el artesano

Y allí estaba entre mis manos temblorosas. Al fín. Después de esa malditas larga temporada a base de benzodiazepina y otras mierdas.

Lo tenía bien ganado, después de aguantar a esos medicuchos, a la puta de mi nuera y al cristo de los palotes. ¿qué sabían ellos? ¿que yo estaba enfermo? ¡Y una mierda! enfermos ellos con sus dosis de moralina. ¿Me meto con vosotros por vuestra miserable vida de burgueses acomodados? ¿con vuestra idea de la diversión que es pasear por los grandes centros comerciales?

Soy unos mierdas… Todos sois unos auténticos mierdas. Antes no sabía el significado real de esa palabra. Pero ahora sí.

¡Dejadme en paz! ¡Es mi Vida! Sí con mayúsculas, no como la vuestra mermada de sueños. ¡qué sabréis vosotros, malditos ignorantes!

El primer trago me reconfortó el estómago y mis manos empezaron a dejar de temblar. ¡Ah mis manos! Era lo que más echaba de menos. Poder modelar la madera, coger la gubia y sacar a la luz las formas de un trozo de roble. En un taco del que nadie más que yo era capaz de ver la forma, la forma de Amanda que se me aparecía cada noche desde su muerte. Pero ese temblor de manos que me sobrevenía hizo que tuviera que dejarlo todo.

¡Sí! ¡Mirad mis manos! Manos de artesano, manos que han sufido, que han parido y han ayudado a parir (y que han matado también -aunque esto último lo dije sólo para mí-)

¡Y soltadme de una vez! Me puedo levantar yo solo sin ayuda de nadie.

Cuando salió a la calle alguien comentó en el bar “Otra vez ese maldito borracho”. El camarero negó con la cabeza para sí pensando “no, es sólo un hombre como cualquiera de nosotros, o quizá mejor que cualquiera de nosotros”.

Anuncios

retrato de familia

Una enorme sonrisa asomó a sus labios mientras el fotógrafo trataba de inmortalizar el momento de la foto familiar. Mientras pensaba “date prisa, date prisa” pues veía que la sonrisa se iba a convertir prontamente en una carcajada. Le solía pasar siempre en esas grandes ocasiones: las fotos familiares le recordaban irremediablemente a la película de Tod Browning.

Se fijó primero en su pecosa hermana pequeña. “Pelo paja” pensó y reía al recordar cómo se enfurruñaba cuando se lo decía. Con sus pequeñas manitas trataba de golpearle en el hombro mientras esquivaba sus golpes a manotazos.

Luego estaba su hermano mayor. La madre decía que había nacido con un pequeño retraso, pero eso no era más que un eufemismo. Bueno, el eufemismo real era “síndrome de Down”. La madre tenía predicección por él, porque decía que era quien le daba más cariño. Siempre pegado a sus faldas, siempre con una sonrisa en la cara y una expresión bobalicona.

Pero a él le hacía gracia, disfrutaba de sus ideas a veces demasiado infantiles, a veces demasiado osadas, a veces las dos cosas a la vez. Como cuando le dijo que no quería bañarse en el mar unas vacaciones en Oropesa porque allí habían muerto ahogados muchos marineros. ¡Joder!, no lo había pensado y tenía razón. En el fondo, al menos para él, no era retrasado. Lo que pasa es que era un Filósofo -sí, con mayúsculas- enterrado en un cuerpo de niño. El tipo más original y más buena gente que hubiera conocido nunca en su vida.

En un lado la abuela. La abuela, además de muy mayor, era inválida. Ya ni tan siquiera la recordaba sino en la silla de ruedas. Cuando se despertaba a media noche a orinar (porque tenía ganas, nada más) ella siempre estaba con un oído presto desde la cama. “¿Te encuentras bien, hijo?”, “Que sí, abuela, que no me pasa nada (salvo que yo me puedo levantar a mear y tú te lo haces encima)”. Siempre recordando sus años de moza, donde había sido una gran moza. “Aunque no creáis, que hasta que me casé con vuestro abuelo, nadie me puso los pantalones encima”. “Que sí, abuela, que sí, pero vuelve a contarnos lo de el del tractor”.

Y en el centro los padres. Sí, tratados en conjunto porque eran tal para cual. El enorme, malumorado y casi siempre borracho; ella, auténtica mojigata, incapáz de separarse de él por miedo (y encima tenía la gracia de decir que era “por sus hijos”). El, bravucón, sobre todo con su esposa; ella con el labio permanentemente partido por las palizas que le propinaba. El presto a blandir el cinturón a la menor ocasión, a demostrar quién mandaba en casa; ella presta a refugiarse sentadita en la silla de la cocina, con las manos en las orejas para no oir lo gritos de sus hijos cuando los castigaba.

No pudo más, y frente al fotógrafo su sonrisa se convirtió en risa, y su risa se convirtió en carcajada. Y mientras, él no dejaba de pensar en la película de Tod. “Parada de los monstruos, ¡qué sabrás tú de monstruos! desgraciado”.

el desertor

No les hagáis caso. Sí, es cierto, he desertado, pero no como ellos dicen.

Me ha dejado de gustar este juego. Quizá llevo jugándolo desde siempre pues no recuerdo cuándo empezó todo. Pero he comprendido que ya no sirvo para odiar, para matar. Quizá todo esto empezó aquella vez que miré a los ojos de aquel crío. ¡Era un niño! el fusil que cargaba era casi más grande que él. En sus ojos no había más que miedo, el casco que le cubría la cabeza le tapaba casi completamente las orejas. ¿por qué se metió en esta guerra inútil como todas? ¿por qué su familia permitió que cogiera un fusil cuando lo que tenía que hacer era disfrutar de su infancia?

