tres mil visitas

Ya sé que es sólo un número (además pequeño), pero coincidió con mi cumpleaños. Cuando ví que había alcanzado la visita 2.999 estuve esperando la siguiente, ansiosamente, entrando al blog cada cinco minutos. Acechando a la presa… ¡Y me la perdí! No sé quién eres, visitante 3.000. Seguro que no eres ni mucho menos mejor que los otros. Casi seguro que eres alguno de los que vienen habitualmente o quizá llegaste buscando cualquier cosa que quepa en un saco roto y nunca más sabré de ti.

Te imagino con el pelo castaño, gafas de miope, demasiado delgado para lo que corresponde a tu edad. Y brindo por tí. Y brindo por cada uno de los que os habéis acercado y poco a poco me emborracho de mí (que es un poco un ejercicio de canibalismo)

¡Bah! que sólo quería daros las gracias a los que habéis venido y que me hubiera gustado hacer un cuento con esto y no he sido capaz.

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antonio

Se llama Antonio y vaga de mesa en mesa pidiendo una limosna. Se queda ahí parado, incómodo, sin decir nada. La mano derecha sobre la izquierda, con las palmas hacia arriba haciendo cuenco.

Antonio ya no se acuerda de su infancia, si la tuvo. Ni de sus padres, aun si le quisieron alguna vez. Antonio sólo vive para el ahora. Y ahora tiene frío, tiene hambre, siente sus pies cansados y se pregunta qué hizo él para no merecer mejor suerte. Para no ser uno de Ellos. De esos que comen alegremente de sus platos sin ni siquiera mirarle. Esperando inútilmente que la indiferencia hacia él le alejen de su mesa. Siente una rabia sorda, aunque no sabe porqué. No puede culparles porque rían, porque coman alegremente. Así que se está un buen rato ante cada una de las mesas. Sin decir palabra. Y sabe que Ellos se sienten incómodos ante su presencia. Le desprecian porque se encarga de recordarles que ellos también podían ser Antonio. Y se reconforta pensando que él podría ser alguno de Ellos. Formar parte de esa selecta sociedad que come todos los días, que pide cervezas y ríe y que, al contrario que él, no siente frío.

Siente una mano en su hombro, pero no se vuelve. Toda su mirada está concentrada en la mesa. “Estás molestando a los clientes. Venga, vete”

Pero Antonio no se mueve. Apenas entiende lo que le dicen. Sólo entiende que no es justo y que tiene frío. Pedro le hace volverse, le hace levantar la cara, le hace mirarle y le indica con un gesto “¿Tienes hambre?”. Sí, eso si lo entiende y asiente. Y Pedro se lo lleva a un aparte para que no moleste a sus clientes. Ellos suspiran aliviados. Pedro habla con él y pide al camarero un bocadillo de lomo con queso “De los grandes, para llevar”. Y se queda mirándo a Antonio que ha vuelto de nuevo la cara hacia el suelo.

Cuando el paquete envuelto en papel de plata sale de la cocina, Pedro se lo entrega y Antonio siente el pan caliente, el olor del lomo frito y del queso derretido. Antonio se va mientras Ellos suspiran aliviados. Aliviados de poder olvidar a Antonio. Prestos a simular que no ha pasado nada. Que no existe ningún Antonio. Contentos por haber cerrado los ojos. Y se concentran de nuevo en sus platos y vuelven a reir haciendo chocar las jarras de cervezas. Olvidando a Antonio, a Pedro, a aquella calle de los Pintores y aquella visita a Cáceres realizada en un día cualquiera de Octubre.

la estación

En el andén de la estación hay siempre una mujer pequeña y enjuta. Haga frío o calor ella está allí, sentada en ese banco, despidiendo a los viajeros que parten hacia sus destinos. De vez en cuando se le escapa alguna lágrima, aunque casi siempre suele despedir a esos extraños con una sonrisa que rara vez es correspondida. Al principio los empleados se extrañaron de su presencia, pero, poco a poco se han ido acostumbrando. Jacinto, que es el encargado de indicar la salida de los trenes, siempre la saluda. “Ya se va el tren, ¿eh?” y ella le responde con una sonrisa. “¡A recorrer nuevos mundos!”, y ella musita “Sí”.

Nadie conoce su historia. Suponen que se trata de un novio que la dejó para ir a la Guerra y que le prometió que volvería. Que de algún modo siempre está despidiendo al mismo viajero que la enamoró el corazón. Pero no es cierto, ella se despide de todos sin distinguir a nadie, para que ningún viajero se quede con la sensación de que nadie le echará de menos.

Otras historias cuentan que lo que espera es la llegada de algún extraño imaginario que la lleve a casa, pero Jacinto sabe que no es cierto. “¿Espera a alguien?”. “No, sólo me estoy estoy despidiendo” “Despidiendo, ¿de quién?”, “Pues de ellos, de quién va a ser. De todos los que se marchan”.

“¿Y por qué llora a veces?”. “Es que algunas despedidas son dolorosas, hay destinos alegres, y otros tristes… Es por eso que a veces no me sale una sonrisa”. “Pero un viaje siempre significa una nueva oportunidad, la emoción del cambio”, protesta Jacinto. “Hay veces que no hay un destino”, replica la anciana, “a veces los viajes son sólo de ida”. “Pero normalmente la gente vuelve”. Y ella “No siempre, hijo, no siempre” responde mientras le sonríe. Y Jacinto no puede evitar que le caiga bien aquella mujer, aunque no entiende mucho por qué; y se quedaría con ella hablando horas y horas, pero siempre le reclaman en la oficina para hacer algo. Así que se conforma con ir despidiendo a los viajeros al igual que hace ella. Sintiendo que, además de indicar al conductor que el tren puede partir, parte de su trabajo consiste precisamente en eso, en despedir a los viajeros. Y es curioso como algunos de sus compañeros poco a poco han cogido también la costumbre de acercarse al andén a saludar a los que parten.

Es por eso que, poco a poco, aquella diminuta estación se ha ido haciendo famosa. “La estación de la anciana” la dicen, “La estación de la despedida”, comentan. Y son muchos los viajeros que fuerzan que su viaje tenga de partida aquella estación. Sobre todos aquellos que no tienen nadie que les despida, solitarios, separados. Todos necesitamos ánimos a partir y ellos saben que ella estará siempre allí: con una sonrisa, despidiéndoles con la mano.

Hoy la anciana ha cogido el tren. Todos en la estación han salido a despedirla. Incluso los viajeros que regresaban se han parado y han girado para saludar con la mano. Todos con una sonrisa, deseandola buen viaje. Bueno, todos no, Jacinto no ha querido salir al andén. No porque no quiera a la anciana, no porque sepa que ya no volverá ni nada de eso. Es sólo porque en el fondo, a él nunca le gustaron las despedidas.