melinbäh

No hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Indiferencia, desprecio, que más da. Sois tan necios que no lo comprenderéis nunca. No deseo vuestros parabienes, vuestra caridad, vuestra conmiseración. Me da igual vuestra indiferencia, vuestra ignorancia y vuestro envaramiento. Yo he visto con mis propios ojos la ciudad perdida de Kritipur, me he bañado en las aguas del río Naipí, he arañado con mis manos el oro de las minas de Comayagua.

Sí, he sido más grande que cualquiera de vosotros, que todos vosotros. Si os acercárais a mí podría contaros mi historia, los nombres de las mujeres a las que amé y con las que yací, los dragones a los que atrevesé la garganta con la espada, las veces que vencí a la Parca y escapé de la muerte…

Sí, el Abismo está allí y sólo yo podré llevaros a la tierra prometida de Albes, en un viaje que llevará cien años por los lagos hedientos de Ürh. Sé que el final se acerca y os miro sin que vosotros seáis capaces de verme. Sé que no me creeríais si os dijera que yo también he sido humano, que aún lo soy, pese al ruinoso estado de sombras en que me encuentro.

Pero llegará un día en que necesitéis un buen guía, un buen amigo, un buen compañero. Y vuestra ceguera y vuestros miedos os impedirán acercaros a mí. Os prometo que nunca os negaré una mano, una sonrisa o un abrazo.

Es por eso que os pido una moneda, un mendrugo de pan, un poco de conversación que sacie mi sed de humanidad. Os lo recompensaré con creces cuando os veáis en dificultades. Sólo pido un poco de esperanza que no haga que perezca de hastío e indiferencia, algo que me dé fuerzas para luchar por vosotros, por vuestra gente, vuestros hijos…

Para vosotros no es mucho y os negáis a dármelo. Sé que hasta que llegue el momento, no puedo ofreceros más que un abrazo y que si muero antes de salvaros, mi vida no habrá tenido sentido, habrá sido un simple deambular por esta tierra castellana reseca. Por favor, ¡sólo pido un poco de vino!

Y sin embargo me ignoráis. Pasáis indiferentes ante mí, me despreciáis por ser diferente, por mi cara grotesca y mi aspecto mongólico. A lo más torcéis el gesto y la mirada al pasar a mi lado. y cada vez me siento más viejo y más cansado. Y ya no os quiero, no os necesito, no os aprecio… Ni tan siquiera os odio.

Lo que ocurre es que me siento demasiado solo siendo el último hombre.

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la pregunta

Había pasado una eternidad desde que separó la luz de las tinieblas y las aguas de la tierra. Mucho tiempo desde que los creó, demasiadas lunas desde que los tuvo que expulsar del paraíso, desde que los maldijo y los obligó a trabajar porque en el fondo sabía que el trabajo dignifica al hombre, desde que quiso que se pariera con dolor para demostrarles que crear una nueva vida tiene un precio en dolor y sufrimiento casi equivalente a cuando esta se marchita.

Dispuso leyes buenas como darles una vida larga, que los hombres se sintieran como hermanos y aprendieran a perdonarse, que tuvieran hijos y semejantes a los que querer… Incluso les infundió vida y esperanza regalándoles un futuro.

Pero aquellas leyes se habían pervertido: hijos que morían en manos de sus padres, odios ancestrales que se heredaban, muertes sin sentido antes de haber vivido lo suficiente, explotación de sus semejantes, desesperanza y un futuro abocado a la inhanición.

Se sentía terriblemente cansado de todo eso. Sabía que con sólo un manotazo borraría a aquellos seres de la faz de la tierra. Sólo necesitaba conocer la respuesta a una pregunta que se le había aquilosado en la cabeza: ¿Por qué?

la fábrica de sueños

La Fábrica de Sueños cerró por vacaciones. O eso era lo que decía el cartel de la entrada. La realidad la sabían muy pocos: la fábrica iba a echar el cierre definitivamente. Había pasado ya por tres reconversiones en los que los sucesivos gobiernos no habían sino aplazado un problema. El último la había privatizado vendiéndosela a un empresario local. Ahora, este empresario pensaba trasladarla a un país del este de Europa donde la mano de obra era más barata. Deslocalización lo llamaban.

