el día en que las hadas desaparecieron

I

El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención: “el día en que las hadas desaparecieron”. Tuve que fijarme bien en qué zona de la biblioteca estaba: Historia, y ello acrecentó más mi inquietud. Si hubiera estado en Novela, o en Ensayo, o en cualquier otro sitio, no me hubiera asustado tanto. Abrí el libro y ahí estaba:

Autor: Katharine Briggs
Título: El día en el que las hadas…
CDU: KbE-98

“98, Geografía e Historia” repasé mentalmente. No podía ser. El libro era de tapas duras y encuadernadas en piel. O sea, que seguro que era otro libro más de “Sólo Consultar en Sala”. Así que hice lo único que podía hacer: lo agarré con todas mis fueras y salí corriendo hacia casa sin tiempo a oir a la Señorita Rottweiller que ladraba un “sé quién eres, ya se lo diré a tus padres”.

A estas alturas no me preocupaban sus gritos ni sus amenazas. Ni tampoco el seguro castigo que me pondrían por haber robado el libro, o cómo lo iba a explicar. Nada de eso tenía importancia ahora.

Corrí escaleras arriba a casa, abrí de un portazo la habitación y saqué con cuidado la caja de cartón de debajo de la cama. Cuando la abrí la caja estaba completamente vacía. ¡El libro tenía razón! ¡Había desaparecido el Hada! No sabía qué hacer, así que me senté en la cama y abrí el libro por su primera página.

“El 26 de abril de 1978 fue el día en que las hadas desaparecieron de la faz de la tierra…” Era hoy, ¿cómo era posible? Un libro de historia hablando del presente.”… Fue un día triste, aunque muchos ya lo habían advertido…” ¿Advertido? ¿a quién? ¿cómo? Si hasta ayer el Hada seguía en mi caja de cartón. “…Y es que ya nadie creía en las hadas; los hombres, preocupados por sus propios intereses, por sus propias mezquindades, pensaron que el dinero todo lo podía comprar. Como ya no necesitaban a las hadas, dejaron de creen en ellas; como dejaron de creer en ellas, éstas desaparecieron…”

¡No era cierto!¡Si yo veía al Hada todos los días! A la salida del colegio, abría la caja, dejaba que el Hada subiera a mis manos, que revoloteara por la habitación. Me encantaba cómo canturreaba, con ese susurro de alas. Me reía de sus cuentos y de sus historias y yo le contaba a su vez cómo la profesora de matemáticas se había enfadado muchísimo porque nadie había querido salir a la pizarra voluntario para resolver el problema. “Yo sabía cómo hacerlo”, le confesaba, “pero no quiero que me consideren un empollón”. Y ella asentía porque me entendía.

Y yo le preguntaba cómo era su vida anterior a cuando la encontré agonizando en la cuneta de aquella nueva carretera que habían ampliado a cuatro carriles para que los coches pudieran ir más deprisa a los chalets de la sierra. “Promociones Alba: el lugar donde usted no necesitará nada más para vivir (y a sólo veinte minutos de Madrid)”.

Y le preguntaba si era feliz conmigo, en lugar de con su familia, y me respondía que iba a estar mucho, mucho tiempo conmigo. “Hasta que te hagas muy muy mayor, te lo prometo”. Y ahora había desaparecido. No es que se hubiera ido porque yo no era más que un niño chico y ella me lo había prometido. Así que no era eso. Simplemente había desaparecido porque todas las hadas habían desaparecido para siempre desde aquel día.

No, desde hoy, me corregí, y seguí leyendo “… La última persona que vió un hada se llamaba Alberto…” ¡Mierda! se llamaba como yo. “…y tenía guardada en una pequeña caja de cartón al hada Maeve, conocida también como Ellyllon, el hada más diminuta de las hadas famosas. La guardiana del fuego, de padre humano, que una vez escapó de su palacio movida por la curiosidad hacia los humanos hacia no se sabe dónde…”

Ellyllon, Ellyllon, repetí mentalmente imaginándome a aquella hada, comparándola con mi Hada hasta que una punzada en el corazón me dijo que aquel libro estaba hablando de ella.

“…Alberto la encontró en una cuneta de una autopista, la recogió con mucho cuidado y la llevó a su casa. Desde entonces vivió feliz en lo que, desde entonces, fue su hogar…” ¡Mierda! No podía ser. ¡Aquel libro estaba hablando de mí! “…pero aquel fatídico día de abril, al igual que el resto de las hadas, al igual que todas las hadas olvidadas, también desapareció”.

No era cierto, yo no la había olvidado, aquel libro era mentira. No era posible. La autora no sabía de lo que hablaba. No era cierto. Abrí la ventana de mi habitación de par en par y grité al viento un lamento hiposo.

