el cazador de estrellas

El cazador de estrellas espera agazapado entre las dos colinas. Con una vieja colcha de ganchillo como única arma se dispone a atrapar una estrella fugaz. Ya hace unos días que elaboró su magnífico plan. Estaba cansado e mirar al cielo en busca de estrellas fugaces a las que pedir un deseo. Tenía tantos más elevados pensando en las guerras, el hambre, su familia cercana (e incluso aquella vecina a la que vió llorar cuando se le perdió el peluche) que, cuando le llegaba el turno para pedir uno para él, el sueño lo había vencido o el alba hacía que ya no quedaran estrellas suficientes.

Por eso quería cazar a aquella estrella. Cuando la tuviera en su poder podría pedirle tantos deseos como quisiera y sólo por eso merecía la pena la espera, el frío y la soledad del cazador que acecha una presa que no sabe si va a aparecer.

No había luna y eso hacía que el firmamento dibujara una cantidad de estrellas infinita. A él le bastaba con que alguna de esas estrella cayera a tierra, pasase cerca de su red (de esa vieja colcha de ganchillo que encontró en el trastero) y allí estaría con los ojos bien despiertos. Llevaba ya dos noches en los que sólo conseguía atrapar unas pequeñas gotas de rocío, pero no se desanimaba.

¡¡Zoooooom!! la estrella pasó como una exhalación junto a su red y quedó envuelta en ella arrastrándola colina abajo. ¡La había cazado! ¡la había cazado!

Corrió hacia ella con los pies descalzos, el corazón acelerado en las sienes y una mezcla de incertidumbre y miedo por si aquello sólo era un sueño.

Cuando la alcanzó no pudo más que exclamar un ¡qué pequeña! No sabía por qué  estraño motivo siempre se las había imaginado más grandes. La luz empezaba a atenuarse lentamente y el pequeño cazador no entendía el motivo.

No era posible que todo su esfuerzo no hubiera servido para nada. Aquella débil estrella moribundo languidecía lentamente.

No sabía qué hacer, estaba desesperado… Así que cerró los ojos para encontrar una solución.

Cuando, aun con los ojos cerrados encontró el modo de que aquella estrella volviera a la vida, la lanzó lo más alto que pudo, con todas sus fuerzas, con todo su empeño y aun tuvo tiempo para pedir un nuevo deseo antes de que volviera a caer a tierra para desaparecer para siempre.

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mi vida (I)

Cuando nací era muy pequeño, pero ya entonces me dí cuenta que mi familia, normal, lo que se dice normal, no lo era mucho. Lo que pude llorar aquel día no era nada comparado con el crujir de dientes que me tocaría pasar.

Por de pronto, la habitación en la que me situaron, era compartida por mis otros cuatro hermanos, una cabra y un cerdo. ¡Nunca pude comprender cómo podía aguantar el pobre cerdo el olor del cuarto! (la cabra carecía de olfato). Y digo bien cuarto y reconozco con envidia que a mí me hubiera gustado tener un entero (o un medio al menos)
Pero es que en casa éramos muy pobres. Racuerdo que en Navidad, cuando todos los niños escribían una carta, nosotros nos teníamos que conformar con escribir un telegrama. Cosa que estaba muy bien porque yo pensaba que así llegaría más rápido. Pero ¡ah infelice! Correos por entonces funcionaba igual de mal que ahora y parece que el telegrama nunca llegaba a tiempo. Así que se lo comentamos un día a Padre y éste nos sugirió que lo escribiéramos en abril. Todavía puedo oir las carcajadas cuando se la entregamos a Madre por esas fechas.
Pero es que Madre era de risa fácil. Al menos eso decían los compañeros de cartas de Padre. Y Padre siempre acababa diciendo lo mismo “no me toquéis los cojones, no me los toquéis”.
Y la verdad es que era extraño verle hablar así pue Padre a lo más que llegaba era a decir “Mus” y “Órdago a la grande”. Más bien, en vez de hablar, lo que hacía era maldecir entre dientes. Madre le recriminaba por ello cuando lo hacía estando presentes cualquiera de los hermanos o el cerdo (la cabra también era sorda -según creo-) y, acto seguido, Padre escupía al suelo “para que la boca no quede sucia, cago n’ Dios”.

