una historia cualquiera

I

Se miró las manos ensangrentadas. Y miró con los ojos vacíos el cuerpo apuñalado de su mujer. A un lado, el crío, degollado de un sólo tajo. Lo miró con pena “tú no tenías la culpa de nada, lo siento”. El disparo acabó con el sufrimiento y los sesos contra la pared. En sus ojos aún se podía leer la eterna pregunta: ¿por qué?…

II

La primera vez que la vió fue en la comunión del hijo mayor de su amigo Paco. Aquellos enormes ojos verdes le hipnotizaron desde el primer momento. “¿Quién es?” “¿quién es quién?” -respondió Paco- “Ella”, señaló con la mano. “Ah!, ¿Carmen?” Así que se llamaba Carmen. Le hubiera gustado que se llamara Elizabeth, o Sofía, o cualquier otro nombre. Carmen se le antojaba un nombre demasiado vulgar para aquella muchacha que se reía junto al hijo de Paco de alguna confidencia secreta. Era una risa clara, luminosa. Paco se quedó mirando a Antonio con una media sonrisa. “No es una buena idea, no funcionará” le dijo. “¿Por qué? ¿está casada?¿sale con alguien?” Paco rió de buena gana, conocía a su amigo desde la infancia (“desde preescolar, se apresuró a ponerle fecha”) y su carácter impulsivo, pero sabía que Carmen acababa de dejar una relación que había acabado bastante mal por decirlo de modo aséptico. “No, no es eso” se apresuró a decir. “¿Entonces?”. “Vale”, accedió Paco. No le gustaba demasiado meterse en la vida de nadie, pero conocía la historia de Carmen por su mujer, conocía a Antonio bastante y sabía que era mejor prevenirle. “Acaba de salir de una relación ¿cómo te lo diría?… Pues… mala” “¿Mala? ¿Pero en qué sentido mala?”. “Bueno, creo que él la pegaba. ” “¡Joder! ¡qué hijo de puta!” Antonio no entendía que alguien que se dijera hombre pusiera la mano encima de ninguna mujer, y menos de aquella muchacha que parecía tan frágil y a la vez tan dulce. “Y ¿qué paso?” “Pues eso, que al final consiguió darse cuenta que no existe amor cuando hay golpes de por medio. Porque ella, aunque no lo creas, le quería. O al menos eso decía… Bueno, que total, que un buen día después de una paliza decidió largarse del lado del bruto ese y venirse a Madrid. Ella es muy amiga de Ana y la tuvimos en casa un tiempo hasta que se recuperó. ¡La tenías que haber visto cuando llegó! Ana sabía desde hace tiempo que la pegaba. Bueno, de hecho creo que fue gracias a ella que se animara a dejarlo, porque en aquel pueblo no conocía a nadie que le echara una mano” “Joder, qué putada”. “Sí, imaginateló. Yo no sé creo que la tenía encerrada en casa atemorizada y que ni se atrevía a salir a la calle ni nada. El era muy conocido en el pueblo y por lo visto se cogía unas borracheras de aquí no te menees. Y cuando llegaba a casa…”. “Qué hijo de puta” Interrumpió Antonio. “Sí, un auténtico cabronazo” Asintió Paco. “Oye”, pareció recordar, “te lo he contado para que lo sepas, pero nada más. Sólo lo sabemos Ana y yo, y ahora tú”. “Y el hijo puta ese”. “Vale, y el tío ese, pero no quiero que salga de aquí”. “Y los hijo putas del pueblo que no hicieron nada sabiéndolo…” “Antonio, vale ya. No te calientes.” “Es que no lo entiendo, Paco. No me entra en la cabeza que nadie haga nada por nadie, mierda de gente”. “Que sí, que tienes razón, pero vamos a olvidarlo…””¿Ves? Ese es el problema”, “El problema ¿de qué?” Paco se estaba cansando ya de la conversación. “Que haya que olvidarlo, que aquí no ha pasado nada, que miramos para otro lado y punto, que…”. “Para, para… para un poco y escucha. Cuando vino a casa estaba destrozada por fuera y por dentro porque aún decía que quería a aquella bestia” Antonio resoplaba. “Ha tardado bastante tiempo en olvidarlo… Y no pongas caras ahora, dejamé acabar. Se pasaba los días en el sillón de casa llorando y recordando. Ahora parece que ya se está recuperando, se ha ido de alquiler ella sola y parece que está dejando todo lo pasado atrás. Ahora la ves sonreir, sale a la calle, se pinta un poco… Sí, no es fácil salir de una de esas y lo está consiguiendo, así que no vuelvas tú a joderlo todo”. “Vale, Paco, tienes razón, no coincido con tu idea que lo mejor es olvidarlo todo pero supongo que es su vida”. “Exacto”, le interrumpió. “Es su vida y ahora está bien y eso es lo que importa ¿no?”. “Venga, unamosnó a la fiesta, joder”

