la carta

23-feb-2008

Hola María, ¿cómo estás?
Reconozco que nunca he sabido cómo diablos se empieza una carta. No sé si es mejor un “estimado”, un “querido”, un “apreciado”… Supongo que por eso escribo algo tan simple como “Hola”.

Bueno, supongo que te extrañará que recibas esta carta después de tantos años. No te asustes, que no pasa nada. Es que hoy me he puesto a pensar en ti. Bueno, en ti y en mí. Y en aquellos tiempos en que éramos niños felices jugando con cualquier cosa.
Es extraña la memoria, un olor, un sabor, una imagen que no tiene nada que ver y de repente… ¡puff! Ahí está, un golpe de la memoria que devuelve al pasado.

Te decía que puede que te extrañe que te escriba después de tanto tiempo, pero estaría faltando a la verdad. Te he escrito muchas veces, muchas cartas desde que nos “separamos”. Es sólo que nunca he tenido valor para mandartelas. Algún día, cuando muera, me encontrarán enterrado bajo docenas de cartas dirigidas a una tal María. Me lo estoy imaginando, toda mi familia preguntándose quién es esa María. Todas las cartas esparcidas por el suelo de mi habitación y mis familia sin atreverse a abrir ninguna.

Sí, es lo que tiene mi familia, que son un auténtico coñazo, se odian entre ellos como si cada uno de ellos debiera la vida al otro. Tienen una capacidad inmensa de hacerse daño y cometer las más terribles atrocidades, pero nunca se saldrán de lo que denominan “sus leyes”: está permitido robar, maltratar, pegar a la mujer, malmeter, insultar… Pero nunca se saltarán un semáforo, nunca aparcarán en doble fila y nunca, nunca, abrirán una carta que no vaya dirigida a ellos.

Sí, he vuelto a pensar en ti, como cada veintitres de febrero y como tantas otras veces. En lo felices que fuimos, en las veces que hacíamos el amor en el asiento de atrás del coche, en los planes de futuro que imaginábamos… Sobre todo en esos viajes imaginarios a imaginarios países a los que íbamos en el viejo Volkswagen, o de polizones en un barco, u ocultos en un vagón de mercancías en el que nos colábamos desde aquella curva donde los trenes tenían que pasar tan despacio.

Luego nos casamos y todo se torció, empezaron los gritos y a los gritos siguió un bofetada y a la bofetada… Bueno, los dos sabemos cómo acabó. Pero no es eso de lo que quería hablarte. Durante todos estos años sólo espero que me hayas perdonado todo ese daño que te hice, porque no puede borrar nunca lo felices que llegamos a ser, los momentos de los “buenos tiempos”.

No, no te estoy pidiendo volver porque sé que eso es imposible, sólo quiero que me recuerdes como era antes de convertirme en un monstruo, sólo quiero escribirte con la esperanza de imaginarte leyendo feliz esta carta, aunque supongo que no la leerás. Y no la leerás porque, como tantas otras cartas que te he escrito a lo largo de estos años no me atreveré a meterla en el buzón. Supongo que no importa demasiado, total, hace ya diez años desde que te dejé muerta en aquella cuneta.

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el encuentro

Había pasado casi un año desde que se separaron con un portazo. Ella estaba reluciente con un vestido largo azul y una copa de vino en la mano. El gastaba los viejos vaqueros que había acompañado con una americana. Ambos habían accedido a ver la exposición sin demasiadas ganas. Era cierto que era la primera gran exposición de un amigo común. Las invitaciones vinieron en una escueta carta: “Hoy, a partir de las 7 de la tarde, en la Galería “Gonzalo”, sita en c/Alcacer, 22, expone Alberto “Kiko” Melillo. La exposición consta de 20 fotografías en blanco y negro de sus viajes por Asia y África.”

