domingo por la mañana

16Ene07

Era domingo por la mañana. Otro de tantos domingos, de sol inmutable, luminoso y frío. Entré en el Intercambiador de Moncloa aun a sabiendas que tendría que esperar el autobús más de tres cuartos de hora. Pero ¡qué otra cosa se puede hacer un domingo por la mañana! ¡qué otra cosa sinoe sperar es la vida! Esperamos al amigo, esperamos al compañero, a que pase el lento transcurrir del tiempo o a que pase un autobús o un tren que se nos aparecerá como nuetro, como el último tren que habremos de coger.

El Intercambiador de Moncloa, para quien no lo seapa, es un basto garaje, un lugar de paso frío y gris, remarcadamente limpio, en el que, los días de diario, la gente se afana por hacer cola para coger el autobús que les llevará a sus cómodas casitas del norte de Madrid o a su lugar de trabajo en los chalets de la gente pudiente donde trabajan de jardinero o de chica de la limpieza, las más de las veces por una paga insuficiente, injusta e ingrata.

En los días de diario, el humo procedente de los tubos de escape de los autobuses se hace denso, las inhalaciones de plomo, azufre y CO2 se funden con las voces, los gritos y los malos modos. Pero eso sí, está pulcramente limpio; yo diría más, desangeladamente limpio. Como si la ausencia de papeles, cáscaras de pipas, colillas de cigarrillos y demás, hicieran más grande ese inmenso garaje de personas y autobuses en tránsito que se quedó pequeño aun antes de la fase de proyecto.

En verdad es un sitio extraño: en pocos lugares se puede ver a tanta gente rodeada de gente y, sin embargo, tan sola, tan fuera de luger.

Pero los domingos por la mañana, el Intercambiador se desplueba de gente. Los pocos transeúntes parecemos más extraños, el ruido de los motores, de autobuses subiendo y bajando la rampa retumba en las paredes huecas de ese intercambiador que se ha quedado vacío.

Y ahí estaba yo. Sentado en uno de los bancos de metal distribuidos de tal forma que hacen imposible la comunicación. Me explico, los bancos se distribuyen por parejas, con los respaldos enfrentados, y cada pareja de bancos está separada de los que están enfrentados por una distancia infinita y una distancia mayor del resto. Parece que el arquitecto, el decorador de interiores, o quien fuera el encargado de distribuir el espacio, hubiera pensado que el infierno eran los otros y, no teniendo más premisa que la de la funcionalidad, hubiera construido un espacio lo más frío posible, un espacio capaz de congelar las almas e imbuirlas de una infinita tristeza.

Y ahí estaba yo. Cuando llegué apenas me fijé en la mujer que quedaba en frente: marchita pero a la vez altiva, surcada de arrugas pero con un modelado impecable, con la cara muy pálida pero con los labios pintados en un rojo demencial. Sacó con lentitud un cigarro de la pitillera que tenía en el bolso, golpeó su base sobre ésta y lo encendió parsimoniosamente.

Supongo que no pude evitar quedarme mirándola. Y ella me devolvió la mirada. Y yo me fijé en la forma de sostener el cigarrillo con los dedos muy tiesos y la muñeca hacia atrás formando un ángulo imposible. Y sus ojos fijos en los míos, sus ojos oscuros que llevaban mucho tiempo mirando al infinito y que querían traspasarme.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta. Aquella señora llevaba mucho tiempo ahí. La multitud de colillas dispersas por el suelo era testigo mudo de ello, testigo mudo de sus pensamientos, de sus inquietudes. Y de pronto lo supe.

Aquella mujer no estaba esperando ningún autobús que saliera cada mucho tiempo, aquella mujer no estaba deseando llegar a casa. Es más, no quería llegar a casa. No quería volver a una casa vacía, aún más vacía y fría que aquel Intercambiador. Una casa huérfana de un marido que la había abandonado abrumado por los problemas de una alcohólic. Una casa de habitaciones perpétuamente cerradas por ausencia de hijos, de visitas de vecinos. Habitaciones sombrías, de persianas bajadas y pasillos huecos en los que se podían oir aún el retumbar del último portazo que dió aquel hijo que prometió no volver nunca más.

Sí, aquella mujer no estaba esperando ningún autobús. Simplemente estaba esperando el paso de un tiempo clemente que perdonara errores y borrara experiencias pasadas, un tiempo clemente que trajera al hijo. A un hijo que había desaparecido hacía más de diez años. Diez años tratándose de perdonar a uno mismo es mucho tiempo, diez años solos son muy largos para unoa madre cuyo único pecado fue refugiarse en el alcohol de las palizas de un hombre que se hacía llamar su marido.

Y cuando aquella mujer sacó un pañuelo para secarse los ojos húmedos, no pude por más que acercarme y, en un tono de arrepentimiento por no hacerlo hecho antes, decirle al oído: “Venga, mamá, vámonos ya para casa”.

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