III

Pasó un mes, desde aquella primera vez. De nuevo fue en casa de Paco. El, Paco, su mujer y Carmen: cena de brochetas de pescado, pollo y marisco. Tanto él como Carmen coincidieron en llevar dos botellas de Ribera. “Os podías haber puesto de acuerdo para que alguno de los dos trajera el postre” Bromeó Ana, y a Antonio le gustó la coincidencia y le gustó cómo sonaba aquel “os”. Fue mientras los dos fregaban los platos de la cena cuando se lo dijo “¿Te gustaría quedar un día de estos a tomar un café?”. Y ahí, con las manos jabonosas ella, con el paño de secar él, fue donde ella dijo que sí.

A las pocas semanas ella se quedó embarazada. Antonio no esperaba que fuera tan pronto. Sí, era cierto que habían hablado de tener hijos y estaban de acuerdo, pero la conversación no pasaba de un “podríamos”, un “no estaría mal” o un “por supuesto”. Aquello trastocó un poco los planes de todo. Habría que ajustarse el cinturón, pero no pasaba nada. Cuando a los seis meses Carmen tuvo que quedar en cama fuerte de unos fuertes dolores llegó llorando a casa. “Me han despedido, Antonio”. “¿Qué?”. “Que me han echado, joder, que esos cabrones me han echado por estar embarazada” Carmen se secó las lágrimas de un manotazo. “Pero… ¿no estaban contentos contigo? ¿no iban a contratar a alguien por la baja?… ¿No te dijeron que no te preocuparas, que tu puesto te estaría esperando?” “Sí, Sí y Sí, pero parecen que se lo han pensado mejor”. “Joder, ¿y ahora?” Antonio hacía rápidamente números y más números y no veía cómo iban a salir las cuentas. El no cobraba demasiado, era Carmen la que, a base de hacer horas y más horas había conseguido ahorrar algo. Pero el sueldo de ella era ficticio. El paro se iba a quedar en casi nada y en breve habría una boca más que alimentar.

Carmen seguía gimoteando. Le miraba con una expresión extraña en sus ojos intensamente verdes, preguntándole ¿qué vamos a hacer?. Y era una pregunta que requería una pronta respuesta que Antonio no sabía darle. Tardó una eternidad en darse cuenta hasta que por fin se acercó “No te preocupes, Carmen, saldremos de ésta” y la acarició con ternura. “No sé cómo, pero saldremos”.

Los siguientes tres meses fueron infernales. Carmen en cama durante todo el día con dolores y Antonio haciendo todas las horas del mundo y más, buscando todas las sustituciones posibles, haciendo sábados y domingos… Cuando llegaba a casa estaba tan cansado que no le apetecía ni cenar. Carmen lo recibía apenas recién levantada, con el pelo desgreñado, a veces ni tan siquiera recogido. “¿Qué tal en el trabajo?” “No me apetece hablar, Carmen”. Y una mierda, claro que le apetecía hablar, claro que le apetecía decir que todo era una mierda: una mierda el trabajo, una mierda el jefe, una mierda los putos compañeros, una mierda todo. Qué ganas tenía de mandarlo todo al carajo.

“¿Y este domingo? ¿Por qué no salimos un poco?” sugería Carmen. “No puedo, lo sabes”. “Deberías tomarte algún día libre. Tu jefe no te puede negar algún día… si haces todas las horas del mundo” “¡No! ¡No puedo, joder!, ya te lo he dicho. ¡Mierda!, si no te hubieras quedado embarazada…” “Sí, ahora tengo yo la culpa de eso también ¿no?, de que tengas un trabajo de mierda tengo yo la culpa, de que me echaran por quedase embarazada también ¿qué mas? ¿de qué más tengo yo la culpa? ¿de que no te quieras coger ni un puto día libre para que estemos juntos? ” Antonio apenas se dió cuenta, pero esa sería la primera bofetada. Carmen se quedó muda de repente. Antonio petrificado. “¡Vete!!Vete cabrón! ¡No tienes ningún derecho a pegarme!, Ni tú ni nadie! ¡No se te ocurra volver a ponerme la mano encima!” Antonio miraba estúpidamente a su mujer. No acababa de creerse lo que había hecho. Se protegía a penas de las palmetadas de ella. Unas palmetadas tan sin fuerzas y estaba tan cansado…

