la madre muerta

Madre ha muerto esta noche. En la cama. En silencio. Sola en su cuarto helado. Con el vientre hinchado por un cáncer y los ojos abiertos mirando al infinito. Me he dado cuenta cuando un viento helado me ha despertado. Sé que está ahí: al otro lado de la pared. Muerta y fría. Y, como tantas noches, no quiero ir a verla.

La vida no se ha portado bien con ella. Padre, camionero, pasaba la mayoría de los días y aún las noches, fuera de casa. Haciendo jornadas de catorce horas para poder amortizar el préstamo del camión. Un maldito camión que decidió estrellarse contra un barranco con padre dentro y con letras sin pagar. Madre quedó a cargo de los hijos, trabajó como una burra limpiando escaleras y retretes ajenos: seís días a la semana durante todos los días del año porque los domingos los guardaba para nosotros. Para una cuadrilla de críos malcarados a los que llevaba al Retiro a ver los patos, a ver con envidia cómo los otros niños tenían pan para tirarles a los peces, patos y gansos, mientras nosotros sólo teníamos las manos vacías. Supongo que, por no tener que echarles de comer y tener mucho frío, nos divertíamos peleándonos mientras madre trataba de separarnos. No nunca me gustó el Retiro, nunca me gustaron los patos, nunca me gustaron los otros niños y nunca me gustaron mis hermanos.

Finalmente Madre cogió un cáncer que la atormentaba cada vez que la morfina dejaba de hacer efecto, que la hacía llorar de dolor en la soledad del otro lado de la habitación mientras los hermanos nos tapábamos los oídos con la almohada para no escucharlos.

Sí, realmente la vida no se portó bien con ella. Y sin embargo ella estaba siempre con una sonrisa franca en sus intensos ojos azules. Todo lo que hacía lo hacía cantando, con el cuerpo, con las manos, con los ojos, con la voz… No se quejó nunca, nunca un reproche, nunca un grito y siempre una palabra de consuelo, una palabra de perdón, un aliento de sonrisa, un “para delante que por atrás empujan”. Era una mujer admirable, como tantas otras pero mejor porque era mi madre y porque la vida la maltrató y ella no lo pensaba así.  Y porque nos defendió como una loba contra todo y contra todos. Daba igual quien estuviera delante, ella estaba siempre ahí. Ella era el ancla que hacía que no nos fuéramos, era el puto eslabón que nos unía y ¡joder! se ha muerto.

Te has muerto en la habitación de al lado, en esa habitación a la que no me atreví a entrar ninguna de esas largas noches de dolor, en esa habitación fría de llanto y soledad. Te has muerto y te echo de menos. ¡Madre!, ¡te quiero! Cómo no fui capaz de darme cuenta antes.

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5 comentarios sobre “la madre muerta

  1. Pasé a agradecer el comentario que dejaste donde fanou, Eliseo. No sabía que leías mis cuentos ni yo sabía que vos los escribías (cosas de la blogosfera.) Con respecto a volver a escribir lo dudo mucho, es raro de explicar el porque, pero me quedé sin historias para contar. Un saludo grande

    sevemos

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