la estación

02Oct07

En el andén de la estación hay siempre una mujer pequeña y enjuta. Haga frío o calor ella está allí, sentada en ese banco, despidiendo a los viajeros que parten hacia sus destinos. De vez en cuando se le escapa alguna lágrima, aunque casi siempre suele despedir a esos extraños con una sonrisa que rara vez es correspondida. Al principio los empleados se extrañaron de su presencia, pero, poco a poco se han ido acostumbrando. Jacinto, que es el encargado de indicar la salida de los trenes, siempre la saluda. “Ya se va el tren, ¿eh?” y ella le responde con una sonrisa. “¡A recorrer nuevos mundos!”, y ella musita “Sí”.

Nadie conoce su historia. Suponen que se trata de un novio que la dejó para ir a la Guerra y que le prometió que volvería. Que de algún modo siempre está despidiendo al mismo viajero que la enamoró el corazón. Pero no es cierto, ella se despide de todos sin distinguir a nadie, para que ningún viajero se quede con la sensación de que nadie le echará de menos.

Otras historias cuentan que lo que espera es la llegada de algún extraño imaginario que la lleve a casa, pero Jacinto sabe que no es cierto. “¿Espera a alguien?”. “No, sólo me estoy estoy despidiendo” “Despidiendo, ¿de quién?”, “Pues de ellos, de quién va a ser. De todos los que se marchan”.

“¿Y por qué llora a veces?”. “Es que algunas despedidas son dolorosas, hay destinos alegres, y otros tristes… Es por eso que a veces no me sale una sonrisa”. “Pero un viaje siempre significa una nueva oportunidad, la emoción del cambio”, protesta Jacinto. “Hay veces que no hay un destino”, replica la anciana, “a veces los viajes son sólo de ida”. “Pero normalmente la gente vuelve”. Y ella “No siempre, hijo, no siempre” responde mientras le sonríe. Y Jacinto no puede evitar que le caiga bien aquella mujer, aunque no entiende mucho por qué; y se quedaría con ella hablando horas y horas, pero siempre le reclaman en la oficina para hacer algo. Así que se conforma con ir despidiendo a los viajeros al igual que hace ella. Sintiendo que, además de indicar al conductor que el tren puede partir, parte de su trabajo consiste precisamente en eso, en despedir a los viajeros. Y es curioso como algunos de sus compañeros poco a poco han cogido también la costumbre de acercarse al andén a saludar a los que parten.

Es por eso que, poco a poco, aquella diminuta estación se ha ido haciendo famosa. “La estación de la anciana” la dicen, “La estación de la despedida”, comentan. Y son muchos los viajeros que fuerzan que su viaje tenga de partida aquella estación. Sobre todos aquellos que no tienen nadie que les despida, solitarios, separados. Todos necesitamos ánimos a partir y ellos saben que ella estará siempre allí: con una sonrisa, despidiéndoles con la mano.

Hoy la anciana ha cogido el tren. Todos en la estación han salido a despedirla. Incluso los viajeros que regresaban se han parado y han girado para saludar con la mano. Todos con una sonrisa, deseandola buen viaje. Bueno, todos no, Jacinto no ha querido salir al andén. No porque no quiera a la anciana, no porque sepa que ya no volverá ni nada de eso. Es sólo porque en el fondo, a él nunca le gustaron las despedidas.

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2 Responses to “la estación”

  1. 1 Juje

    que bello cuento, que bueno que has escrito. se te extrañaba.
    Me parecio tierno, esas caricias en letras que te dejan pensando con un sabor de almibar…

  2. Te deja un buen sabor en la memoria :-)


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