II

Cuando me volví escuché un tintineo especial. ¡No puede ser! ¡Estás aquí! Y la abracé con todas mis fuerzas y todo mi cuidado. ¡Estas aquí!, ¡no has desaparecido como las otras! ¿cómo es posible?… “Sigue leyendo, así lo entenderás”, me interrumpió Maeve con una sonrisa.

“…Hasta que Albertó gritó al Cielo por la desaparición de su amiga a la que tanto echaba de menos -aunque no había pasado tanto tiempo desde aquella misma mañana en que la vió-. Su grito fue escuchado por los Korred, por los Fatuos, por todos aquellos que tuvieron alguna vez relación con las hadas. Y estos las trajeron a la tierra de nuevo.

Sí, el día en que las hadas desaparecieron, bastó el llanto de un niño llamado Alberto para que volvieran a aparecer”.

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¿Por qué andas rebotando en mi cabeza una y otra vez, ocupando todo el espacio que quedó libre cuando hice mudanza de alma. ¡No te quiero ahí!¡te aborrezco!¡ojalá estuvieras a mil kilómetros de distancia!¡ojalá te pudras fuera de mi cabeza! ¿más claro?

Y si embargo persistes ahí, condicionando mis movimientos, cambiando mis pensamientos, haciéndote cada vez más fuerte en mi cabeza. Si es cierto que todos los seres humanos estamos unidos en seis pasos como dice por ahí, nosotros no nos tendríamos que haber encontrado ni en mil.

Maldito sea el destino, maldita tú dentro de mi cabeza… Pero no llegarás nunca a mi corazón. Me lo arranqué aquella noche de cristales rotos, aquella noche de luna enfermiza donde aprendí a odiarme y me aficioné a las pastillas para dormir. ¿Ya no te acuerdas? La cabaña del bosque. Sí, a la que se accedía por aquel estrecho sendero lleno de jara. Tenía las ventanas claveteadas por tablones pero conseguimos pasar. Olía a mierda y humedad. Al fondo un jergón con quince mil pulgas.

Te arrojé encima del colchón e hice que gritaras como nunca lo habías hecho. Que aullaras como si se te escapase la vida por la garganta. Y luego ¡plof! tu cabeza sonó como un balón medicinal: blando, inocente. ¡Plof!, contra la pared.

Ese sonido, ese sonido todavía lo tengo aquí metido. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿qué esperabas que hiciera? Todavía me veo contigo en brazos, como quien tiene un jugete roto, porque estaba roto ¿no? En tu cara una mueca de incomprensión un ¿por qué? en tu cara de niña.

No, no iba a llamar a la policía, nadie me iba a creer. Tú eras menor de edad; aunque no me lo dijistes ni yo quise preguntar. Y tú no tienes idea de cómo es una prisión para un violador. No tienes ni puta idea. Nunca has tenido idea de nada. ¿por qué te acercaste a mí? ¿por qué tuviste que decir que sí? ¿por qué cambiaste mi vida para siempre? Ahora miro mis manos y veo las manos de un asesino, observo mi cara y veo un ser vacío.

No puedo cambiar el pasado. No puedo. Estoy en este sucio cuarto escondido, con el revólver en las manos, temiendo que alguien aporree la puerta, ansiando a que vengan a detenerme. Y algo dentro de mí me dice que ni aún así desaparecerás de mi cabeza. ¡Yo te maté! Sí, y por placer. ¿era eso lo que querías oir? ¿o preferías pensar que fue un accidente? ¿Que cuando te llevé a esa cabaña no pensaba lo que haría contigo después?

Soy un puto ladrón de almas ¿cómo te crees que se roban las almas? ¿Te crees que se firma un contrato o algo así? ¡joder! Fuera de mi cabeza. Deja de torturarme así. No tienes derecho. Fué el destino el que nos reunió, fué el alcohol quien nos escogió. Así que vete ya de mi cabeza.

¡Mierda! ¡Sí, no eras más que una niña! ¡Desaparece de mi cabeza y hazte a un lado no sea que la bala que acabe conmigo atraviese también tu corazón.

