el encuentro

23Ago11

Había pasado casi un año desde que se separaron con un portazo. Ella estaba reluciente con un vestido largo azul y una copa de vino en la mano. El gastaba los viejos vaqueros que había acompañado con una americana. Ambos habían accedido a ver la exposición sin demasiadas ganas. Era cierto que era la primera gran exposición de un amigo común. Las invitaciones vinieron en una escueta carta: “Hoy, a partir de las 7 de la tarde, en la Galería “Gonzalo”, sita en c/Alcacer, 22, expone Alberto “Kiko” Melillo. La exposición consta de 20 fotografías en blanco y negro de sus viajes por Asia y África.”

Alberto, al que nadie sabía por qué le llamaban Kiko y que había sido amigo de la infancia y confidencias de ella les había presentado en una fiesta que había organizado en su piso. Con aquella voz melifua que sólo puede poner un homosexual les había presentado: “He aquí una mujer fascinante y soltera, aquí un hombre desesperado de su pasado que busca amor, como todas” y los había dejado frente a frente. Sin decir nada más, ignorando la más mínima regla de protocolo que dice que, cuando se presentan a dos personas hay que decir sus nombres, profesiones y salarios para que tengan de qué hablar.

Se miraron un buen rato, en silencio, sin saber muy bien cómo comportarse. Rebuscando en la cabeza alguna frase que rompiera ese momento, rebuscando en los bolsillos de los pantalones algo ingenioso que decir, conscientes de que, lo que se dijeran torcería la noche a uno u otro lado.

Fue ella la que se adelantó
-Hola, me llamo Dafne, como la ninfa -y le adelantó la mano.
-Hola, yo soy Antonio -y dudó qué hacer -Antonio como el “bar Antonio” de la esquina.

Y ella no pudo evitar sonreir. Durante toda la noche se pasaron hablando de cosas banales, de lo bien que estaba la fiesta de Kiko -aunque hubiera demasiada gente, hiciera demasiado calor y se habían acabado los hielos-, de la guerra de Irak, de lo mal que estaba la política…

Sólo al final de la noche ella se decidió al fin.
-Estoy un poco cansada de esta fiesta, ¿te apetece ir a otro sitio?
-De acuerdo -y salieron de la mano de aquel piso sin despedirse de nadie.

La noche acabó en la casa de él (o de ella -era incapaz de acordarse-) y a esa noche le siguieron tres meses intensos de encuentros. Tres meses que fueron suficiente para conocerse tanto que se sentían desnudos uno frente a otro. Tan desnudos que, en algunas ocasiones discutían acaloradamente escupiéndose reproches y más reproches. Una noche de aquellas calurosas de final de verano, los reproches fueron a más, se desbocaron de tal modo que el dió un portazo y bajó las escaleras por última vez.

No hubo ninguna disculpa, ninguna llamada por teléfono, ningún SMS. Ambos sabían que se había acabado y necesitaban un tiempo para lamerse las heridas infringidas.

Y ahora se encontraban frente a frente. Ella con una copa de vino, él con una cerveza. Cada uno en un ángulo opuesto de aquella habitación, como dos boxeadores en su rincón. Se miraron a los ojos largamente y por un momento pareció que no había nadie más en la habitación; que el tiempo se había detenido, quizá para siempre. Fue ella la que dio el primer paso, la que dejó la copa de vino en una bandeja que apareció por ahí. La que se acercaba cada vez más. Cada paso desgarraba más, pero había que cerrar las heridas para siempre. Había que pasar página de una vez, cambiar de libro.

El notaba que se acercaba, que todas las palabras que se habían apelotonado durante tanto tiempo en su cabeza se negaban a proporcionarle un discurso coherente.

-Hola
-Hola
-¿Te apetece pasar conmigo los próximos tres meses de tu vida?

Y se fueron de la mano de aquella exposición sin despedirse de nadie como aquella otra vez. Sólo Alberto, “Kiko” para los amigos, fue capaz de darse cuenta de su huida con una sonrisa complice en su cara excelsamente maquillada para la ocasión.

Anuncios


2 Responses to “el encuentro”

  1. Volver para el segundo round…

  2. La directora no había mentido sobre aquello de que se parecían, más bien, a unos pequeños departamentos. En el centro había un pequeño sofá bajo una ventana y en frente se encontraba un televisor. A la izquierda se podía ver una puerta y en la derecha otra, en donde seguramente yacerían los dormitorios, y en la punta de la pared derecha otra, en donde se encontraba el baño, pues eso decía en la puerta.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: