mi vida (I)

26Ene07

Cuando nací era muy pequeño, pero ya entonces me dí cuenta que mi familia, normal, lo que se dice normal, no lo era mucho. Lo que pude llorar aquel día no era nada comparado con el crujir de dientes que me tocaría pasar.

Por de pronto, la habitación en la que me situaron, era compartida por mis otros cuatro hermanos, una cabra y un cerdo. ¡Nunca pude comprender cómo podía aguantar el pobre cerdo el olor del cuarto! (la cabra carecía de olfato). Y digo bien cuarto y reconozco con envidia que a mí me hubiera gustado tener un entero (o un medio al menos)
Pero es que en casa éramos muy pobres. Racuerdo que en Navidad, cuando todos los niños escribían una carta, nosotros nos teníamos que conformar con escribir un telegrama. Cosa que estaba muy bien porque yo pensaba que así llegaría más rápido. Pero ¡ah infelice! Correos por entonces funcionaba igual de mal que ahora y parece que el telegrama nunca llegaba a tiempo. Así que se lo comentamos un día a Padre y éste nos sugirió que lo escribiéramos en abril. Todavía puedo oir las carcajadas cuando se la entregamos a Madre por esas fechas.
Pero es que Madre era de risa fácil. Al menos eso decían los compañeros de cartas de Padre. Y Padre siempre acababa diciendo lo mismo “no me toquéis los cojones, no me los toquéis”.
Y la verdad es que era extraño verle hablar así pue Padre a lo más que llegaba era a decir “Mus” y “Órdago a la grande”. Más bien, en vez de hablar, lo que hacía era maldecir entre dientes. Madre le recriminaba por ello cuando lo hacía estando presentes cualquiera de los hermanos o el cerdo (la cabra también era sorda -según creo-) y, acto seguido, Padre escupía al suelo “para que la boca no quede sucia, cago n’ Dios”.

Vale, cualquiera que oiga esto supondrá que Padre no era demasiado cariñoso. Error…, la de veces que jugaba con nosotros al extraño juego “corre, corre, que como te pille…” En fin, la verdad es que las veces que no estaba borracho estaba durmiendo (y las veces que estaba durmiendo también estaba borracho) con lo que la relación paterno-filial se limitaba a unos cuantos contactos corporales de los que todavía guardo algunos hematomas.
En cambio, como ya he dicho, Madre era mucho más ruiseña. “Cachonda” según algunos vecinos. Pero fuera como fuese siempre estaba de buen humor. Cuando algún hermano llegaba con malas notas del colegio siempre decía: “¡Ay! hijo, cómo te pareces a tu padre”. Pero si era yo el que llegaba con buenas notas la frase cambiaba un poco “¡Qué bien! cada día te pareces más a tu padre”. Lo que era un poco confuso al principio hasta que descubrí que lo que pasaba es que nos quería a todos por igual sin depender de la cantidad de suspensos con que llegéramos a casa.
Y es que pobres sí que éramos, pero en casa nunca faltaba una frase amable para cada uno. El problema era cuando agotabas tu frase amable de la semana. Por eso los hermanos nos esforzábamos en que eso no ocurriera más que el domingo por la tarde.
Y hablando de domingo por la tarde, he de reconocer que me encantaban los domingos por la mañana. Eso de ir a misa todos los hermanos vestidos igual era una delicia. Ya sé que a algunos les resultará difícil entender que nos gustara ir a misa pero…
Humedad, lo que se dice humedad, en la iglesia había la misma que en casa, pero en cuanto a iluminación… ¡cómo se iba a comparar la iluminación de la iglesia con la de nuestra casa! Pero de la misa lo que más me encantaba era cuando pasaban el cepillo. Toda esa gente piadosa poniendo dinero para que Padre lo recogiera con esas grandes manazas de amasar pan (y digo de amasar pan por la cantidad de tortas que salían de ellas)

Si había suerte y la gente dejaba suficiente dinero, Padre nos llevaba después al parque para que tomáramos el fresco mientras él se iba a jugar a las cartas.
Reconozco que al principio pensé que mi padre trabajaba de cartero, pero cuando tenía cuatro años, un vecino me dijo que mi padre no era cartero, sino borracho. Con lo cuál yo quedé muy tranquilo porque a los carteros nunca se les vió bien en un barrio en el que el correo sólo traía malas noticias.
Cuando Padre murió atropellado por un camión de legumbres todos los del barrio acudieron al funeral. La mayoría no se lo explicaba “¡Cómo era posible que hubieran atropellado a a quel hombre, un hombre que no tenía dónde caerse muerto!” pero sea como fuera, o como fuese, o como a ustedes les dé la gana, el caso es que las últimas palabras de Padre fueron una muestra de su buen talante y mejor persona. Cuando el del camión se acercó y lo vió moribundo, mi padre le hizo acercarse al camionero y de dijo en un susurro “me cago n’ tu puta madre”. Y digo yo si no es de buena persona acordarse de la madre de uno, revelarle un secreto espantoso en un susurro, y dejarle algo de recuerdo en tan sólo cinco palabras. A cambio el del camión le dejó a Padre cuatro patadas en las costillas.
Pero Madre no nos dejó llorar a ninguno: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo” dijo; aunque ninguno de nosotros vimos nunca el bollo.
A partir de entonces las cosas en casa no fueron muy bien económicamente (aunque ello no se diferenciaba en nada de cuando Padre estaba vivo). Madre se pasaba todo el día, y aún la noche, fuera de casa y entre todos nos teníamos que encargar del cerdo y de la cabra. Lo que hizo que esta última cayera gravemente enferma. Mi madre, siempre de buen talante comentó “con cinco hijos y se me ha tenido que poner enferma la cabra”, y mandó a mi hermano mayor a buscar al veterinario cruzándole la cara de un sopapo para que no se olvidara del recado.
Aquello me extrañó, pues Madre nunca nos pegaba, pero como me explicó mi otro hermano “es que ahora que Padre se ha ido, Madre ha de cumplir ahora tanto el papel de madre como el de padre”, con lo que yo ya quedé más tranquilo.
De mi hermano mayor nunca más supimos. Bueno, me equivoco, un día pasados muchos años llegó una carta conb cuatro palabras: “Mother, go to Hell”, pero como ninguno sabíamos idiomas no pudimos entender lo que decía.
Cuando madre se la entregó al cura para que nos la tradujera, éste comentó “Nada, su hijo no dice más que lo que yo le repito muchas veces”. Y luego se extendió con una diatriba sobre lo divino, lo humano, la educación actual, el gobierno, el peligro de los “rojos”, la decadencia del espíritu y su relación con la disgregación de España….
Aquello marcó mi vida para siempre. Por de pronto dejamos de ir a la iglesia pero, además, me hice la promesa de aprender inglés (si con sólo cuatro palabras se podía decir todo eso…) aunque eso merece otro capítulo que contaré en alguna otra ocasión…
***fin de la primera parte***

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One Response to “mi vida (I)”

  1. Para cuando Mi vida II?


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