premio Imaginatio

Conocí a Sonámbula buceando en la Red buscando cuentos e historias un 27 de febrero. Reconozco que cuando oí la historia de Elizabeth ya no pude dejarlo. Así que me hice pasar por John Dee para saludar. Como me encantan sus historias, sus blog rolls y la gente que anda por su casa tratando de despertarla, supongo que me quedé por allí.
Pues resulta que me ha dado un premio “Imaginatio” y se me ha quedado cara de felicidad.
Debería decir algo de Sonámbula, de quién es (sí, conozco tu nombre ), de Celine, de su playa, de sus ansias de libertad y decirle que no me importa que su madre sueñe con caballos. Aunque es difícil hablar de una persona que está siempre desperezándose, mirándo con los ojos chiquitos y el alma abierta de par en par. Además, una vez me prohibió que hablara de ella, así que dejo este breve apunte con un abrazo.
Ahora toca la parte más difícil que es compartir mi “Imaginatio” con otra gente para engrandecer el premio.

Se lo daría a la Casa del Poio, pero ya tiene uno. Así que creo que es merecido que lo tengan al menos Maine, R. Hurtado y Tristancio

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susana

Estábamos en el parque jugando a “juegos de chicos” y bastó una sola pregunta de aquella chica de ojos verdes (“¿puedo jugar?”) para que pasase a ser automáticamente parte de la pandilla: Manu, Beto, Carlitos, yo… y, a partir de ese momento Susana.

Por eso aquel verano fue diferente. A decir verdad, creo que fue el único verano. Como si los anteriores no hubieran sucedido nunca. Como si aquel verano, con aquella chica tan especial hubiera borrado de un plumazo todos los anteriores y los que vinieron después.

Sí, Supongo que todos estábamos enamorados en secreto de Susana desde esa primera vez que vino con su risa franca y su vestido azul. Quizá fue por eso por lo que la dejábamos hacer y deshacer a su antojo. O puede que ninguno de nosotros podía resistirse a sus pecas, a su sonrisa, a su modo de mirar. Y ella lo sabía.

Susana era de la misma edad que Beto y un año menor que Manu, pero era más alta que todos nosotros y, en algún sentido que no lograba explicarme, más mayor. No quedábamos nunca a ninguna hora en especial, simplemente por la mañana, a primera hora (o por la tarde, después de comer) íbamos al parque y allí estábamos. La primera siempre era Susana. Así que, de algún modo, supongo que todos queríamos adelantar la hora del encuentro para estar al menos unos minutos a solas con ella.

Aunque yo nunca era el primero en llegar. En casa siempre había algo que hacer que retrasaba mi encuentro: ir a por el pan, arreglar es césped o estar cuidando de la abuela mientras mis padres iban a la compra. Y la encontraba hablando muy bajito con Manu (o con Beto, o con Carlitos…) Y sentía una punzada de envidia por no ser yo quien estuviera a solas con ella. Y maldecía a mis padres y a sus “deberes”. Y me cargaba estar con la abuela mirando impacientemente el reloj atento a escuchar el ruido del portón del garaje que suponía el final de mi “condena”.

No lo podía evitar. Trataba de no pensar en ello, pero cuando la veía a solas cuchicheando con cualquiera de los otros aparecía esa punzada en el corazón. Y me sentía mal por ello, aunque Susana nada más ver aparecer por la cuesta a alquien más dejaba la conversación a medias con su interlocutor: “¡Eh, ¡Hola Beto!”, “¡Ah! qué bueno que ya estás aquí Carlitos!”. Siempre con aquella sonrisa en su boca, siempre con esa alegría en su voz.

Supongo que por eso, al contrario que los otros, empecé a llegar más y más tarde: prefería que hubieran llegado todos antes de encontrármela a solas con alguno de ellos. “Siempre el último, Guille” “¿Qué? ¿otra vez te has tenido que quedar cuidando a la abuela?”. Y yo enrojecía ligeramente. “¡Iros a la mierda!”.”Vale, no te enfades, Guillermo. Ya que estamos todos ¿por qué no jugamos a…”.

