rubén y el hada

El pequeño Hada revoloteaba haciendo chocar sus alas desprendiendo un ligero perfume azul. Y allí, frente al niño dormido, trataba de apaciguar sus sueños. Sueños de montruos que no se esconden en el armario, pesadillas de mayores que le piden que les toque aquí y allí. Y a Ruben le da vergüenza y sin saber el motivo siente que aquello no está bien.

“Será nuestro secreto”. Y Rubén descubre que hay secretos que se guardan por siempre porque avergüenzan, porque hacen que crezca un calor intenso hacia la cara. Son secretos que deberían gritarse, pero que quedarán almacenados en su pudor por siempre. Y se pregunta si le pasará igual a otros chicos o si, simplemente, él ha sido el elegido por aquel ser grotesco, aquel monstruo que no se parece en nada a los que se esconden bajo su cama, bajo su armario.

El pequeño Hada canta, pero no puede hacer más que esparcir un poco de polvo de hadas desde sus alas. Un polvo de hadas que haga olvidar, un polvo de hadas para poner un piadoso manto a aquellos sueños. Un polvo de hadas que apenas le queda en sus secas alas y que la hace cada vez más vulnerable. Como a aquel niño. Aquel al que ha elegido entre muchos otros porque un hada no puede tener más de un niño a su cargo.

Una lágrima amarga resbala por su mejilla de hada y cae hacia aquel niño. Rubén se despierta sobresaltado, solo, heladas las manos. Mañana volverá a tener clase de ginmasia y volverá a ver a aquel hombre. Y volverá a quedarse con él a solas en los vestuarios. Y se le escapa una lágrima que cae junto a una pequeña hada exhausta, casi inánime del esfuerzo de luchar contra los monstruos infinitamente más grandes que ella, contra un mundo que prefiere mirar hacia otro lado.

Anuncios

amanece

Amanece en Satecity. Todo está quieto, todo silencioso. Sólo se escucha el ruido del viento y, a lo lejos, una especie de lamento. El sonido del lamento, al principio inaudible crece de intensidad: es un grito de socorro por la humanidad. Poco a poco va desmenuzando su mensaje, gritando por los oprimidos, por los esclavos del siglo XXI, por los ausentes, por los que lloran, clamando las injusticias repetidas a lo largo de la historia. Y la letanía recorre la ciudad como un aullido.

Pero la ciudad permanece dormida, como siempre, sorda a aquello que la molesta. Cuando sus ciudadanos despierten no recordarán nada, se olvidarán de ese sonido clamado que se introdujo en sus sueños. Sólo así podrán sus ciudadanos seguir pasando por la vida como si no hubiera nada más importante que sus mediocres vidas, sus mediocres trabajos y sus coches de mierda.

el hombre del bar

Una mancha de vino en el mantel, unos restos de migas, el cenicero usado y una taza de café vacía. La cuenta a un lado, con el importe justo. A Ana le gusta el turno de tarde y llega siempre un poco antes para ayudar a recoger las mesas del bar. Y le gusta imaginar quién ha comido en aquellas mesas e improvisa una conversación ya mantenida de dos extraños, de una pareja joven o de un hombre solitario. A veces cree que es capaz de verles, de escuchar sus conversaciones incluso, hasta que una voz le despierta de su ensoñación.