Vale, cualquiera que oiga esto supondrá que Padre no era demasiado cariñoso. Error…, la de veces que jugaba con nosotros al extraño juego “corre, corre, que como te pille…” En fin, la verdad es que las veces que no estaba borracho estaba durmiendo (y las veces que estaba durmiendo también estaba borracho) con lo que la relación paterno-filial se limitaba a unos cuantos contactos corporales de los que todavía guardo algunos hematomas.
En cambio, como ya he dicho, Madre era mucho más ruiseña. “Cachonda” según algunos vecinos. Pero fuera como fuese siempre estaba de buen humor. Cuando algún hermano llegaba con malas notas del colegio siempre decía: “¡Ay! hijo, cómo te pareces a tu padre”. Pero si era yo el que llegaba con buenas notas la frase cambiaba un poco “¡Qué bien! cada día te pareces más a tu padre”. Lo que era un poco confuso al principio hasta que descubrí que lo que pasaba es que nos quería a todos por igual sin depender de la cantidad de suspensos con que llegéramos a casa.
Y es que pobres sí que éramos, pero en casa nunca faltaba una frase amable para cada uno. El problema era cuando agotabas tu frase amable de la semana. Por eso los hermanos nos esforzábamos en que eso no ocurriera más que el domingo por la tarde.
Y hablando de domingo por la tarde, he de reconocer que me encantaban los domingos por la mañana. Eso de ir a misa todos los hermanos vestidos igual era una delicia. Ya sé que a algunos les resultará difícil entender que nos gustara ir a misa pero…
Humedad, lo que se dice humedad, en la iglesia había la misma que en casa, pero en cuanto a iluminación… ¡cómo se iba a comparar la iluminación de la iglesia con la de nuestra casa! Pero de la misa lo que más me encantaba era cuando pasaban el cepillo. Toda esa gente piadosa poniendo dinero para que Padre lo recogiera con esas grandes manazas de amasar pan (y digo de amasar pan por la cantidad de tortas que salían de ellas)

Si había suerte y la gente dejaba suficiente dinero, Padre nos llevaba después al parque para que tomáramos el fresco mientras él se iba a jugar a las cartas.
Reconozco que al principio pensé que mi padre trabajaba de cartero, pero cuando tenía cuatro años, un vecino me dijo que mi padre no era cartero, sino borracho. Con lo cuál yo quedé muy tranquilo porque a los carteros nunca se les vió bien en un barrio en el que el correo sólo traía malas noticias.
Cuando Padre murió atropellado por un camión de legumbres todos los del barrio acudieron al funeral. La mayoría no se lo explicaba “¡Cómo era posible que hubieran atropellado a a quel hombre, un hombre que no tenía dónde caerse muerto!” pero sea como fuera, o como fuese, o como a ustedes les dé la gana, el caso es que las últimas palabras de Padre fueron una muestra de su buen talante y mejor persona. Cuando el del camión se acercó y lo vió moribundo, mi padre le hizo acercarse al camionero y de dijo en un susurro “me cago n’ tu puta madre”. Y digo yo si no es de buena persona acordarse de la madre de uno, revelarle un secreto espantoso en un susurro, y dejarle algo de recuerdo en tan sólo cinco palabras. A cambio el del camión le dejó a Padre cuatro patadas en las costillas.
Pero Madre no nos dejó llorar a ninguno: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo” dijo; aunque ninguno de nosotros vimos nunca el bollo.
A partir de entonces las cosas en casa no fueron muy bien económicamente (aunque ello no se diferenciaba en nada de cuando Padre estaba vivo). Madre se pasaba todo el día, y aún la noche, fuera de casa y entre todos nos teníamos que encargar del cerdo y de la cabra. Lo que hizo que esta última cayera gravemente enferma. Mi madre, siempre de buen talante comentó “con cinco hijos y se me ha tenido que poner enferma la cabra”, y mandó a mi hermano mayor a buscar al veterinario cruzándole la cara de un sopapo para que no se olvidara del recado.
Aquello me extrañó, pues Madre nunca nos pegaba, pero como me explicó mi otro hermano “es que ahora que Padre se ha ido, Madre ha de cumplir ahora tanto el papel de madre como el de padre”, con lo que yo ya quedé más tranquilo.
De mi hermano mayor nunca más supimos. Bueno, me equivoco, un día pasados muchos años llegó una carta conb cuatro palabras: “Mother, go to Hell”, pero como ninguno sabíamos idiomas no pudimos entender lo que decía.
Cuando madre se la entregó al cura para que nos la tradujera, éste comentó “Nada, su hijo no dice más que lo que yo le repito muchas veces”. Y luego se extendió con una diatriba sobre lo divino, lo humano, la educación actual, el gobierno, el peligro de los “rojos”, la decadencia del espíritu y su relación con la disgregación de España….
Aquello marcó mi vida para siempre. Por de pronto dejamos de ir a la iglesia pero, además, me hice la promesa de aprender inglés (si con sólo cuatro palabras se podía decir todo eso…) aunque eso merece otro capítulo que contaré en alguna otra ocasión…
***fin de la primera parte***

mi excusa

La otra tarde cogí el metro como tantas otras veces y lo ví. Era el hombre más triste del mundo; ancho como un tonel, con unos gruesos desgastados pantalones de pana, una cachava colgada en el brazo y la enorme cabeza agachada entre unos hombros otrota poderosos.

Llevaba una fotografía en blanco y negro en una mano que acariciaba con los dedos lentamente.  Supuse que era de algún ser querido. Supuse que aquella persona que asomaba en la fotografía había muerto (aunque no sé si recientemente o hacía mucho tiempo)

Una lágrima le asomaba los ojos grises y un halo de tristeza se extendía por todo el vagón. Quizá fuera yo al único que le alcanzó su tristeza pero el caso es que, aprovechando una parada, salté al andén justo antes de que aquel hombre sacara un pañuelo de esos de tela del bolsillo.

Respiré hondo y aliviado de haber escapado de aquel vagón y casi no me fijé en los quince minutos que marcaba el reloj para que pasara el próximo tren.

Así que ese es el motivo por el que llegué tarde a la cita, ese es el motivo por el que no te encontré porque te habías ido (tú, tan impaciente y puntual siempre) y ese fue el primer día en mi vida que entré en un bar a beber solo hasta caer borracho como una cuba con el único sentido de ahogar esa tristeza.

el ladrón de lunas

El ladrón de lunas es un auténtico especialista. Cada noche recorta un pedazo de luna y se lo lleva a su casa (donde lo guarda -cómo no- en un cajón).

Es ya bastante mayor, aunque hace su oficio con devoción -quizá uno de los últimos a los que le gusta lo hace-. Las autoridades están desesperadas. No saben qué hacer. Sencillamente se limitan , cuando la luna ha desaparecido completamente, a ir reponiéndola penosamente.

Claro que esto grava las arcas municipales con una tasa que la mayoría de los ciudadanos asume con resignación como un impuesto más. Vale, es cierto que muchos ciudadanos pagan esa tasa con más alegría que el resto (pero son los menos: son sólo los que lloran, ladrán, sueñan, se enamoran, tiemblan o admiran a la luna).

Realmente, y hablando en plata, el resto de los ciudadanos están un poco hartos de ese impuesto. Y de hecho murmuran (o gritan) algo como “la Luna, ¡a mí qué me importa la Luna, como si no vuelve a aparecer”

El caso es que esos ciudadanos han puesto un grupo de presión y el alcalde (que era de esos que les gustaba ladrar a la luna) ha tenido que poner más medios para atrapar al ladrón. El siempre ha sido el alcalde de todos, así que -como debe ser- se ha comido su opinión -qué buen alcalde para tan poco pueblo -(el entre guiones es mío)-

Y ahí está la autoridad competente al acecho del ladrón de lunas. La verdad es que no es fácil atrapar al ladrón porque cada noche ataca a una hora distinta y se está contagiando un cierto nerviosismo entre quienes tratan de atraparlo. Por de pronto no saben si es un solo hombre o es una banda organizada y, reconozcamosló, a alguno de ellos les parece algo romántico, casi heróico y aunque son leales al mandato que juraron se les hace muy difícil decidir entre el corazón y su trabajo.

El caso es que, una noche que el ladrón de lunas sentía sus piernas cansadas, lo pillaron. Lo sometieron, lo interrogaron y lo encarcelaron en Ocaña II -junto con los presos peligrosos-

Hubo brindis y alegría (la autoridad competente ya no tendría que excusar a sus parejas de que pasaban la noche fuera porque el trabajo obliga) y el alcalde, casi a su pesar, se sintió complacido al haber realizado lo que le demandaban los ciudadanos.