“Deslocalización, y una mierda” pensó Juan. Juan había visto cómo en las sucesivas reconversiones la plantilla había pasado de tener mil quinientos empleados a sólo trescientos, como las prejubilaciones primero y los despidos “justificados” habían logrado el milagro. “Y los hijos puta del sindicato bajándose los pantalones”. Se habían cortado carreteras quemando neumáticos, se habían hecho multidud de escritos a la Junta, se había pedido una reunión con el Ministro de Industria, el Presidente e incluso el Rey. La callada era casi siempre la respuesta. La última huelga había durado tres meses, pero no había servido para nada. El Pueblo, cuya única fuente de riqueza era la Fábrica de Sueños, les había dado la espalda: ni el Alcalde, ni las gentes les habían apoyado. Incluso les habían insultado durante la huelga.

Poco a poco los empleados fueron desertando. Las economías no podían aguantar tres meses sin cobrar y, agarrados al clavo ardiendo de la negociación, habían aceptado todo lo que habían propuesto sindicatos y patronal con el fin de agarrar unos miserables duros.

-Juan, yo lo dejo. Nunca me gustó demasiado este pueblo sin mar, sin montaña; este pueblo donde te cueces en verano y te pelas de frío en invierno. Mi cuñado me ha ofrecido trabajar en su carnicería y he aceptado.
-No, Antonio, debemos seguir, debemos luchar…
-Juan, reconoceló: esto no tiene ningún futuro.

Y así, un compañero tras otro. Todos huyendo de la que era la última fábrica de sueños del país. Y lo peor de todo es que no podía culparles. Ellos tenían familia, ellos, como él, sabían que cada reconversión había supuesto unas condiciones más duras de trabajo. Habían creado incluso una “patrulla por el bien funcionamiento”. “Y una mierda” repitió Juan. Aquellos eran una panda de chivatos fascistas puestos por la Dirección para, al menor descuido, inventar una excusa para despedir a la gente sin indemnización alguna. “Y luego tendrán la cara de decir que la gente no está motivada en el trabajo. ¡Joder, cualquiera estaría encantado de trabajar a 40º lleno de vapores y zonas grises”. Y es que Juan era encargado en el departamento de los sueños oscuros, de aquellos interminables en los que ves cómo una bestia se va acercando y tú tienes los pies inmovilizados. Y, aunque hay que reconocer que Juan dejaba avanzar al protagonista del sueño antes de que el monstruo lo alcanzara o, caso de extrema necesidad, despertaba al durmiente, algunos compañeros, ya sea por desidia o agotamiento no realizaban bien su trabajo con las consecuencias que ello traía.

-El jefe quiere hablarle -le comunicaron.
-¡Qué mierda querrá! -masculló por lo bajo, aunque ya tenía una vaga idea de lo que iba a pasar.

Así que subió parsimoniosamente por las escaleras de metal hasta el pequeño y miserable cubil del jefe. En el cristal esmerillado se podía ver en letras grabadas: “D. Alberto Suguren de Arristeloa, Responsable de Sueños”.

-Su permiso -golpeó con los nudillos en la puerta
-Adelante, tome asiento.- D. Alberto se quedó mirando a Juan como si no le hubiera visto en su vida. De hecho se podía dudar que en este momento le estuviera viendo realmente.
-Está despedido.

Sólo dos palabras, sin más preámbulo, con la misma indiferencia que se podía haber leído las estadísticas de los últimos accidentes de carretera. Juan se le quedó mirando directamente a los ojos de besugo, al pelo grasiento que le caía por la cara cetrina.

-¿Puedo decirle algo? -inquirió el ex-empleado -Es usted un mierda y un hijo de puta. Vayasé al infierno, metasé la fábrica por el culo y que le jodan a usted y a su mujer.