Dió un portazo y se encaminó calle arriba al bar de la esquina, tratando de alejar pensamientos. Tratando de alejar los nubarrones…

IV

Pero los nubarrones volvieron. Y no sólo una vez, sino muchas; y no sólo cada mucho tiempo, sino cada vez con más frecuencia. Antonio pasaba cada vez más tiempo en el bar. “Tomando”, decía, “Consumiendo” decía. Y en verdad estaba consumiendo, consumiendo cada vez más una llama que Carmen se empeñaba en mantener viva. A veces iba directamente al bar, sin ducharse siquiera, directamente desde el trabajo. Y cada trago le sabía tan amargo que la garganta le dolía .

Después de aquella noche fatal. “El punto de inflexión en el que todo se fue a la mierda” lo solía llamar Antonio, hubo otras muy parecidas. Unos gritos, de vez en cuando una bofetada, unos llantos y un portazo en la puerta.

Aquella noche fue la última. Ya le habían llamado la atención en el trabajo, pero aquella tarde una amable carta por parte de recursos humanos le indicaba que “cesaban sus servicios en la empresa”. Antonio creyó hasta oir el “plof” que hacen los cuerpos cuando tocan fondo. Antonio ni siquiera fue al bar esa noche. Llegó a casa, besó a su mujer un dulce beso en los labios como hacía muchísimo tiempo y se fue a la cama directamente sin esperar ninguna pregunta, sin fuerzas para escuchar ningún reproche.

Y durmió, y lloró, y fue entonces cuando tuvo ese sueño. El cogiendo un cuchillo, él rebanando el pescuezo de su hijo pequeño, apuñalando a Carmen una y otra vez, cogiendo lentamente la pistola de la cómoda y acabando con su sufrimiento cuando estampaba sus sesos contra la pared.

Antonio se despertó sobresaltado. Empapado en un sudor frío. Carmen dormía a su lado “¿qué pasa? Antonio”.”No lo sé, no sé qué nos pasa, que nos ha pasado, qué estamos haciendo… no sé nada”. Carmen le miró con sus enormes ojos. Vió que Antonio estaba llorando y, aun así, se atrevió a formularle aquella pregunta que le rondaba tanto tiempo por la cabeza: “¿Me quieres?”.

“Sí, sí,… no he querido a ninguna persona nunca como te quiero a tí”

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calladamente

Calladamente caen las hojas en esta tarde de finales de marzo, sin hacer ruido (tan sólo un oído experto podría oir ese “chop” de las hojas al caer).

Calladamente caen los días del viejo calendario, sin hacer ruido (cuidando de no despertar al durmiente que todos llevamos dentro)

Calladamente lloro por dentro, anegando mi corazón de lágrimas por las cosas que nunca pasaron (maldiciendo en silencio a un mundo que se ha vuelto aburrido)

Calladamente se me escapa el tiempo entre las manos por la ausencia de las tuyas y un poso amargo se instala en mi garganta (y no consigo que se me despegue)

Calladamente…

Pero no me resigno.

Y grito: ¡Estoy vivo! (y es un raro sentimiento despertar al silencio que me ha rodeado durante este tiempo)

el hombre de la ventana

Cuando salimos con los amigos del colegio, paseando por el parque vemos al “viejo” a través del cristal. Es un hombre de unos setenta años, con unas gruesas gafas de pasta, sentado en una silla de ruedas, mirando por la ventana al parque, escudriñándonos, vigilándonos.

Da un poco de repelús, pues su habitación está completamente a oscuras. Sólo él, su manta a cuadros sobre las rodillas y su mirada vigilante. “Ese tío está pirado”, “Es un enfermo, obsesionado por los niños”, “Alguien debería hacer algo”. Son los comentarios de la mayor parte de mis amigos. Yo les río la gracia, incluso le han puesto un mote: “el abuelo que todo lo ve”, “el abuelo vigilante”. Hay votos incluso por hacer una cancioncilla, adaptar alguna de las letras que nos enseñan en los Escolapios en la que el protagonista sea el “viejo”.

No puedo evitarlo. Me dá un poco de miedo que esté allí, vigilando, mirándonos siempre… Aunque realmente lo que me da miedo es que yo podría ser como él dentro de sesenta, de setenta años: solitario, sin nadie que me acompañara por las noches ni por el día, con la única distracción de unos chicos que salieran del colegio. Por eso río las chanzas de mis amigos con más fuerza, por eso soy uno de los que más chillan, por eso soy quien ha propuesto que alguien debería darle una paliza a aquel pobre hombre.