el baúl

27Feb07

I

Mi yaya era una abuela como todas las demás, pequeña y encogida como una pasa, gustaba de mirarnos a todos los nietos a través de sus pequeñas gafas de montura dorada. Bueno, más que mirar te escrutaba con esos intensos ojos azules. Todos los nietos la queríamos mucho. Nos encantaba sentarnos a jugar junto a ella mientras hacía punto al abrigo de la estufa de gas. Ellas, de vez en cuando, dejaba su labor, nos miraba y nos sonreía apenas para continuar con esa colcha de ganchillo para alguna de sus nueras.

El caso era que mi abuela tenía un pequeño baúl escondido debajo de la cama. Siempre nos advertía que por nada del mundo intentáramos abrir ese baúl. Y lo decía con un brillo en sus ojos que a todos nos asustaba un poco. Pero claro, a unos niños pequeños nos puedes decirles lo que no pueden hacer. Así que yo, en aquellas noches que me quedaba a dormir en casa de la yaya no podía conciliar el sueño. Arrebujada entre las sábanas soñaba el contenido de ese maravilloso cofre. Unas veces lo imaginaba repleto de oro, jugetes de todo tipo o las más variadas golosinas. Entonces se me hacía la boca agua y sentía un impulso vergonzoso de abrir ese baúl. Otras los imaginaba lleno de monstruos capaces de tragarse un niño de un solo bocado. Y era tal el miedo que sentía que iba corriendo a refugiarme al lado de una abuela que no llegaba a comprender a aquella niña.

Entonces aprovechaba para preguntarle qué era lo que contenía aquel baúl. Y ella siempre respondía con vaguedades, que no lo podía abrir porque entonces estropearía el contenido. Y mis ganas de saber lo que contenía aquel baúl se incrementaban más y más sabiendo que lo tenía justo debajo.

II

Yo no me atrevía a confesar mis intenciones a cualquiera de mis primos. Para ellos la cosa era tan simple que si la abuela había dicho queno se abriera el baúl, no habíapor qué pensar en ell. Y sin embargo a mí la idea me torturaba. Yo abriría el baúl. Sólo par mirar lo que contenía. Ni tan siquiera tocaría su contenido, ni tan siquiera lo revolvería. En realidad me bastaba con sólo entreabrir un poco la tapa; lo suficiente como para mirar dentro… Y por supuesto no se lo diría a nadie.

Y fue un día como otro cualquiera. La yaya se tenía que ir a ver a una vecina que se había caído y tenía que estar en cama por tener una cadera rota. Y “que a ciertas edades no puede uno hacer ciertas cosas” y “que si nos estamos haciendo viejos”…

Era mi oportunidad. No había venido ningún nieto más. “¿No te importará quedarte sola un ratito? Será sólo un momento, si pasa algo estoy en casa de la Carmen”.

Así pues me acerqué a la habitación de la abuela. Olía a naftalina y lavanda, como siempre, y mi corazón se aceleraba cada vez más… No podía.. Cerré la puerta de un protazo y corría la cocina a continuar con mis juegos.

Pero la curiosidad era más fuerte que yo así que me encaminé de nuevo a la habitación con pasos temblorosos. Me agaché debajo de la cama y ahí estaba. Con todo su esplendor, al alcance de mi mano. Dudé de nuevo pero no me lo podía permitir; “sólo un vistazo, sólo un vistazo pequeño”. Así que arrastré como pude el baúl de debajo de la cama y ahí, en medio de la habitación entreabrí la tapa y miré dentro. Pero a través de la rndija no conseguía abrir nada así que lo abrí del todo.

III

¡Estava vacío! ¡Completamente vacío! ¡ni oro, ni tesoro, ni monstruos de ningún tipo. Era simplemente un arcón vacío! No lograba entender tanto empeño en ocultar nada.

Cuando la yaya llegó no pude reprimir las lágrimas. “Abuela, está vacío, el arcón está vacío”. Ella me miró largamente. Por primera vez la vi triste, por primera vez aquella persona no parecía una abuela y la sentí más encogida que de costumbre.

-Pero mi niña, ¿qué has hecho? ¿por qué has abierto el baúl?

-Sí, -confesé, lo he abierto, pero estaba vacío, no había nada, nos has estado engañando durante todo ese tiempo diciéndonos las maravillas que encerraba cuando nohay absolutamente nada.

Yo estaba llorando, y ella me miraba como si fuera invisible.

-No estaba vacío. al menos antes de que lo abrieras.

-No, no es cierto -dije entre sollozos – yo ví que no había nada.

-Que no vieras no significa que no hubiera nada. Lo que pasa es que al abrirlo, has dejado escapar su contenido para siempre. Lo que había dentro del baúl era mi CONFIANZA, mi confianza en ti, en todos vosotros y ahora que se ha perdido no sé si voy a poder encontrarla.

IV

Entonces lo ví todo claro y me agarré a ella con todas mis fuerzas, como si fuera la última vez, deseando que no hubiera pasado nunca, reprochándome mi pequeña aventura, preguntándome por qué lo había hecho.

Nunca volví a casa de la abuela, nunca más la volví a ver hasta que un día su corazón se cansó de hacer ganchillo y la tuvimos que enterrar. Ese día me pusieron un espantoso vestido que me oprimía completamente y allí, en frente del ataud abierto lloré como nunca había llorado bajo la incomprensión de mis padres.

Sólo al final, cuando me despedía, creí ver una sonrisa de perdón en su rostro ya rígido.

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One Response to “el baúl”

  1. La confianza sólo puede ser ciega. La curiosidad sin embargo, tiene mucha vista y largas piernas. ¡Qué levante la mano quien no haya abierto alguna vez el baúl!
    Un beso y saludos a John Dee ;-)


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