Y salió del despacho. Se extrañó que ni tan siquiera le doliera, le extrañó la sangre fría que había tenido, que ni tan siquiera se hubiera alterado. Lo había pensado muchas veces. Sabía que era cuestión de tiempo que lo despidieran y sabía que había llegado el momento de hacer algo. Por eso, cuando vió el cartel de cerrado por vacaciones en la puerta de la fábrica supo lo que tenía que hacer.

Fué aquella noche. Abrió por la puerta de atrás de la que guardaba una llave y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la nave. Las máquinas seguían funcionando en estado latente. Y ese run-run tan familiar le dió una punzada en el corazón. Pero lo iba a hacer. Se acercó a la máquina número uno y trabó el accionamiento con una palanca. La máquina crujió y rechinó, y se hinchó como un enorme animal. Juan salió corriendo del lugar, tenía sólo unos pocos segundos.

La explosión despertó a los vecinos. “La Fábrica, la Fábrica”. “La Fábrica ha estallado”. “Dios mío, llamen a los bomberos”. “Pero ¿cómo?” Juan, desde lejos admiraba su obra. De entre las llamas que lamían el hormigón, veía cómo millones de sueños escapaban libres del control de las máquinas. Millones de sueños de todos los colores, de todos los tamaños, de todas las intensidades. Sueños de Paz y de Guerra, sueños de Alegrías y Fracasos, sueños y más sueños escapando de aquella fábrica, extendiéndose por todo el Pueblo.

“Pronto la nube llegará a la Ciudad Gris”, pensó Juan esbozando una sonrisa, “Y quizá de allí partan a otros lugares, a compartirse con otras gentes”

la nueva generación

Los hombros del angel se estremecían mientras lloraba. La tierra había quedado reducida a cenizas después de la Gran Guerra. Poco a poco, con mucha paciencia, él y unos cuantos como él lo habían reconstruido. El esfuerzo había sido enorme, y la tarea había durado más de lo que podía recordar. Se había sentido un poco como aquellas hilanderas: cada vez más hilos, cada vez más hombres a su cargo. Y él guiándolos, llevándolos por el sendero.

Todavía recordaba el Concilio, donde se había discutido sobre si se debía o no dar el “libre albedrío” a aquellos nuevos seres. Amos era de los que se postulaban a favor, aunque sabía el peligro que ello conllevaba. “Debemos hacer una tierra de hombres libres”, argumentaba. “¡De hombres libres, dice! Sabes lo que pasó con los anteriores, ¿para qué quieren los hombres su libertad? ¿para que acaben destruyéndose?” El era muy joven y muy apasionado entonces. “Sí, deben ser libres, ¿qué sentido tendría entonces su vida?” “¿Y qué sentido si les permitimos esa libertad? ¿les dejamos que se enrreden en torturas? ¿les permitimos que se desprecien mutuamente? ¿que pasen hambre? ¿que se juegen la vida cruzando el mar en pos de una vida mejor que no llegará?”

Al final la postura sobre el “libre albedrío” había quedado rechazada. Se haría una nueva tierra de hombres que no pudieran elegir su destino. Amos sólo había conseguido introducir una enmienda por la que los hombres vivieran engañados creyendo que eran los dueños de su destino. “Es lo mínimo, no los podemos condenar a pensar que todo está definido. De otro modo no se sentirán ni dueños, ni responsables de sus actos”.

Ahora la tarea había quedado terminada. La labor a la que se había dedicado tanto esfuerzo y tanto tiempo había acabado y por eso lloraba. Se sentía vacío después de la enormidad del esfuerzo y sentía que sus lágrimas eran las últimas que nadie más derramaría por aquellos hombres.

El cielo se abrió y un rayo atravesó su corazón. Mientras caía sólo pensaba si había hecho bien cortando unos cuantos hilos, creando secretamente medio-hombres que decidirían su propio futuro. No había roto demasiado hilos, “sólo unos cuantos”, pero serían los que decidieran un futuro incierto.

El fracaso de aquellos hombres sería su fracaso.