la escalera (*)

Al pueblo de Olaf se accede por la Nacional que lo atraviesa de parte a parte dividiendo a sus habitantes en dos facciones irreconciliables rememorando la tristeza de las “dos Españas” tan presente durante demasiado tiempo en tantos otros lugares. Cuando empezó la Guerra una raya invisible separó vecinos en un bando y en otro. Cuando acabó vencedores (si se puede llamar así) y vencidos se distribuyeron a un lado y a otro de la carretera, que quedó como una enorme cicatriz que pasados treinta años no ha cicatrizado todavía.

Nada más entrar, si vienes desde Madrid, a la derecha, existe un callejón. En ese callejón, de paredes blancas e impolutas hay una escalera. Es una escalera normal, de esas que se suelen usar en una obra, con dos grandes largueros y los peldaños atravesados. Sería una escalera de mano normal si no fuera porque está fuertemente anclada, en su parte inferior al suelo, y en su parte superior a la pared.

No conduce a ninguna parte, no existe ninguna puerta, balcón o ventana en la pared. Por otro lado, tampoco sirve para saltar dicha pared, pues, pese a medir casi dos metros, la escalera apenas llega a media altura del muro encalado. El viajero que llega por primera vez se extraña de esa escalera que aparentemente sólo sirve para traer mala suerte si se pasa por debajo y se es lo suficientemente supersticioso para que ello ocurra. No tiene ningún sentido. Parece que alguien la hubiera olvidado, y otro, en una especie de broma de de mal gusto la hubiera anclado. Supone éste que la desidia hizo que su dueño no la recuperara, que le daba igual.

“Una escalera que no lleva ni parte de ninguna parte”, piensa. Y trata de imaginar una especie de obra de arte abstracta tan absurda y tan de moda en los museos de la capital. Pero sabe que no puede ser eso, pues no existe ningún artista (ni vivo, ni muerto, ni por nacer) en ese pueblo. Así que, tras meditar mucho vuelve la vista tratando de olvidar al pueblo, a la escalera y el maldito calor que hace a esas horas de la tarde.

Antonio entra en ese momento en el callejón. Es de mediana altura y avanzada edad, pantalón de pana y manos en el desgastado gabán. Saluda al viajero con un ademán en la cabeza y comienza a subir la escalera. Cuando alcanza el último escalón se sienta y lía un cigarrillo. En sus ojos aparece un brillo especial cuando, desde lo alto, mira a la parte del pueblo que queda al otro lado de la nacional, a la otra parte ahora enemiga pero siempre vecina, a la otra parte donde puede ver jugar a los niños e imaginar una pasarela que junte en un sólo pueblo aquellas dos mitades tan diferentes y tan iguales a la vez.

(*)A raiz de una broma entre Micromios y Camaché se crearon 10 historias sobre escaleras. Aunque no los conozco y recién los descubrí gracias a una amiga, no he podido resistirme

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caronte

Caronte llevaba ya muchos años cargando almas de un lado al otro del río a cambio del óbolo. Ya ni recordaba cuando había empezado esa maldición que hacía con rutina de funcionariado. Las almas apenas hablaban con él y él ni tan siquiera los miraba. Desde que había sido encarcelado por dejar pasar a Heracles (aún vivo) se prometió no hacer nada más que su trabajo con paciencia y tesón envidiable.

Es verdad que el trabajo no tenía demasiadas novedades ni se prestaba a grandes sorpresas. La última fue cuando Orfeo se presentó y tuvo que llamar a Cerbero para que lo trajera de vuelta, pero eso fue en los tiempos de los Antiguos y desde entonces hacía mucho, mucho tiempo.

Desde entonces, se encontraba inmenso en una rutina eterna, aunque a veces el trabajo se acumulaba en las orillas y reconocía con suficiencia que aquello, para quien no tuviera su paciencia, podría llegar a estresar.

En tales casos, con voz alta y fuerte, ordenaba a las almas que se pusieran en fila, en estricto orden: primero, quien portara mayor óbolo, los últimos, quien no habían tenido la fortuna de que un alma piadosa les hubiera dado un miserable décimo de dragma antes de partir hacia el último viaje. Ya no transportaba las almas en grupos mayores de cinco, pues hubo un día en el que casi naufraga la barca.