Juje

Juje es una poeta de palabras atropelladas, una mariposa que escupe palabras tratando de encadenarlas en una poesía (como si fuera tan fácil encadenar a una palabra)

Juje es un poco nerviosa y firma como JUJe, juJa, como jujE ó como juJe; con el “shift” apretado siempre a destiempo, pero siempre con la jota delante, una jota que evoca sonrisa, una jota bien aragonesa (aunque la imagino siempre nacida en un país extrajero, con aire francés y con un sombrero imposible -aunque seguro que nada de eso es cierto-)

Juje es alguien que a base de hacerse tantas preguntas olvida pronto las respuestas, que escribe por egoísmo sin importarle derramarse en ello, que cree que todos los sapos son iguales y es capaz de enamorarse de alguien que todo lo sabe

A veces se siente de menos y otras veces suspira por un beso. Si la encontráis alguna vez, dadla un abrazo: lo devolverá mil veces siempre que pueda.

plegaria

El hombre llega a lo alto de la colina. Se arodilla y reza una oración que se extiende por el valle. Su oración es un gemido, un llanto que se confunde con el sonido del viento. Quizá encierra una maldición, quizá una frase de perdón, quizá tan sólo un reconocimiento al Creador.

Cuando su plegaria llega a oídos de su Dios, él ya se ha marchado.

imbéciles en la red

Supongo que ya me tocaba, al fin y al cabo llevo 3 meses en el blog y era lógico que antes o después algún imbécil hiciera spam, enviara mensajes que no tienen nada que ver con el blog o cualquier otra cosa. Vamos, viniera a joder (se ve que no puede hacerlo de otra manera)

El imbécil en cuestión ha tenido una grandísima idea: Mandar mensajes más o menos hirientes a diversos blogs y espacios personales diciendo que venían de parte de elsacoroto.wordpress.com

Hombre, la verdad es que no soy el tipo con más amigos del mundo y es cierto que me cuesta hacerlos. Cuando entablo conversación es en algún bar (“No, gracias, no quiero comprar cedeses”, o “No gracias, no quiero flores”) en el trasporte público (“por favor, sientesé señora”) o en mi portal con los vecinos (“Hola y adiós”). Además, no creo mucho en las relaciones por internet, donde todos mentimos un poco y me importan sólo las opiniones que tengan de mí si vienen por parte de unas pocas personas.

Pero ¡joder! ¿es que la gente no tiene otra cosa que hacer que tocar los huevos? Supongo que tenía que estar enfadado, pero la verdad es que de momento me tomo a risa a ese imbécil.

Es sólo que me jode que haya gente tan infeliz.

Buscando por la red encontré que no es un imbécil, que es un troll. La verdad es que al saber que es algo tan común ya quedo más tranquilo. Existe un buen artículo en Cronopios (aunque no estoy de acuerdo en que “Una técnica que usan los trolls para generar caos es hacerse pasar por una persona bien considerada”, supongo que es un error de la traducción lo de “bien considerada” :)

haciendo el equipaje

Nunca he sabido hacer el equipaje, lo reconozco. En eso no me parezco a mi madre de la que heredé sus angustias, sus miedos, su complejo de culpa y tantas otras cosas, pero lo de hacer el equipaje francamente no.

Ella doblaba con cuidado todas las mudas, la ropa interior, los jerseys de pico (siempre aquellos espantosos jerseys llenos de pelotillas), metía los zapatos en bolsas, ahuecaba las camisas perfectamente dobladas para que entraran los útiles de aseo…

Yo llevo años en este trabajo de representante que me hace cambiar de sitio y alma al menos dos veces en semana y todavía no consigo hacer el equipaje como dios manda. Al partir de casa siempre se me olvida algo, y cuando lo rehago en el hotel siempre me dejo algo olvidado.

“Lo que te pasa, Ana, no es que olvides las cosas, es que quieres que se sepa que has estado ahí”, me dijo una vez Roberto. Yo negué con la cabeza, pero es posible que tuviera algo de razón. Pensar que he estado en tantos países de los que no conozco más que el olor de sus taxis y sus habitaciones de hotel… Hay veces que parece que siempre voy al mismo sitio, que siempre es el mismo: los mismos taxistas, los mismos recepcionistas, los mismos gerentes a los que hay que convencer para que compren el mismo producto de siempre…

Ah, Roberto ¿qué habrá sido de él. La última vez que le ví con sus gafas de pasta se iba a no se qué ONG de esas en un maldito país perdido de la mano del dictador de turno.

Roberto, (el nombre me suena ya tan lejano…) ¡Qué extraño que me acuerde ahora, precisamente ahora, de él! Me acuerdo de él, me acuerdo de mi madre… puf. Supongo que lo que pasa es que siempre he odiado la “vuelta a casa”. Desde que me mudé al estudio de la calle Feijó no me acostumbro a que nadie me espere, a que la casa esté irremediablemente fría cuando llego porque no puedo dejar el programador de la calefacción cuando ni tan siquiera sé si voy a estar dos días o una semana fuera.

Tuve una vez un gato que recogí de la calle. “Gordo”, lo llamaba. El ser más desagradecido (a parte de mi jefe y de mi ex) que he conocido. Lo saqué de las calles, lo vacuné, lo engordé y lo único que hacía era destrozarme la casa y lamerse las patas. Al mes ya estaba harta y lo entregué a la protectora de animales.