Alberto, al que nadie sabía por qué le llamaban Kiko y que había sido amigo de la infancia y confidencias de ella les había presentado en una fiesta que había organizado en su piso. Con aquella voz melifua que sólo puede poner un homosexual les había presentado: “He aquí una mujer fascinante y soltera, aquí un hombre desesperado de su pasado que busca amor, como todas” y los había dejado frente a frente. Sin decir nada más, ignorando la más mínima regla de protocolo que dice que, cuando se presentan a dos personas hay que decir sus nombres, profesiones y salarios para que tengan de qué hablar.

Se miraron un buen rato, en silencio, sin saber muy bien cómo comportarse. Rebuscando en la cabeza alguna frase que rompiera ese momento, rebuscando en los bolsillos de los pantalones algo ingenioso que decir, conscientes de que, lo que se dijeran torcería la noche a uno u otro lado.

Fue ella la que se adelantó
-Hola, me llamo Dafne, como la ninfa -y le adelantó la mano.
-Hola, yo soy Antonio -y dudó qué hacer -Antonio como el “bar Antonio” de la esquina.

Y ella no pudo evitar sonreir. Durante toda la noche se pasaron hablando de cosas banales, de lo bien que estaba la fiesta de Kiko -aunque hubiera demasiada gente, hiciera demasiado calor y se habían acabado los hielos-, de la guerra de Irak, de lo mal que estaba la política…

Sólo al final de la noche ella se decidió al fin.
-Estoy un poco cansada de esta fiesta, ¿te apetece ir a otro sitio?
-De acuerdo -y salieron de la mano de aquel piso sin despedirse de nadie.

La noche acabó en la casa de él (o de ella -era incapaz de acordarse-) y a esa noche le siguieron tres meses intensos de encuentros. Tres meses que fueron suficiente para conocerse tanto que se sentían desnudos uno frente a otro. Tan desnudos que, en algunas ocasiones discutían acaloradamente escupiéndose reproches y más reproches. Una noche de aquellas calurosas de final de verano, los reproches fueron a más, se desbocaron de tal modo que el dió un portazo y bajó las escaleras por última vez.

No hubo ninguna disculpa, ninguna llamada por teléfono, ningún SMS. Ambos sabían que se había acabado y necesitaban un tiempo para lamerse las heridas infringidas.

Y ahora se encontraban frente a frente. Ella con una copa de vino, él con una cerveza. Cada uno en un ángulo opuesto de aquella habitación, como dos boxeadores en su rincón. Se miraron a los ojos largamente y por un momento pareció que no había nadie más en la habitación; que el tiempo se había detenido, quizá para siempre. Fue ella la que dio el primer paso, la que dejó la copa de vino en una bandeja que apareció por ahí. La que se acercaba cada vez más. Cada paso desgarraba más, pero había que cerrar las heridas para siempre. Había que pasar página de una vez, cambiar de libro.

El notaba que se acercaba, que todas las palabras que se habían apelotonado durante tanto tiempo en su cabeza se negaban a proporcionarle un discurso coherente.

-Hola
-Hola
-¿Te apetece pasar conmigo los próximos tres meses de tu vida?

Y se fueron de la mano de aquella exposición sin despedirse de nadie como aquella otra vez. Sólo Alberto, “Kiko” para los amigos, fue capaz de darse cuenta de su huida con una sonrisa complice en su cara excelsamente maquillada para la ocasión.

ana

Hoy es tu último día aquí. Mañana vendrá una familia que ha decidido adoptarte. Ya nunca más te abrazaré, te cuidaré, te ayudaré a comer, a levantarte, a bañarte. Daniel, ya nunca más estarás encerrado en estas cuatro paredes. Tendrás padre y madre. Y también tendrás hermanos normales.