Susana era la única que me llamaba por mi nombre completo y reconozco que me agradaba, me hacía sentirme un igual. Ya no era el pequeño del grupo, sino alguien más, alguien importante. Y así, con esa frase, empezaban los juegos.

Aquella mañana, la madre de Manu llamó a casa diciendo que estaba en cama con fiebre, y que estaban con él Beto y Carlitos.

-¿y Susana? ¿está Susana también?
-¿Quién es Susana? – Me dijo Juaquina. Se hizo un silencio a ambos lados del teléfono hasta que conseguí responder un
-Nada, no es nada
-¿Vas a venir? Lo digo por preparar más merienda.
-No, no -me excusé -tengo que cuidar de la abuela
-Bueno, como quieras -me disculpó – dale un abrazo a tus padres y a tu abuela de mi parte
-Así lo haré, hasta luego.

Y colgué. Casi no podría creeme mi suerte. No sólo iba a estar con Susana a solas, sino que estaba seguro que, al menos despés de la hora de la merienda no iban a a aparecer ni Carlitos ni Beto. Noté un sudor frío y un ligero enrojecimiento. Mi corazón latía con más fuerza y casi no pude oir a la abuela gritar adónde iba con tanta prisa cuando cerré la puerta de casa.

Subí la cuesta que llevaba al parque jadeando por el esfuerzo y allí estaba Susana, donde tantas veces. Jugeteando con una mariposa, dejando que los rayos del sol se fijaran en su cara llena de pecas. Y me quedé parado mirándola, como un bobo. No podía dejar de mirarla.

-¡Ah, Guillermo! ¡Creía que no venía nadie hoy! -dijo al verme.

Yo estaba como un pasmarote mirando y ella hizo como si no se diera cuenta de que había estado allí todo el tiempo. Finalmente preguntó

-¿Sabes qué les ha pasado a los otros?-
-No -conseguí balbucear tímidamente esperando que no sonara demasiado a mentira.

Entonces pasó algo que aún hoy no puedo explicar: Susana se agachó a recoger algo del suelo y sin saber muy bien para qué cogí una gran piedra. Cuando se dió la vuelta le abrí la cabeza en dos.

Se oyó un golpe sordo como el que hace una fruta madura al caer de un árbol. En su cara no había miedo ni extrañeza. Sencillamente tenía una sonrisa de placidez como si ya supiera que eso era lo que iba a suceder. Y en lo que recuerdo como algo que duró mucho tiempo, sus ojos se apagaron y se volvieron vacíos.

Arrastré el cuerpo cuesta abajo y la arrojé a una cuneta cercana. Después la tapé con unas hojas no sin antes besarle en los labios y pedirle perdón por lo que había hecho.

A la mañana siguiente era el primero en estar en el parque. Manu ya se había recuperado y venía con los demás. Me miraron muy extrañados al no encontrar a Susana.

-Guille, ¿sabes dónde está Susana?- Manu fue el primero en preguntar.
-Ayer me la encontré y me dijo que se iba con sus padres a Inglaterra y que no sabía si volvería.
-Y ¿no te dijo nada más? -Carlitos estaba un poco extrañado.
-Pues…
-Hombre, después del tiempo que hemos pasado juntos.
-¡Ah! -reflexioné, -que sentía mucho no poder despedirse del resto y… poco más.
-Joder, Guille, nos lo podías haber dicho antes. De verdad es que cada vez eres más raro.

Supongo que Beto tenía razón, cada vez me hice más raro y fui poco a poco espaciando mis ratos con la pandilla. Supongo que traté de olvidar aquel primer y último verano, y supongo que relegé a ese espacio último de la memoria todo lo que sucedió.

