un cadáver exquisito

Todo empezó como un juego: Unos cuantos participantes, un párrafo a escribir cada uno y una sola condición: era imprescindible no conocer nada de la historia, sólo tendríamos la última palabra de una frase para continuar la historia.

Pues eso, que lo que salió del cadáver de unos cuantos (¡Qué hermoso es compartir un cadáver!) ha sido una historia. Quizá tenga sentido o no, quizá nos transporte a lugares o no, quizá sea simple tontería o será juego -como toda esta vida-. El caso es que tengo la sensación de que nos ha hecho compartir algo más que un simple cadáver y que no podía dejar de dar un abrazo a todos los que compartimos esta pesada carga.

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algür

I

Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas se encuentran en un enorme libro. Y no vale con tacharlas con saña, es igual que las borremos y, por supuesto, no sirve quemar en el fuego aquella carta de amor escrita y reescrita una y mil veces. Una a una, todas las palabras encuentran su lugar en el libro, en el preciso orden en que se hubieran escrito, con la misma letra que en el original (no importando si la letra era redondilla o de palo), en el capítulo correspondiente que el Libro nos asigna a cada uno al nacer.

Y es de ver los comienzos de cada capítulo, esos balbuceantes “amo a mi mamá” hechos con unos trazos temblorosos sobre un papel mientras apretábamos la lengua y juntábamos los dedos tratando de domar el lápiz. Y se observa claramente el paso de niño a adulto porque las palabras aparecen con un trazo más firme, más personales, más alejadas del tipo de letra de los cuadernillos de aprender a escribir.

Algunos capítulos tienen muy pocas palabras, tan sólo algún nombre, alguna firma o algún recibí… Otros son enormes y larguísimos. Allí están las obras completas de Aristóteles, de Sófocles, de Eurípides… de todos los grandes Sabios Griegos. Y también están las nuestras, nuestros cuentos, nuestras cartas, las felicitaciones de Navidad, los “un beso” pegados apresuradamente al final de una párrafo…

Claro que no es fácil leerlo. No es como leerse las obras completas de un autor. Pues el libro, como se ha dicho, conserva las palabras en el mismo orden en que fueron escritas, y no vale corregirlas. Es por ello un poco caótico, del estilo de los monos escritores de Borges. No obstante, a cada ser, humano o no, nos es concedido poder ver nuestro capítulo del libro una vez en la vida. Y en ese instante podremos recuperar todas las palabras que escribimos, todos los borrones que echamos, todas las poesías pensadas…

II

Algür pensó que era el momento de ir en busca del libro. Había sido un gran cuentacuentos, pero sentía que su talento se había agotado. Ya no salían palabras de su pluma. No, no era como el miedo a la hoja en blanco en que los escritores escriben para luego tachar. Algür se sentía incapaz de escribir. No salía ninguna palabra y le angustiaba sobremanera. El había sido cuentacuentos toda su vida. No sabía hacer nada más y ahora que no podía escribir desconocía cómo se iba a ganar el sustento. Sabía que no le faltarían amigos que le echaran una mano, o que le prestaran ropa, comida y calzado, pero el amaba el oficio de cuentacuentos, se sentía renacer cuando creaba una historia y veía la sonrisa, el asombro o el alborozo que provocaban sus cuentos. Era difícil de explicar o de entender, pero él lo sentía así y con eso le bastaba.

Así pues subió a la Gran Montaña donde se encontraban los Guardianes del Libro, que le sonrieron al verle.

-Bienvenido, Algür, te estábamos esperando desde hace mucho tiempo -comentó el guardián de la derecha.
-¿Esperando? ¿Por qué? ¿Cómo sabíais que iba a venir? -Algür no salía de su asombro.
-¡Ah, viejo amigo! si me cree digno de considerarme como tal -replicó el guardián-
-Nosotros no escribimos nunca una palabra, pero sabemos mucho de los corazones de los hombres -continuó el otro.
-Sí -Acertó a decir Algür. Era extraño como aquellos dos guardianes se alternaban en la conversación continuando una frase con otra.
-Conocemos tu Capítulo… y llevas mucho tiempo sin añadirse nuevas palabras -resolvió uno de ellos.
-Adelante, pero recuerda que no podrás volver a ver tu capítulo nunca -apostilló el otro.

Algür entró temeroso en la Sala. La última advertencia le sonó más a una amenaza. Debía concentrarse y la idea de encontrarse ante su última oportunidad le abrumó, le golpeó físicamente como sólo una idea puede hacerlo.

La sala era enorme pero sin ninguna decoración. Y en un simple atril se encontraba el Libro. Por supuesto que era enorme y se adivinaban infinidad de páginas. Afortunadamente el Libro aparecía abierto por el capítulo de Algür -de otro modo hubiera sido imposible que el pobre cuentacuentos pudiera encontrarlo-.

Las primeras palabras de su capítulo eran pequeños balbuceos que le hicieron retroceder a los primeros tiempos en que imaginó historias, en que imaginó pequeños cuentos, estúpidos a veces, nunca demasiado elaborados… Y disfrutó viendo esas palabras apenas recordadas que había tachado. Descubrió aquel cuento que escribió de un tirón (¡y estaba casi idéntico al original!). “Bueno”, pensó, “éste, es el original, éste es el que salió” Aunque el resultado omitiera errores ciertos, tenía cierta belleza tal y como lo mostraba el libro.

Algür sabía que no tenía mucho tiempo pues quien visitaba la Sala y veía el Libro no podía permanecer dentro mucho tiempo sin que los Guardianes le invitaran amablemante a salir urgiendo sus picas. Así que pasó gruesos montones de páginas con el fin de llegar a sus últimas palabras escritas…

Y allí estaban: Amor, Sinceridad, Amantes, Amigos, Niños, Perros, Gatos, Puesta de Sol, Lágrimas, Risas, Ilusión, Payaso, Verdad, África… y, finalmente, Cuentos. “Cuentos, Cuentos”, repitió Algür. Y de pronto lo supo, formó una formidable historia en su mente. Una historia de payasos en África, una historia de ilusión, en la que había niños, y perros, y gatos…. Sí Algür lo descubrió, supo que había infinitas historias en aquellas páginas, que contar una historia no es más que mezclar palabras con más o menos sentido, pero palabras que salgan de dentro; de ese dentro del estómago que todos tenemos; de ese dentro que algunos llaman corazón.

Y se sintió felíz, y cogió el cuadernillo que llevaba siempre consigo y empezó a escribir. “Erasé una vez…”

diálogo

-Dime que me quieres.
-¿Para qué? Si ya lo sabes.
-Sí, ya lo sé, pero es que nunca me lo dices y me gustaría oirlo.
-Es que no me parece importante.
-¿No te parece importante que me quieras?
-No, no es eso. Por supuesto. De hecho es eso lo más importante. Pero es independiente de que te lo diga o no.
-Bueno, sí, pero me gustaría oírtelo decir.
-¿Por qué? ¿No estás segura?
-Sí, estoy segura de que me quieres, pero no entiendo el motivo por el que no quieres decírmelo.
-Y yo no entiendo el motivo por el que te parece importante que te lo diga cuando ya lo sabes.

Y el silencio separó a los dos amantes, se hizo espeso como una sopa. En el parque comenzó a llover.
-Es que nunca me lo han dicho.