llamadas

05Nov07

I

Ayer tenía una de esas llamadas perdidas en el teléfono móvil. No me extrañó que no la oyera en su momento y no me extrañó que viniera el típico “número privado”. Siempre que el led me indica que es un número privado no lo cojo nunca aunque siempre tengo la duda de quién ha sido el que le ha dado mi número o si ha cobrado por ello. Sin embargo me fijé en la hora y el día: 00.30 del 4 de noviembre. ¡Mierda! Ahora mismo son las 22.00 de ese día. Me he perdido una llamada del futuro. Vale, de un Banco que me ofrezce el oro y el moro por mis ahorros, de una compañía telefónica que me contará lo maravilloso de hacer un cambio a su compañía, de cualquiera de las múltiples compañías que me darán un crédito ágil a un módico TAE (que ya se podían aclarar: si me llaman para invierta los ahorros, no tiene sentido que me llamen por si estoy hasta el cuello de deudas).

Pero era una llamada del futuro. Y me quedé mirando bobalicón el teléfono en la osucridad de mi habitación. La lucecita roja parpadeaba como siempre, emitiendo ese latido inconfundible que me recuerda que está vivo, yo localizable y gente ahí fuera -del futuro o del pasado- con capacidad para interrumpir mis pensamientos.

El teléfono sonó otra vez, y otra vez el “número privado”. Tenía que tomar una decisión. Mientras, el politono más de moda sonaba por la habitación de un modo cada vez más nítido. Cogí el teléfono y lo arrojé contra la pared. No es que me dé miedo el futuro, es que dudo que sea mucho mejor que la persona que duerme a mi lado.

II

Llegué a casa después de una noche de alcohol. El móvil, como siempre que me voy de juerga, en casa. Estaba “boqueando” (que es cuando le queda poca batería y empieza a llorar lastimosamente cada dos minutos con un bip-bip enternecedor) Así que me dispuse a cargarlo y vi que tenía ¡siete llamadas perdidas! ¡del mismo número! No conocía el número y era demasiado tarde para devolver una llamada a un extraño. Por otra parte, cuando alguien llama siete veces en un intervalo de quince minutos aunque sea a un número equivocado, creo que merece una respuesta. Llamé pues tratando de ocultar mi voz de borracho, pero nadie contestaba. Y llamé, y llamé, y llamé… hasta siete veces más. “Joder”, me acuerdo que pensé, “he llamado en un momento más veces a un desconocido que a mi padre en meses”.

En una ciudad que no conozco, en un piso pequeño sin ascensor, alguien llega después de una noche de farra y ve que en el móvil, olvidadas, hay siete llamadas de un número que no conoce y se pregunta quién será el que ha tratado de localizarle inútilmente de un modo tan compulsivo.

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