Todavía me acuerdo la primera vez que entré como cuidadora en esta casa hace ya más de cuatro años. En seguida me encariñé de ti. Eras el más pequeño, el más necesitado. Sí, ya sé que los otros también necesitaban ayuda. Al fin y al cabo venía a cuidar a “niños con dificultades especiales”. Pero
no sé si fueron tus ojos, o lo que fuera, pero el caso es que enseguida, y no se lo cuentes a los otros, te convertiste en mi favorito. Siempre me han gustado mucho los niños, ¿sabes? Es algo que ha sido así desde muy pequeña. Déjame que te cuente una historia.

Cuando tenía catorce años, mi madre trajo al mundo a un niño que se llamaba Daniel. Sí, aquí donde me ves yo tenía un hermano que se llamaba como tú. Y que también era “especial”, como tú. Los médicos dijeron que nació con un “pequeño retraso”, pero no es cierto. Aquellos médicos acostumbrados a etiquetarlo todo entre sano/enfermo, bueno/malo, blanco/negro, normal/anormal… ¡qué estúpidos!

Daniel, créeme, sólo existen dos tipos de personas: los que te hacen felices y los que no. Y mi hermano, siempre fue de las primeras. Era muy cariñoso, como tú. Y muy despierto, aunque quizá tú lo seas más y te lo digo en serio. Yo lo quería mucho ¿sabes? Y también lo cuidaba y lo abrazaba y le tenía que dar de comer y bañar…

Mi padre nos dejó un buen día sin ninguna palabra, sin ninguna excusa, sin ninguna respuesta. Pero Daniel me tenía a mí, y yo tenía a mi madre que encontró un trabajo en un supermercado. En uno de esos grandes que están en las afueras de las ciudades, donde los sábados se llena de tanta gente que hacen largas colas para poder aparcar. Tú no has estado nunca en uno de esos supermercados, pero te aseguro que, los lunes a primera hora, con todos los lineales ordenados, los estantes repletos de comida, la fruta ordenada y brillante… Yo es que, siempre que entraba me parecía que entraba en un cuento.

¿Te acuerdas del cuento de Hansel y Gretel que te he contado tantas veces? Pues lo mismo, pero en lugar de una única casita hecha de pan de jengibre, pastel y azúcar moreno, eran lineales y lineales de comidas y paquetes de todos los colores.

Un día, Daniel cogió una neumonía se nos fue a mi madre y a mi. En la cama de un hospital relleno de tubos…

Pero no sé por qué te cuento esta historia, porque contada así parece muy triste. Fijaté, fijaté bien poque ahí no acaba la historia. Hace ya cuatro años que encontré un niño que también se llamaba Daniel. Sí, estoy hablando de ti. ¿Qué curioso no? lo cierto es que la vida siempre ofrece una segunda oportunidad como aquel programa de televisión. Y lo cierto es que hemos vivido muchas cosas juntos, o ¿no? ¿me vas a decir que no nos hemos reído? ¿que no nos hemos divertido?

Y ahora te vas, una familia te va a adoptar. Los he visto y parecen buena gente. Un poco serios pero buena gente. Seguro que estarás muy bien con ellos aunque no puedo negar que te voy a echar un poco de menos. Me había hecho a la idea de que estaríamos juntos toda la vida, que nadie nos iba a separar nunca, que no iba a perderte como la otra vez. Juntos para siempre.

Ana se queda pensando, mirando a través de la ventana, agarrando con las dos manos a Daniel que le mira a través de sus ojos extraviados. Y pasa así mucho tiempo, tanto que a Daniel le duelen las muñecas, pero no se queja aunque siente un poco de miedo.

Ana se quita las lágrimas de un manotazo. Se levanta y va a la cocina. Allí coge tres bolsas de plástico. Se acerca a las habitaciones de los otros niños. Uno a uno los asfixia con las bolsas de plástico, a Daniel el último. Luego vuelve a la cocina, coge un largo cuchillo y se apuñala cerca del corazón. No se oye ningún grito. No se escucha ninguna queja.

La mañana encontrará tres pequeños cadáveres en sus camitas y una cuidadora que ha acabado suicidándose.