-¡Niña! que parece que estés dormida-

Es la Cocinera, que marcha con su ropa en un atillo. A Ana le cae bien esa cocinera portuguesa, y le gusta su acento extraño en una tierra extraña y la saluda cuando cierra la puerta. Ana cree conocer ya a todos los clientes habituales, aunque no los haya visto nunca, porque no son muy diferentes. El de la mesa con la mancha de vino y el café en la mesa debe ser una persona joven, trabajará en una oficina de administrativo o de informático y llevará una camisa a cuadros las más de las veces. Seguro que vive en un apartamento pequeño solo, con una nevera pequeña llena de “nuggets” de pollo y pizza congelada. Siempre le ha dado un poco de tristeza imaginar a alguien comiendo solo en un bar. Pidiendo todos los días ese menú del día a ocho cincuenta euros, convirtiéndose en una parte más de ese bar de comidas, confundiéndose con el mobiliario poco a poco, oliendo cada vez más a la misma cocina. El, porque está segura que es un hombre, siempre se sienta en la misma mesa, siempre pide el menú y nada más -aún los viernes que es cuando el resto de los parroquianos piden una copita después de comer-, siempre se fuma tres cigarrillos y siempre deja el dinero justo.

Ana lo imagina joven, sí, pero se lo imagina triste, con gafas de pasta y no muy alto. Pero sobre todo gris. Y siente curiosidad por conocerlo personalmente, aunque sus obligaciones de por la mañana hacen que no pueda estar antes.

Hoy en la mesa había dos tazas de café, en el cenicero dos tipos de cigarrillos, unos con una marca de carmín. Y Ana no puede evitar alegrarse por su comensal, e imagina sus voces y cómo se cogen de la mano. Y no puede evitar sonreir mientras recoge la propina de dos euros que le ha dejado.

llamadas

I

Ayer tenía una de esas llamadas perdidas en el teléfono móvil. No me extrañó que no la oyera en su momento y no me extrañó que viniera el típico “número privado”. Siempre que el led me indica que es un número privado no lo cojo nunca aunque siempre tengo la duda de quién ha sido el que le ha dado mi número o si ha cobrado por ello. Sin embargo me fijé en la hora y el día: 00.30 del 4 de noviembre. ¡Mierda! Ahora mismo son las 22.00 de ese día. Me he perdido una llamada del futuro. Vale, de un Banco que me ofrezce el oro y el moro por mis ahorros, de una compañía telefónica que me contará lo maravilloso de hacer un cambio a su compañía, de cualquiera de las múltiples compañías que me darán un crédito ágil a un módico TAE (que ya se podían aclarar: si me llaman para invierta los ahorros, no tiene sentido que me llamen por si estoy hasta el cuello de deudas).

Pero era una llamada del futuro. Y me quedé mirando bobalicón el teléfono en la osucridad de mi habitación. La lucecita roja parpadeaba como siempre, emitiendo ese latido inconfundible que me recuerda que está vivo, yo localizable y gente ahí fuera -del futuro o del pasado- con capacidad para interrumpir mis pensamientos.

El teléfono sonó otra vez, y otra vez el “número privado”. Tenía que tomar una decisión. Mientras, el politono más de moda sonaba por la habitación de un modo cada vez más nítido. Cogí el teléfono y lo arrojé contra la pared. No es que me dé miedo el futuro, es que dudo que sea mucho mejor que la persona que duerme a mi lado.

II

Llegué a casa después de una noche de alcohol. El móvil, como siempre que me voy de juerga, en casa. Estaba “boqueando” (que es cuando le queda poca batería y empieza a llorar lastimosamente cada dos minutos con un bip-bip enternecedor) Así que me dispuse a cargarlo y vi que tenía ¡siete llamadas perdidas! ¡del mismo número! No conocía el número y era demasiado tarde para devolver una llamada a un extraño. Por otra parte, cuando alguien llama siete veces en un intervalo de quince minutos aunque sea a un número equivocado, creo que merece una respuesta. Llamé pues tratando de ocultar mi voz de borracho, pero nadie contestaba. Y llamé, y llamé, y llamé… hasta siete veces más. “Joder”, me acuerdo que pensé, “he llamado en un momento más veces a un desconocido que a mi padre en meses”.

En una ciudad que no conozco, en un piso pequeño sin ascensor, alguien llega después de una noche de farra y ve que en el móvil, olvidadas, hay siete llamadas de un número que no conoce y se pregunta quién será el que ha tratado de localizarle inútilmente de un modo tan compulsivo.