregunta si la silla está ocupada, porque lo saben ¿Acaso no ven que hay dos copas en la barra?. Cuando acabo con la mía, te ayudo con la tuya y, entonces, pido dos más.

Al salir me siento un poco aturdido. Con paso vacilante camino calle abajo y me siento en nuestro banco. Hace una noche amable, a lo lejos se oyen ladridos de perros y risas nocturnas que duelen porque me recuerdan las nuestras. Cuando cierro los ojos siento tus labios sobre los míos, te oigo susurrar en mi oreja y noto el cosquilleo de tus labios. De un manotazo me sacudo las lágrimas y pregunto al aire “¿Nos vamos a casa?”.

Hace dos años que te fuiste, pero no te voy a dejar marchar.


Noticia

21Abr12

En el noticiario, un pulcro presentador presenta una noticia desgraciada. Con su voz desprovista de emoción comenta: “Se ha derrumbado una casa en el vecindario de Lot. Ha muerto la madre y uno de los hijos de la familia. El padre y el resto de los hijos están bien”.

Y me quedo estupefacto, un padre y cinco hijos han perdido a una madre y a un hermano a los que no van a volver a ver jamás. Se despertarán durante años sintiendo una ausencia que duele, que no comprenden. Quizá el pequeño apenas se dé cuenta. El padre fingirá que no duele porque hay que mostrarse fuerte y sólo, de vez en cuando, cuando el hijo pequeño pregunte con esa lengua de trapo “¿cuándo volverá mamá?” y no sepa qué responderle, sienta que el corazón endurecido se le ha encogido una vez más y se pregunte cuánto tiempo más tendrá que engañarle.

En la televisión el presentador a pasado a deportes. Furioso apago el televisor. Desde la cocina oigo a mi mujer que comenta “La verdad es que, de un tiempo a esta parte, cada vez estás más cascarrabias”


-¿qué deseas para el 2012?
-me basta con un año más.


Hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. La inmensa mole aparece al visitante al cruzar un recodo del camino. La hiedra se ha comido la mitad de las paredes y amenaza con cubrirla entera. Al entrar en el amplio recibidor te recibe una escalera que lleva a las habitaciones del piso de arriba. A la derecha unas dobles puertas llevan al salón principal. El suelo es de un mármol oscuro y frío.

Tras la escalera, una puerta lleva a la biblioteca, cubierta de estanterías, de libros y de silencios. La otra baja a la cocina donde repiquetean las cacerolas. Dos mujeres están preparando la cena, posiblemente asado y tarta de manzana que acompañarán a unos canapés de diversos colores. Apenas hacen ruido, apenas se miran entre ellas y jamás sonríen.

Por último, a la izquierda una pequeña puerta más baja de lo normal lleva al sótano. Ese sótano donde se guardan los pequeños cadáveres de la familia, los trapos sucios, la hija preñada antes de casarse, el atropello mortal de aquel pequeño por el coche familiar cuando Alberto conducía con más copas que la prudencia aconsejaría, los sobornos por aquella concesión millonaria, los sobres de estraza, los golpes con el puño cerrado… Y las cadenas. Aquellas cadenas con que se ataban a los niños que se portaban mal.

Sí, hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. Y la he visto como siempre, pero en esta ocasión, tú no estabas ahí. No estabas para consolarme, para decirme que todo iba a ir bien, para acunarme como lo hacía mi madre cuando era un niño. y he sentido un frío atroz recorriendo mi nuca mientras caminaba en torno a la casa sin decidirme a entrar.

Sé que finalmente voy a entrar y bajar al sótano, sé que me esperan allí mis fantasmas, que cogeré una soga y la lanzaré por encima de la viga. Sé que acercaré el pequeño taburete y que acabaré balanceándome al final de la cuerda después de oir cómo se rompen los huesos del cuello.

Son extraños los sueños, pero esta vez no voy a llorar, no me voy a despertar antes de tiempo. Quiero llegar hasta el final. Sé que luego existirá oscuridad y silencio.