Aquella tarde realmente había mucho trabajo. El no había comido todavía y las almas se acumulaban más y más. El caso es que hizo que subieran diez almas para llevarlas, con la mala suerte que una de ellas iba cargada de una maldad densa y pesada. Así, según avanzaban hacia la otra orilla, el bote se hundía más y más. E hizo lo que tenía que hacer: en medio del río, tiró aquel desgraciado por la borda ante el asombro del resto. Fue la única vez que recordaba que no había hecho bien su trabajo. Nunca se lo dijo a nadie y se aseguró que ninguno de los supervivientes lo contara cortándoles la lengua. Sí es cierto que durante las siguientes noches no pudo dormir y se le aparecía en sueños aquel imbécil, o las otras almas inocentes, pero el tiempo es el mejor aliado para amortiguar remordimientos y apenas algunas veces se acordaba de aquel hecho con cierto rubor.

Un día cualquiera apareció un alma al otro lado. Era un alma que se había escapado de su destino y que le pedía que lo devolviera a la otra orilla.

-Lo siento, amigo, el viaje es sólo de ida -rió Caronte.
-Es que no quiero estar ahí-
-Y ¿por qué? -Aquel alma parecía ser destinado a los mejores lugares de aquel mundo creado por Hades.
-¿Has estado alguna vez ahí? ¿sabes cómo es?
-Pues no -se encogió de hombros- Pero tú no tienes aspecto de que te hayan enviado a las profundidades del infierno. Pareces un alma buena e, incluso, caritativa.
-Y lo soy.
-¿Y?
-Pues que sí, que tienes razón, me paso todo el día rodeado de almas buenas, de fruta que crece en los árboles, de ríos de agua pura y cristalina. Escuchando el susurro de los pájaros, yaciendo con otras almas siempre que quiero…
-Entonces ¿cuál es el problema? -Caronte cada vez lo entendía menos.
-Pues ese, ese es precisamente el problema -la voz se le estaba quebrando- Estoy cansado de esa felicidad completa, de esa plenitud eterna. No soporto la idea de ser feliz toda la eternidad, de seguir siendo el mismo para siempre, de no hacer nada porque todo me es dado, de no poder ayudar a nadie puesto que nadie precisa mi ayuda…

Caronte se mesó las barbas. Visto de ese modo, el razonamiento extraño de aquel alma tenía cierta lógica.

-Bien, -asintió- puede que tengas razón -Y aproximando la barca a la orilla lo invitó a entrar.

El alma se dió la vuelta para embarcar. Fue en ese momento cuando Caronte apretó la pértiga en sus manos. Un golpe seco y el alma cayó muerta con la cabeza abierta. Un empujón con el pié y la corriente llevó el cadáver río abajo hasta desaparecer de la vista.

Mientras Caronte movía la barca hacia la otra orilla con la larga pértiga pensaba en lo que le había dicho aquel alma y en la suerte que tenía de haber encontrado un trabajo fijo para toda la eternidad.

mi caja de recortes

Hoy se me ha ocurrido mirar el calendario. Resulta que, tal día como hoy, nací hace 634 años. Me he sonreído pensando en lo estúpido que es este paso del tiempo. Esta miserable silla de ruedas y esta miserable vida. Como siempre que me acuerdo de mi cumpleaños, saco la vieja caja de recortes.

En ella tengo almacenadas todas las almas que conseguí atrapar a lo largo de mi vida, cuando no estaba anclado a la silla. Las miro con codicia, con los ojos brillantes y las garras afiladas. Me gusta como suenan, hacen un sonido como de susurro de hojas en otoño, “sussh, sussh”. Es un sonido agradable. Sí, me hacen gracia. Es algo irónico, yo encerrado en un cuarto en mi silla de ruedas y ellas encerradas en una caja de madera.

Pero hoy no me voy a divertir cogiendo alguna y tirándola por el aire. O ver sus caras de afixia cuando pongo mis manos alrededor del cuello, o cuando aprieto hasta la extenuación su maltrecho corazón. Hoy he decidido indultar a una de ellas. Sí, la voy a soltar, para que pueda vagar libre por el mundo. No sé, me ha dado por ahí. Lo mejor de mi situación en este destierro involuntario es que ya no tengo que dar explicaciones a nadie de lo que hago.

“Hoy, una de vosotras será libre”, les he dicho y todas se han puesto muy contentas, todas se han golpeado el pecho “a mí, a mí”. Me gustan estas almas. Lo reconozco, me caen simpáticas. Es cierto que no va a ser fácil escoger a ninguna. Cada una tiene su historia, cada una tiene sus miedos y rencores, creo sospechar que algunas incluso tienen una historia en común.

-Tú-, he dicho a una pequeña alma que estaba encogida en un rincón, y me ha mirado con los ojos muy abiertos.

El resto ha dejado de señalarse. Guardan silencio.

-¿Por qué yo?- y me escruta con esos ojos azules.
-Pues porque sí, menuda pregunta. ¿Es que necesitas algún motivo?-
-Hay otras que lo merecen más que yo -y parece que me lo está implorando.
-Bueno, pero yo te he elegido a ti, y con eso basta.
-¡No quiero! -y corre a refugiarse en un rincón.

