vecinos

Las paredes del piso donde vivo son de papel y, cuando estoy en el sofá, no oigo más que los gritos de los vecinos. Desde que me mudé no he podido pegar ojo. Trabajo por las noches de vigilante en un almacén. Qué paz, qué tranquilidad. En el trabajo no se oyen más que mis pasos cuando hago la guardia, en cambio en casa…

El del primero tiene una jauría de perros que deja abandonados todo el día. Los malditos chuchos no hacen más que gimotear lastimosamente durante toda la mañana. ¿Es que nadie entiende que un piso no es un lugar para un perro? De verdad que no me lo creo. Encima los deja en la terraza, con la que cae por la tarde.  Cada vez que los oigo me pongo de los nervios. Y me prometo regalarles una chuchería de esas rellena de raticida. Sí esa es la solución. Ya me estoy imaginando en la cocina amasando esas albóndigas de carne tan ricas… Vale, es posible que no lo haga nunca, pero la idea es reconfortante. Luego, jalo las albóndigas desde la calle hacia la terraza y listo. Con lo famélicos que están no van a dejar ni las migas.

Hablar de la incontinencia del viejo de arriba es algo obvio. Se pasa el día en el baño tirando de la cadena. Joder, debe gastar más agua que el trasvase Tajo-Segura. Para más inri si no está sordo, la televisión a todo volumen no hará en breve. ¿no se puede comprar uno de esos sonotones que venden en la teletienda que ve a todas horas?. ¡Y qué me dices cuando viene la de la Asistencia Social! Puta dominicana, deja de hablarle como a un niño. Siempre gritanto y siempre acabandolo todo en “ito”: bonito, abuelito, cariñito… la puta que la parió, no sabe más que hablar de otro modo con esa enorme bocaza. Y ni hablar de cuando se pone a “cacharear”. Nunca había sabido lo que significaba esa palabra hasta que vino ella: golpes a los cajones, golpes a los platos (que a estas alturas deben estar con más bollos que el plato de un loco), golpes a las cacerolas…

Pero lo peor es la pareja de al lado. Los tengo pared con pared y desde que tuvieron un crío no hacen más que pelearse. Así, además de soportar los lloros del pequeño bastardo tengo que escuchar broncas todos los días. Y no son una broncas normales. Empiezan siempre sobre las seis-siete de la tarde. Nada más llegar él se oye un portazo y empieza la juerga. Un golpe a la mesa, un bofetón, un portazo, ruido de platos… Al final siempre el llanto de ella. Siempre es igual, joder, por qué no se separan de una vez.

Esta noche ha sido peor. Ni subiendo el volumen del televisor he podido escuchar el programa de mierda que echaban. Portazo, portazo, golpes, patadas, el crío llorando, ella llorando, más patadas y puntapies… Un grito descorazonador y de repente silencio. Puff, no me lo puedo creer: silencio. Se han calmado. Después de dos años algo de silencio. Debe de ser mi día de suerte.

Cuando salgo a la calle para comprar tabaco una patrulla de la  policía local está a la puerta, junto a ella una ambulancia con las sirenas apagadas.

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el cruce de caminos

La noche se cerraba sobre sí misma como una uva en julio. No había luna y, hasta las estrellas parecían haberse olvidado de salir.

Ella se encontraba en aquel cruce de caminos. Como tantas veces, cuando había sido una niña, mirando al Este, al Oeste y al Sur. Pero ahora era el momento. “Elige tu camino”, la voz sonó como un susurro en el aire y sintió una mano firme en su hombro. Sabía que estaba sola en aquel bosque. Así lo habían dictado las Leyes desde tiempos inmemoriales. Así lo habían hecho todas las mujeres del pueblo de Lot cuando llegaban a la pubertad. En una noche sin estrellas debían acercarse al cruce y elegir un camino, olvidarse un poco de todo lo que habían sido y partir solas. “Pero… ¿hacia dónde?”. “Tienes que ser tú la que elijas tu camino”. Y ella se inundó de dudas. No quería partir, no quería hacer el viaje. Le asustaba la soledad.

“El primer paso es el más difícil”, concedió la voz que seguía ahí, junto a ella. Ya lo sabía, sabía casi todo lo que necesitaba saber, pero le ardía una pregunta en el pecho. Conocía la respuesta pero necesitaba intentarlo. “¿Me acompañarás?” preguntó.

La voz guardó silencio, el viento agitó las copas de los árboles y ella se acurrucó en la capa. “¿Me acompañarás?” repitió esta vez con más fuerza. Sabía que estaba pidiendo algo imposible, estaba prohibido totalmente. El viaje lo tenía que realizar sola. “¡Malditas sean leyes de los hombres!” gritó con fuerza, “¿Me acompañarás?”

“Siempre, siempre estaré contigo. Te hice una promesa cuando eras aún una niña. Ninguna Ley me hará romperla”.

Y entonces ella eligió el camino, ese Sur cargado de aromas a mar, a ruido de gaviotas y esperanza. Acompañada por un susurro, abrazada a una voz que la arrullaba como cuando era una niña.