Claro que se cuidó muy mucho de comentárselo a los ciudadanos. Así, siguió mandando a la autoridad que hicieran el simulacro de robo. Claro que los gastos eran mínimos puesto que la luna repuesta era la misma que ellos iban quitando pedazo a pedazo.

Ello permitía seguir manteniendo una tasa que servía para renovar los libros de la biblioteca, crear nuevas escuelas infantiles, arreglar los parques… Cualquiera puede imaginar los gastos que tiene un ayuntamiento y cualquiera puede creer que todo lo que he contado es sólo un cuento.

Pero si entráis en Ocaña II, y conseguís hablar con el ladrón de lunas, sólo después de haberte ganado su confianza, es posible -aunque sólo posible- que os muestre todas las lunas que guarda en su cajó fruto de los robos de tantos y tantos años.

Sólo cuando veáis sus ojos brillar a la luz de aquellas lunas comprenderéis que todo lo que he dicho es cierto.

oscuridad

En el principio de los tiempos, los Grandes Sabios consiguieron recluir la Oscuridad y meterla en un pequeño cofre. El cofre tenía siete cerraduras y las llaves de cada una de éstas se dispersaron a los cuatro vientos. Algunas se enterraron bajo el peso de las montañas, otras se sumergieron en el mar o se lanzaron a las estrellas del firmamento.

El cofre se guardó en lo más profundo de una cueva y, paara que nadie pudiera acceder al interior sedispusieron siete puertas selladas; una de roble, otra de bronce, otra de haya; y así hasta la última, hecah del material con que se forjan los sueños que, como todo el mundo sabe, es el material más resistente que existe.

Por último, a la entrada de la cueva se dispuso de cincuenta centinelas que día y noche vigilan que nadie que entre pueda salir.

Fueron tiempos felices. El sol no tenía que morir en el horizonte para renacer con el nuevo día. Así fue que las flores se multiplicaron y, en cualquier momento, se podían escuchar los cantos de los pájaros y del agua.

Pero un día, sin nadie saber cómo ni por qué, la Oscuridad se escapó de la cueva. Al principio no fueron más que unos nubarrones en el horizonte. Pero la Oscuridad era densa como la pez y se extendió por toda la tierra.

Y en el último reducto de luz, los Grandes Sabios se volvieron a reunir. “No hay nada que pueda contener a la Oscuridad”, se lamentaban. Pero el más anciano de ellos encontró una solución. Así pues todos se pusieron manos a la obra. Durante años se luchó conta esa Oscuridad. Muchos hombres murieron o quedaron ciegos en la lucha. Muchos de los Grandes Sabios agotaron sus fuerzas y langidecieron en una atroz agonía. Pero al final, como se había hecho anteriormente, se consiguió recluir la Oscuridad en un recinto estrecho.

Las Trompetas de llamada sonaron entonces en toda la tierra y reunieron a todos los hombres. Después, los Grandes Sabios que quedaban aún con vida, colocaron con cuidado un trozo de Oscuridad en cada uno de sus corazones epitiendo las palabras “Hete aquí, que se te encomienda una penosa misión: albergará la Oscuridad en tu corazón, cuidarás de ella y te acompañará a lo largo de toda tu vida y la de tus descendientes”. Y cada uno e los hombes aceptaron su carga bajo la promesa de evitar que la Oscuridad saliera nunca al exterior.

Es por eso que cada uno albergamos en nuetros corazones un trozo de esa Oscuridad, negra como la pez, densa de melancolía y maldad. Y aunque las promesas se hicieron para incumplirlas y ya hace mucho tiempo de la última reunión de los Grandes Sabios, debemos tratar de mantener la promesa de los padres de nuestros padres y hacer que la Oscuridad no se escape de nuestros corazones. O, en su caso, que cuando lo haga estemos cerca de un amigo que la pueda recoger. De otro modo la Oscuridad se extendería por toda la tierra y, desgraciadamente, ya no queda ninguno de los Grandes Sabios que puedan recluirla como antaño.

domingo por la mañana

Era domingo por la mañana. Otro de tantos domingos, de sol inmutable, luminoso y frío. Entré en el Intercambiador de Moncloa aun a sabiendas que tendría que esperar el autobús más de tres cuartos de hora. Pero ¡qué otra cosa se puede hacer un domingo por la mañana! ¡qué otra cosa sinoe sperar es la vida! Esperamos al amigo, esperamos al compañero, a que pase el lento transcurrir del tiempo o a que pase un autobús o un tren que se nos aparecerá como nuetro, como el último tren que habremos de coger.