Y por fin podré descansar, alejarme de la casa y de todos sus recuerdos.


recuerdos

08Oct11

Suena una vieja canción de los 80. “Colores” de Topo, un viejo grupo ya desaparecido. Y me pongo a recordar aquellos años. Aquellos años en que fuí feliz como sólo lo puede ser un niño. Días de bicicletas y carreras, de descubrimientos y de pan con chocolate. De pequeños secretos y de grandes risas. De aquella niña, Eva, de ojos azules frente a la que se acentuaba mi tartamudez. Aquellos años de besos furtivos e infantiles.

Y me pongo a llorar. Unas lágrimas calientes y amables que desembocan en un grito ahogado.¡Quiero volver a ser aquel niño! ¡quiero volver a jugar! ¡quiero volver a ser feliz! No debería ser tan jodidamente difícil aunque te hayas ido.


la carta

26Ago11

23-feb-2008

Hola María, ¿cómo estás?
Reconozco que nunca he sabido cómo diablos se empieza una carta. No sé si es mejor un “estimado”, un “querido”, un “apreciado”… Supongo que por eso escribo algo tan simple como “Hola”.

Bueno, supongo que te extrañará que recibas esta carta después de tantos años. No te asustes, que no pasa nada. Es que hoy me he puesto a pensar en ti. Bueno, en ti y en mí. Y en aquellos tiempos en que éramos niños felices jugando con cualquier cosa.
Es extraña la memoria, un olor, un sabor, una imagen que no tiene nada que ver y de repente… ¡puff! Ahí está, un golpe de la memoria que devuelve al pasado.

Te decía que puede que te extrañe que te escriba después de tanto tiempo, pero estaría faltando a la verdad. Te he escrito muchas veces, muchas cartas desde que nos “separamos”. Es sólo que nunca he tenido valor para mandartelas. Algún día, cuando muera, me encontrarán enterrado bajo docenas de cartas dirigidas a una tal María. Me lo estoy imaginando, toda mi familia preguntándose quién es esa María. Todas las cartas esparcidas por el suelo de mi habitación y mis familia sin atreverse a abrir ninguna.

Sí, es lo que tiene mi familia, que son un auténtico coñazo, se odian entre ellos como si cada uno de ellos debiera la vida al otro. Tienen una capacidad inmensa de hacerse daño y cometer las más terribles atrocidades, pero nunca se saldrán de lo que denominan “sus leyes”: está permitido robar, maltratar, pegar a la mujer, malmeter, insultar… Pero nunca se saltarán un semáforo, nunca aparcarán en doble fila y nunca, nunca, abrirán una carta que no vaya dirigida a ellos.

Sí, he vuelto a pensar en ti, como cada veintitres de febrero y como tantas otras veces. En lo felices que fuimos, en las veces que hacíamos el amor en el asiento de atrás del coche, en los planes de futuro que imaginábamos… Sobre todo en esos viajes imaginarios a imaginarios países a los que íbamos en el viejo Volkswagen, o de polizones en un barco, u ocultos en un vagón de mercancías en el que nos colábamos desde aquella curva donde los trenes tenían que pasar tan despacio.

Luego nos casamos y todo se torció, empezaron los gritos y a los gritos siguió un bofetada y a la bofetada… Bueno, los dos sabemos cómo acabó. Pero no es eso de lo que quería hablarte. Durante todos estos años sólo espero que me hayas perdonado todo ese daño que te hice, porque no puede borrar nunca lo felices que llegamos a ser, los momentos de los “buenos tiempos”.

No, no te estoy pidiendo volver porque sé que eso es imposible, sólo quiero que me recuerdes como era antes de convertirme en un monstruo, sólo quiero escribirte con la esperanza de imaginarte leyendo feliz esta carta, aunque supongo que no la leerás. Y no la leerás porque, como tantas otras cartas que te he escrito a lo largo de estos años no me atreveré a meterla en el buzón. Supongo que no importa demasiado, total, hace ya diez años desde que te dejé muerta en aquella cuneta.