De verdad que no entiendo a estas almas, llevan toda una vida encerradas en una caja, les das la oportunidad de ser libres y se niegan. La verdad es que no tengo preferencia por una o por otra, realmente me da igual. Escogí esa como podía haber elegido otra.

-Bueno, pues peor para ti, has perdido tu oportunidad. -sin embargo ella parece aliviada al oir que seguirá encerrada de por vida.
-Así que voy a elegir, voy a elegir… -hago como un redoble de tambor porque siempre me ha gustado dar un poco de suspense.
-A ti -y señalo a otra.
-No, no quiero, elige a otra, por favor-
-Pero bueno, ¿es que no quieres salir tu tampoco? ¿explorar de nuevo el mundo?-
-No -y se escabulle detrás de un corrillo de ellas.
-Pues entonces, tú serás la elegida para ser libre -y señalo otra-.

Cuando me mira con esos ojos que tan bien conozco ya me sé la respuesta.

-No-
-Pues a ti-
-No, no quiero.
-Entonces tú.
-Por favor, no.
-Y ¿tú? tú que estás escondida en ese rincón, ¿no quieres ser tú?
-No
-Vale, como quieras, entonces vas a ser tú-
-No
-Pues tú.
-No, no quiero
-¿Y tú?
-Yo tampoco quiero.

Odio enfadarme el día de mi cumpleaños, pero ya no lo soporto. ¡A la mierda!, abro la caja y las suelto por toda la habitación. Ahora que están libres me miran con un extraño brillo en los ojos. A un silbido de la que parece la jefa, se agrupan en formación y escapan por la ventana abierta.

Ahora miro mi caja de recortes vacía. La miro y remiro y pienso que no sé realmente qué ha pasado. Bueno, se han ido ¿y que? ¿qué me importa?. Cuando cierro la caja y me la acerco al oído ya no oigo ningún “sussh, sussh” de hojas. No oigo nada… Bueno, sí me parece oir unas pequeñas risitas, así que cojo la caja ya vacía y la vuelvo a guardar en el cajón.

nunca miro debajo de la cama

Nunca miro debajo de la cama. Es algo que me ha pasado desde pequeño, desde que en casa de la abuela encontré aquel feo muñeco pelón que tanto miedo me daba.

Es superior a mí. Ya sé que es una bobada y que no es normal que siga con esos terrores infantiles a mi edad, pero no me atrevo ni a dejar colgando una mano cuando duermo por si el ser que vive debajo decide llevarme consigo. Además, existen muchas otras fobias mucho más perjudiciales. No me afecta en absoluto mi miedo: puedo comer, puedo salir a la calle, puedo subir a edificios altos, no odio a gentes de otras razas o religiones… Vale, sí es cierto que cuando se cae algo debajo de la cama para mí está perdido para siempre, pero puedo vivir con ello.

Da un poco de vergüenza, pero mi miedo es justificado. Sé que debajo hay un monstruo porque algunas noches lo siento respirar afanosamente, o gruñir. Entonces suelo soltar debajo de la cama una de las galletitas que guardo en la mesilla de noche. En seguida oigo cómo el ser la devora. No lo he visto nunca pero supongo que tiene un enorme cuerpo viscoso y la carne mortecina. Sus garras podrían despedazarme y su boca tiene dos filas de afilados dientes. Sé que es así porque todos los monstruos de debajo de la cama son así; con los ojos muy claros y ciegos porque nunca han visto la luz. Cuando se enfada da un poco de miedo porque patalea y araña el parqué (que a estas alturas debe estar completamente desgastado). Aunque peor es cuando ríe de ese modo gutural con que lo hace. O cuando se pone a gemir. Es un sonido que hiere los oídos y yo me acurruco bajo las mantas porque de pronto tengo mucho frío, aunque sepa que la habitación tiene buena temperatura.

Reconozco que es mi cobardía la que me impide que haya hecho algo para acabar con ese ser. Alguna vez me he imaginado armado de valor y de la escopeta de caza que hay en el armario. ¡Pump, pump! y una sangre oscura, casi marrón, se derramaría llenando el suelo de la habitación. Pero, sencillamente no me atrevo. Además, hay veces que lo oigo canturrear como si fuera un niño. Entonces sé que él es el encargado de guardar mis sueños.

Sí, tengo un ser debajo de la cama que espanta mis pesadillas, que me protege del resto de fantasmas que existen. Un ser que, a su manera, me cuida para que no me pase nada malo durante la noche. Un monstruo espantoso con una pequeña fobia: tiene miedo de salir de debajo de las camas.