El Intercambiador de Moncloa, para quien no lo seapa, es un basto garaje, un lugar de paso frío y gris, remarcadamente limpio, en el que, los días de diario, la gente se afana por hacer cola para coger el autobús que les llevará a sus cómodas casitas del norte de Madrid o a su lugar de trabajo en los chalets de la gente pudiente donde trabajan de jardinero o de chica de la limpieza, las más de las veces por una paga insuficiente, injusta e ingrata.

En los días de diario, el humo procedente de los tubos de escape de los autobuses se hace denso, las inhalaciones de plomo, azufre y CO2 se funden con las voces, los gritos y los malos modos. Pero eso sí, está pulcramente limpio; yo diría más, desangeladamente limpio. Como si la ausencia de papeles, cáscaras de pipas, colillas de cigarrillos y demás, hicieran más grande ese inmenso garaje de personas y autobuses en tránsito que se quedó pequeño aun antes de la fase de proyecto.

En verdad es un sitio extraño: en pocos lugares se puede ver a tanta gente rodeada de gente y, sin embargo, tan sola, tan fuera de luger.

Pero los domingos por la mañana, el Intercambiador se desplueba de gente. Los pocos transeúntes parecemos más extraños, el ruido de los motores, de autobuses subiendo y bajando la rampa retumba en las paredes huecas de ese intercambiador que se ha quedado vacío.

Y ahí estaba yo. Sentado en uno de los bancos de metal distribuidos de tal forma que hacen imposible la comunicación. Me explico, los bancos se distribuyen por parejas, con los respaldos enfrentados, y cada pareja de bancos está separada de los que están enfrentados por una distancia infinita y una distancia mayor del resto. Parece que el arquitecto, el decorador de interiores, o quien fuera el encargado de distribuir el espacio, hubiera pensado que el infierno eran los otros y, no teniendo más premisa que la de la funcionalidad, hubiera construido un espacio lo más frío posible, un espacio capaz de congelar las almas e imbuirlas de una infinita tristeza.

Y ahí estaba yo. Cuando llegué apenas me fijé en la mujer que quedaba en frente: marchita pero a la vez altiva, surcada de arrugas pero con un modelado impecable, con la cara muy pálida pero con los labios pintados en un rojo demencial. Sacó con lentitud un cigarro de la pitillera que tenía en el bolso, golpeó su base sobre ésta y lo encendió parsimoniosamente.

Supongo que no pude evitar quedarme mirándola. Y ella me devolvió la mirada. Y yo me fijé en la forma de sostener el cigarrillo con los dedos muy tiesos y la muñeca hacia atrás formando un ángulo imposible. Y sus ojos fijos en los míos, sus ojos oscuros que llevaban mucho tiempo mirando al infinito y que querían traspasarme.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta. Aquella señora llevaba mucho tiempo ahí. La multitud de colillas dispersas por el suelo era testigo mudo de ello, testigo mudo de sus pensamientos, de sus inquietudes. Y de pronto lo supe.

Aquella mujer no estaba esperando ningún autobús que saliera cada mucho tiempo, aquella mujer no estaba deseando llegar a casa. Es más, no quería llegar a casa. No quería volver a una casa vacía, aún más vacía y fría que aquel Intercambiador. Una casa huérfana de un marido que la había abandonado abrumado por los problemas de una alcohólic. Una casa de habitaciones perpétuamente cerradas por ausencia de hijos, de visitas de vecinos. Habitaciones sombrías, de persianas bajadas y pasillos huecos en los que se podían oir aún el retumbar del último portazo que dió aquel hijo que prometió no volver nunca más.

