en esta noche

Bebo anís en recuerdo a mi madre que falleció en aquel accidente de coche. Bebo vodka por Antonio, compañero de fatigas que olvidé hace tiempo.

Por una amiga me aficioné al güisqui, y el tequila es por Fernando.

Mi padre bebía coñac a todas horas (posiblemente es lo que le mató) y la culpa de los gic-tonic la tiene Juan.

En esta noche me acuerdo de todos ellos… y desoigo a mi estómago que grita ¡basta!

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sísifo

Llevaba tanto tiempo transportando aquella piedra que siempre volvía a caer que ya no recordaba sus tiempos en que era rey de Éfira. Estaba terriblemente cansado y es que, la eternidad, es mucho tiempo.

Así pues, un día se sentó sobre la piedra con el firme propósito de no volverla a empujar. Desde allí arriba tenía una impresionante vista del infierno admirándose de la inmensidad de aquel mundo.

Esperó con impaciencia encima de aquella piedra a que algo sucediera, a que vinieran sus captores y le trataran de obligar a realizar de nuevo aquella labor. Casi se podía imaginar la cara de Hermes cuando le dijera que no iba a empujar aquella piedra nunca más. Le escupiría a la cara y se reiría de él. ¿Qué iba a hacer? ¿le iba a mandar azotar? Aguantaría el dolor. ¿Le impondría otra carga más pesada? ¿más pesada que esa roca? ¿más estúpido que empujar aquella mole que siempre retornaba a su lugar? ¡tonterías!

¿Amenazaría a algún ser querido? Su esposa Mérope y sus hijos hacía muchísimo tiempo que no serían más que polvo y ceniza. Los que había querido ya habrían desaparecido, y los dioses y semidioses con los que compartió días de vino y juegos de naipes no le importaba que estuvieran vivos o muertos, por él se podían ir todos al infierno… Y rió por aquella ocurrencia.

Pero nadie aparecía, aquello parecía estar desierto. “Puedo esperar más, al fin y al cabo tengo todo el tiempo del mundo”. Y esperó, y esperó. Y esperó hasta quedarse dormido. No había dormido desde que fue condenado, salvo aquellos breves periodos de tiempo en que cerraba los ojos (aunque siguiera empujando la piedra). Por eso se sumergió en un sueño largo y profundo. En su sueño ya no imaginaba que conseguía empujar fuera la piedra y expiaba sus pecados, ya no imaginaba que salía de aquel agujero y recuperaba la libertad… En su sueño sólo veía la cara de Mérope, la de Alma, la de Tersando, la de Simón…, la de sus hijos y la de aquellos seres queridos que ya habrían muerto.

Se levantó con los ojos húmeros. ¿Cuánto tiempo había estado dormido? ¿una hora? ¿ocho? ¿días? ¿semanas? No había modo de comprobarlo. Lo único cierto es que no había aparecido nadie en todo ese tiempo. ¿Qué sentido tenía su condena si nadie lo vigilaba? ¿qué sentido tenía un castigo así?

Entonces sí que lloró. No solamente estaba solo, sino que todos le habían olvidado. “Olvidado, olvidado, olvidado…”. Su lamento se oyó a lo ancho de aquel infierno, pero aún así, nadie apareció.

Gritó y gritó, y cuando se desvaneció toda esperanza de que alguien apareciera en el borde de aquel agujero, lentamente, se levantó y empezó a empujar de nuevo aquella piedra.