Supongo que a raiz de aquella historia me empecé a plantear muchas cosas, cosas que no había pensado nunca y que ahora me hacen parecer débil. ¡No lo soy! ¡Soy mucho mejor que ellos, que cualquiera de vosotros, que todo el mundo!

Acaso ¿nadie se acuerda cuando degollé a aquellos tres mientras dormían?, ¿sólo soy yo el que no ha olvidado cómo a hurtadillas le disparé en el estómago a aquel tiarrón?

Lo que pasa es que ya me he cansado, ya no me gusta ni el sonido de las balas ni el ruido de los tanques. Supongo que me he perdido pero ¡joder! al fin y al cabo sólo tengo siete años.

cajamarca

16 de noviembre del año de nuestro señor, 1532

Estoy aquí en la sombra, escondido tras unas inmensas columnas. El Inca y mi Gobernador se van a mirar cara a cara por primera vez. Sí es cierto que ya han oído hablar uno de otro suficientemente, pero esta es la primera vez que se van a encontrar, para hablar.

Mis órdenes son sencillas, no dejarme ver, estar atento, vigilante y presto a la orden de nuestro Capitán. Pero no sé qué es lo que esperan de mí. Oigo acercarse a tres mil indios. Y les oigo retumbar el suelo con sus pies desnudos. Los imagino como enormes hijos nacidos de las entrañas de Utgar y, aunque me aseguran que son sólo hombres sencillos que vienen con las manos desnudas, eso no hace que mi corazón  pare de latir.

Cuando veo al Sapa Inca se me disipan los temores. En un hombre de rostro amable quizá  con una nariz quizá demasiado ancha y una tez aceitunada, pero nada más que un hombre. Lo portan treinta hombres en una lujosa parihuela y cuando el Fraile se acerca a veo una sonrisa en su ancho rostro.

No me preguntéis cómo. Sé que cayó una Biblia y que un grito salió de aquel fraile. Un ruido de pólvora y relinchar de caballos y en media hora la plaza estaba cubierta de sangre.

¿en nombre de qué Dios se cometió la masacre? ¿cómo pude participar en ello con el sólo castigo de recordar esa noche entre sudores y una manta rasa a lo largo de la noche?

Salí de allí, a la selva, a tratar de esconderme y esconder mi vergüenza por haber participado en la matanza. Desde entonces trato de vestir tan sólo con un taparrabos, a aprender a cazar con las manos desnudas, a sentirme como aquellos indígenas.

Aunque sé que nunca llegaré a tener su piel aceitunada, nunca llegaré a sufrir como ellos lo hicieron

desapareció

Apenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó sin decirme una sola palabra. Estábamos en el Café, se levantó, me dió un beso en la mejilla y desapareció tras la puerta de cristal.

Desapareció tan de pronto como años antes habíamos coincidido. Sólo me dijo una frase: “sin nombres” y desde entonces nos encontrábamos de modo casual. Así eran nuestros encuentros. Cuando uno necesitaba al otro vagabundeaba por los lugares comunes hasta encontrarnos.

Reconozco que puede sonar extraño no saber ni el nombre ni el teléfono de alguien con quien compartes inquietudes y caricias durante tantos años, pero esa era la única condición de nuestra relación. Supongo que acostumbrada a relaciones llenas de normas escritas y no escritas, llena de obligaciones familiares, condicionantes y aburrimientos, esta era una condición que incluso se me antojaba romántica.

Nunca pensé que podría desaparecer. Siempre que lo necesitaba sabía que podía encontrarle y eso era suficiente.

Y aquel beso, aquel beso tan frío que ahora me quema en la mejilla por más que lo frote. He buscado en hospitales, he leído todos los orbituarios… Incluso le pregunté a mi amiga del Alsa si lo había visto. Frecuento el Café, la biblioteca donde solíamos estar, el cementerio donde pasábamos largas horas observando el ocaso… Todos los lugares comunes y furtivos en los que nos encontrábamos. Y nada.

¡Nadie puede desaparecer así! ¡Sin decir nada! Cuando pregunto a sus amigos parece que no lo hubieran conocido nunca. Supongo que es difícil preguntar por alguien cuando conoces todo de él salvo su nombre. ¿Por qué estaba tan segura de que iba a durar para siempre? ¿cómo puede desaparecer alguien sin dejar un rastro, una duda? ¿cómo puede desaparecer como si no hubiese existido nunca?

Pregunto a mis amigas y no saben de quién les hablo, “sí, ese chico con el que solía estar en el Café”. Y me miran con cara de locas, como si yo me lo hubera inventado. Tengo pruebas; sus cartas, los poemas que me escribió. Tengo los tickes de compra donde se ve claramente dos cafés solos ó un DYC y un JB.

¡El es real! ¡todo es verdad: las caricias, las risas, los atardeceres, las miradas…! y me es igual que el barman recuerde tan sólo a una pobre chica solitaria desgastando las horas frente al ventanal con un café a cada lado de la mesa.

“No te preocupes” me dicen dándole una palmadita en la espalda y es casi más terrible esa complacencia y esa sonrisa hipócrita que la incredulidad. “Ya aparecerá” y los oigo burlarse con esas sonrisas de hiena. Es en esos momentos cuando más les odio, cuando más sola me encuentro y cuando me refugio en mi rincón preferido.

Hoy he vuelto al Café, como tantas tardes desde que se fue. Y me he plantado delante de la puerta de cristal con ganas de cruzar yo también. Para desaparecer como él, para desaparecer con él, pero entonces, ¿quién le va a recordar? ¿quién se va a acordar alguna vez de nosotros? ¿quién nos echará de menos? ¿quién nos llorará si nunca llegamos a existir?