Y sin embargo no puedo dejar de pensar en Susana, en su pelo, en su risa clara, en sus pecas… Realmente es cierto que el primer amor, nunca se olvida.

mi vida en un libro

“Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro”. Supongo que esa frase me ha acompañado toda la vida. Así que me preparé para ello desde que era pequeña y creía en los príncipes azules (aunque nunca supe realmente por qué tenía que ser azul el príncipe). Siempre teniendo cuidado de no ensuciarme demasiado, siempre atenta a los consejos de mamá y siempre con esos horribles vestiditos que hacían de mí una princesita.

Mi madre siempre quiso tener una muñeca para cuidar y a los 5 años daba clases de canto y de ballet, a los 8 era la más aplicada de clase y a los 18 era una celebridad en el instituto. Tenía mi cuarto relleno de trofeos escolares: al mejor poema, al mejor cuento, a la campeona de ajedrez, a la más guapa…, ¡a la mierda!

Iba a estudiar medicina, iba a descubrir la vacuna contra el cáncer que estaba consumiendo a mi padre. Le salvaría y saldría en todas las enciclopedias… pero todo se torció. Mi padre duró dos meses más y creo que ese fué el punto de inflexión de mis sueños. En casa el ambiente se hizo completamente irrespirable, la cocina, el despacho, las propias paredes. Todo estaba impregnado con el aroma de mi padre ya muerto. Mi madre se plantó un luto riguroso que yo no podía soportar. Fue entonces cuando conocía a Carlos. Era un poco mayor que yo y estudiaba ingeniería de telecomunicaciones.

Lo que son las cosas, mi madre imponiéndome una tristeza por un padre que no había sido excesivamente cariñoso ni conmigo ni con ella y, a los cuatro meses de conocer a Carlos ya estábamos casados, yo embarazada y con un saco de sueños rotos. El nacimiento de Lua fue lo único bueno que tuvieron esos 15 años aburridos de matrimonio y a los 32 estaba divorciada, con una adolescente en casa que me detestaba, una hipoteca y una miserable pensión de manutención que el cabrón de Carlos me regateaba.

Después de aquellos “maravillosos años” empezó mi “curso de reciclaje”. Cursos de mecanografía, cursos de Office, cursos de contabilidad…, cursos de mierda que no servían para que una mujer de treinta y tantos con una hija a su cargo encontrara trabajo.

Al final encontré un puesto como administrativo en una empresa de cerrajería de Alcobendas, donde tengo una mesa estrecha en un despacho sin ventanas.

Lua se fue con el cabrón de su padre cuando cumplió los 18. Seis meses después murió mi madre y me quedé más sola que nunca. Y me encuentro aquí, en un ciber café escribiendo una esquela a la memoria de mi madre: “María de las Angustias Rodríguez Alférez, viuda de Alberto González Cazón, tu única hija no te olvida”. Y me quedo pensando si es mejor morirse o estar muerta en vida. Pensando en ese libro sobre mi vida que se podría resumir en unas cuantas páginas en blanco (o en una miserable esquela de mierda)

el oso blanco

Llevo semanas enteras en este rincón pensando en un jodido oso blanco. Trato de pensar en otra cosa pero siempre acaba por aparecer. Maldigo los libros de “Vida Animal” de mi infancia, el álbum  de cromos de “Nestle” que recuperé del viejo altillo, los documentales de “Vida Salvaje” de National Geografic y los jodidos documentales de la 2.

Estoy atrapado. No puedo salir de aquí hasta que no deje de pensar en un oso blanco. Cierro los ojos, los aprieto con fuerza hasta que duelen y, allí entre estrellitas aparece el inefable animal de los cojones. Así que me relajo, “no pienses en un oso blanco, no pienses en un oso blanco…”, pero no hay manera.

Hoy me  he encontrado con un niño en mi rincón. “¿cómo te llamas?” “León”, me responde. Y no me atrevo a preguntar. Como se apellide Tolstoi me temo que ahora sí que estoy completamente jodido.