Quizá es que no he sabido nunca compartir mi espacio, o simplemente que, debido al trabajo no puedo mantener a ningún animal conmigo (o que sencillamente los detesto con todas mis ganas)

¿Qué diría mi padre si viera convertida a su hija en un alto ejecutivo? Supongo que nunca se lo habría imaginado. Para él que una mujer trabajara fuera de casa o viviera sola e independiente siempre le había chocado. Aún le recuerdo en su cama de hospital: “Prometemé que todos los años me visitarás en el cementerio e irás a menudo a casa de tu madre”. Así, en una sola frase. Era único para unir las palabras. “Cementerio-Casa-Madre” ¡el triunvirato! Nunca lo llegué a querer demasiado, quizá ni tan siquiera lo aprecié y él lo sabía. Aunque nunca se quejó de ello. Supongo que era incapaz de sentir nada, de que nada le importara.

Todavía me acuerdo cuando me desollé las rodillas al caerme de la bici. “Eso no es nada, Anita” me dijo y yo tragándome las lágrimas de dolor porque ¡cómo iba a llorar si aquello no era nada!

Y cuando dejé al cabrón de Carlos cómo simplificó diciendo “No pasa nada, era un auténtico imbécil que no te merecía”. Y yo de nuevo, con las lágrimas por dentro y sin poder llorar porque, esta vez también, no había pasado nada.

Y sin embargo le extraño, ¡Joder, papá, cómo te echo de menos! ¡cómo os echo de menos a tí mamá, a Roberto, a “Gordo”…, incluso al cabrón de Carlos!

Supongo que es el efecto de tanto fármaco, o efecto del cansancio. Pero es que hacer el equipaje para ir al hospital para una neumonectomía es absolutamente deprimente.

brotaba

Brotaba pintura de entre sus dedos. No recuerda desde cuanto tiempo hace de su encuentro con aquel funambulero al que le pidió poder pintar. Debía hacer al día siguiente la primera entrega de unos cuadros que no había conseguido ni tan siquiera empezar. De hecho estaba tan seguro de no cumplir la promesa y de tener que devolver un anticipo ya gastado que no se le ocurrió otra cosa que disfrutar de la última noche.

“El pánico a la hoja en blanco” le explicó al gitano al tiempo que le daba su último y arrugado billete de cincuenta.

Fue después de aquella extraña noche en aquella extraña feria, cuando llegó a casa, se acercó al lienzo y vió cómo de entre sus dedos brotaban pintura. Fácilmente emborronó su primer cuadro. Rojos, azules y verdes extraños para expresar su estado de ánimo en un cuadro que se aparecía a cada manotazo. Y no podía parar. En un ritmo frenético pintó otro y otro y otro más. Poco a poco su entusiasmo se fue convirtiendo en cansancio, cada cuadro era más oscuro, más gris, pero no podía parar…

Sus dedos no obedecían a su voluntad y la pintura manaba y manaba. Sólo podía elegir los colores según su estado de ánimo y ahora, después de tantas horas estaba realmente cansado hasta que súbitamente dejó de sangrar.

Miró a su alrededor y vió que había amanecido, junto a él había diecisiete lienzos que abarcaban toda una amalgama de sentimientos dispares. Y se sintió fascinado por la fuerza que mostraban los cuadros. Aquello era lo que siempre había querido expresar y no había sabido nunca cómo hacerlo. Realmente no sabía cómo lo había hecho pero se sintió por primera vez desde hacía mucho tiempo con una alegría que iba más allá de haber solucionado sus problema económicos.

Se derrumbó el la cama fría presa de un enorme cansancio, como si lo hubieran vaciado literalmente, con un sueño pesado plagado de pesadillas en las que aparecía el gitano aquel con su media sonrisa.

No había pasado mucho tiempo (o al menos fue lo que le pareció) cuando tuvo necesidad de volver junto a un lienzo… Y de nuevo aquella locura empezó a suceder de nuevo. No podía parar y, cuando se quedó sin lienzos en blanco se vió en la necesidad de emborronar algunos viejos cuadros suyos.

Esta vez, cuando paró, no se sintió cansado, sino apenado ¡había emborronado al menos cinco cuadros suyos anteriores! ¡algunos de ellos claramente más alegres! ¡más vivos (en el amplio sentido de la palabra)!

Veía cómo, poco a poco sus cuadros se hacían más oscuros, más tenebrosos. Así que hizo lo único que podía hacer: pensó en los días alegres de la infancia y hundió sus manos en su propio corazón.