Sí, aquella mujer no estaba esperando ningún autobús. Simplemente estaba esperando el paso de un tiempo clemente que perdonara errores y borrara experiencias pasadas, un tiempo clemente que trajera al hijo. A un hijo que había desaparecido hacía más de diez años. Diez años tratándose de perdonar a uno mismo es mucho tiempo, diez años solos son muy largos para unoa madre cuyo único pecado fue refugiarse en el alcohol de las palizas de un hombre que se hacía llamar su marido.

Y cuando aquella mujer sacó un pañuelo para secarse los ojos húmedos, no pude por más que acercarme y, en un tono de arrepentimiento por no hacerlo hecho antes, decirle al oído: “Venga, mamá, vámonos ya para casa”.

el pájaro que tenía un ala atrofiada

Hubo una vez un pequeño pajarillo que nación con el ala atrofiada. Nadie supo por qué, pudiera ser por ser uno de los huevos que quedaban en la periferia de los que había en el nido, o por no haber recibido suficiente calor de la madre. Pero, fuese como fuera, el pajarillo nació con el ala mala.

Aunque su primera infancia en el nido fue alegre: todos sus hermanos lo querían mucho y, tanto el padre como la madre, siempre tenían los más miramientos para aquel su pequeño. Buscaron entre los doctos médicos del lugar: el sabio Búho, el escribiente Gorrión… pero nadie sabía qué hacer para solucionar su problema.

Y de pronto un día, como si tuviera prisa, llegó el invierno.

Los demás pájaros debían emigrar a tierres más cáildas, pero no querían dejarle solo. Así pasaron los primeros días de aquel invierno terrible hasta que la razón se impuso al corazón y lo tuvieron que dejar solo con la promesa de que regresarían con los primeros calores.

Para el pajarillo los días pasaban interminables. Se afanaba en mantener el nido en perfectas condiciones. comiendo lo poco que no cubría con su manto de nieve y frío el crudo invierno y trabando amistad con los pocos vecinos que quedaban.

Pero siempre con la alegría de que sus hermanos no tardarían en regresar. Imaginando las increíbles historias que vivirían, los fabulosos paisajes que descubrirían y que él no llegaría nunca a ver.

Y no sólo cuidó del nido que le acunó en sus primeros días, sino que trató de que todos los nidos de la colonia estuvieran en perfectas condiciones, disfrutando de los pocos días de sol que le permitió aquel invierno, contando los dóa que quedaban para la primavera y aprendiendo a vivir esa soledad obligada que los más de los días se le asemejaban a una estrecha celda de una prisión.

Y de pronto, un día, sin saber por qué, se sintió con el corazón acelerado. La sangre le rebotaba en las sienes y el viento le trajo las conversaciones de sus hermanos que regresaban.

Aquel día todo fue alegría en el nido. Todos reconocían su esfuerzo y, creedme que para el pajarillo, después de tantos días de hambre y frío (escarcha de cebolla), la compañia de sis hermanos le alimentó más de lo que ninguno de ellos podía imaginar. Por un día aquel pajarillo que cuidó los nidos tan afanosamente fue el protagonista y, casi, casi, se sintió capaz de volar.

Pero poco a poco se dió cuenta de que sus hermanos habían crecido y se habían hecho fuertes, mientras el se había quedado chiquito. Para él, el tiempo no había pasado, el invierno lo había conservado. Sencillamente , él había crecido con su tiempo y su lugar y sus hermanos había crecido con otro tiempo, con otro lugar separado por un enorme océano de agua y sentimientos.

Y los recuerdos de los viajes de sus hermanos se le fueron haciendo cada vez más amargos. Las descripciones de los mares y lugares que en un principio le maravillaban le entristecían ahora al saber que nunca los vería con sus propios ojos.

Así mismo, con más frecuencia cada vez, sus hermanos se divertían volando fuera del nido, olvidándose de aquel a quien sentían cada vez más como un extraño. Y aquella soledad con la que había aprendido a convivir durante el invierno, aquella tristeza que había aprendido a soportar, se le hacía más amarga en presencia de sus hermanos. Cada risa que se oía en el aire le punzaba el corazón con un dolor cada vez mayor.

Así pues, un día se acercó al lago y se sumergió en su fondo fanganoso, se hudió para no aparecer nunca más, para que nunaca nadie, nadie, se acordara de aquel pequeño pajarillo con el ala atrofiada que pasó un invierno cuidando de la scasas de sus hermanos.