la mujer del bar

08Feb08

María sale de casa como cada jueves. Con el dinero de la compra que su marido Manuel, le ha dejado encima del aparador. Manuel trabaja de albañil en una obra en un pueblecito de Badajoz. Sale a las cinco de la mañana, queda con con su cuadrilla en Palos de la frontera y, carretera y manta, llegan a las siete a pie de obra para acabar con aquel polideportivo. Manuel está contento porque tiene trabajo, porque tiene una mujer que le quiere y dos hijos que apuntan maneras para ser aprendices.

La obra es muy trabajada, muy cansada, mucho frío en los inviernos pacenses y muy calurosa en verano, pero Manuel nunca supo hacer otra cosa que poder ladrillos. Ya casi no se acuerda de cuando sus padres se vinieron a la capital para que sus hijos tuvieran una mejor vida. Además, a Manuel los libros nunca le gustaron. Se sentaba en la silla de la cocina horas y horas delante de esos libros de aritmética que no llegaba a comprender, que le daban dolor de cabeza. Por eso cuando cumplió los catorce le dijo a su padre que quería ponerse a trabajar.

Sus padres le obligaron a estudiar un curso de FP donde aprendió a fumar, pelearse e irse con chicas, pero, como él mismo se decía muchas veces, era imposible hacer carrera de esa cabeza suya. Así que abandonó y se puso a trabajar en la obra. Al principio acompañando a su padre, luego cogiendo un puesto de capataz, luego llegando a jefe de cuadrilla.

Su mujer, María, es ama de casa. Viven en Moratalaz, en una casa pequeña pero arreglada. Y María está contenta. Sabe que el trabajo está mal y se siente afortunada por tener un marido tan trabajador, un marido que la respeta y que no la grita; un marido que, todos los jueves, le deja dinero para la compra encima del aparador. A veces más, a veces menos porque el cabrón de su patrón se ha quedado con el dinero. “No, no es eso”, replica Manuel, “es que los de la fontanería le han subido los precios”. Y María siempre piensa “No, Manuel. No es eso. Es que el cabrón de tu jefe se queda el dinero. Es que se lo gasta con su querida o se va de putas, porque otra cosa no será pero…”. María lo piensa, pero no se lo dice a Manuel porque sabe que el trabajo está mal. Que está muy mal, realmente. Y se alegra de que Manuel tenga trabajo, que en casa nunca haya faltado dinero para hacer la compra, que haya tenido tanta suerte de haber comprado el piso antes de que los precios se desorbitaran… Antes echaba de menos un poco de cariño, un poco de esa intimidad de la que disfrutaban de novios. Pero entiende que Manuel no tenga ganas de nada cuando llega a casa, entiende que apenas le queden fuerzas para cenar una triste tortilla francesa a esas horas en que los niños hace tiempo que se han ido a la cama. Entiende muchas cosas. Tantas que se ha acostumbrado a ellas, tantas que ella también se siente cansada y sin ganas.

Así, después de arreglar la casa y hacer las camas, los jueves sale con el dinero de la compra. Siempre para en el mismo bar. “Buenos días Señora” , la saluda Fred, “¿lo de siempre?”. Y, mientras le sirven un café con leche y dos porras, María se dirige a la máquina tragaperras.

Siempre piensa que llegará el día en que haga cantar a esa cabrona y escupa el gran premio. Y piensa en que, con ese dinero, se podrá comprar aquel bolso que vió en aquel escaparate. Que con ese dinero comprará en el Hiper aquella delicatesen para sus hijos y que, si le sobra, podría regalarle algún detallito a Manuel. Y las monedas empiezan a caer en la Máquina de los Gnomos. Una, otra, otra…

Hace tiempo que dejó de gustarle jugar, que siente que está literalmente tirando el dinero. Pero no lo puede evitar: le siguen gustando las luces, ese “Bono”, “Premio”, “Juegue Avance” que de vez en cuando le regala aquella máquina. Y María mientras va jugando sus monedas calcula mentalmente el dinero que le va quedando para hacer la compra.

“Una más, solo una más.. si ya está a punto de cantar” y las monedas van cayendo a aquella máquina sin corazón pero con una alegre voz cantarina.

“Fred, cambiamé”, y Fred le cambia con una media sonrisa. “Maldito hijo de puta” piensa María. Pero María no lo dice, se limita a sonreir y a seguir jugándose las monedas a los Gnomos. Y sabe que no queda ya dinero para hacer una compra decente -ni aunque sea una pequeña-, pero es su momento. No le queda mucho tiempo a esa máquina para que cante, para que escupa el Gran Premio que hará que la vida le sonría. Porque se lo merece, porque la suerte tiene que estar repartida y porque los desgraciados también tienen derecho a ser mediocremente felices aunque sea una vez en la vida.

Cuando cambia el último billete de diez euros le tiembla la voz, pero aún se siente firme. Uno, dos, tres… “¡Mierda!, maldita máquina de los cojones”. No puede creer su mala suerte.

Y de pronto piensa en sus hijos, en Manuel, al que esperará con una triste cena y un amago de sonrisa.

Así que hace como otras tantas veces, se queda mirando a un hombre que lleva tiempo sentado en la barra. Lleva unos vaqueros ajustados y un palillo en la boca. Disfruta de un sol y sombra y del humo de un cigarro. Se acerca y le pregunta: “¿Cuánto?”

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7 Responses to “la mujer del bar”

  1. 1 JUJE

    ELiseo querido, como siempre tus cuentos son geniales, guardan suspenso y son llevaderos…
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    si te gusta la idea claro…

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    espero vengas!

  2. Que miedo, parece tan real que casi puedo decir quien es…

  3. 3 Mna

    Excelente relato. . .me da coraje María, pero más que nada su tristeza. . .

  4. Una historia como tantas, es que a veces la ficción es tan sacada de lo cotidiano ¿no? Cuantas marías y Manueles… cuantos! Cuantos? Lo más triste es como se les va la vida de esa forma…

    Un muy buen relato, felicitaciones amigo!!!

  5. Una historia urbana
    Tantas Maria por conocer y esfuerzos de Manuel por conocer
    Me fascino…

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