miedo

El miedo tiene un sabor azul metálico, como cuando te muerdes el labio sin querer o te sangran las encías durante la noche. De repente sientes mucho frío y la piel se te eriza. Una piel que sientes en carne viva, que sientes desgarrada con el dolor de una cuchilla. El miedo hace apretar fuerte los párpados mientras tragas saliva. Una saliva amarga que no puede evitar que sientas la garganta seca, que no alivia el frío que sientes, ni el vacío del estómago. Sí el estómago duele, como duele el corazón cuando miras al miedo frente a frente.

No, es una batalla que sabes que vas a perder porque es una batalla contra ti mismo, que te hará llorar o gritar si consigues que se escape algún gemido. No, el miedo no nos hace más fuertes, sino más cobardes, más vulnerables, más pequeños si cabe. Y no sirve apretar los dientes, y no sirve apretar las manos contra ese estómago vacío.

Supongo que después de todo es eso, el miedo no sabe a nada, sabe a vacío, a vacío de estómago, a vacío de ojos muertos y de corazón helado.

Sé que se acercan, que están ahí… Y siento miedo

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