la casa del lago

Hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. La inmensa mole aparece al visitante al cruzar un recodo del camino. La hiedra se ha comido la mitad de las paredes y amenaza con cubrirla entera. Al entrar en el amplio recibidor te recibe una escalera que lleva a las habitaciones del piso de arriba. A la derecha unas dobles puertas llevan al salón principal. El suelo es de un mármol oscuro y frío.

Tras la escalera, una puerta lleva a la biblioteca, cubierta de estanterías, de libros y de silencios. La otra baja a la cocina donde repiquetean las cacerolas. Dos mujeres están preparando la cena, posiblemente asado y tarta de manzana que acompañarán a unos canapés de diversos colores. Apenas hacen ruido, apenas se miran entre ellas y jamás sonríen.

Por último, a la izquierda una pequeña puerta más baja de lo normal lleva al sótano. Ese sótano donde se guardan los pequeños cadáveres de la familia, los trapos sucios, la hija preñada antes de casarse, el atropello mortal de aquel pequeño por el coche familiar cuando Alberto conducía con más copas que la prudencia aconsejaría, los sobornos por aquella concesión millonaria, los sobres de estraza, los golpes con el puño cerrado… Y las cadenas. Aquellas cadenas con que se ataban a los niños que se portaban mal.

Sí, hoy he vuelto a soñar con la casa del lago. Y la he visto como siempre, pero en esta ocasión, tú no estabas ahí. No estabas para consolarme, para decirme que todo iba a ir bien, para acunarme como lo hacía mi madre cuando era un niño. y he sentido un frío atroz recorriendo mi nuca mientras caminaba en torno a la casa sin decidirme a entrar.

Sé que finalmente voy a entrar y bajar al sótano, sé que me esperan allí mis fantasmas, que cogeré una soga y la lanzaré por encima de la viga. Sé que acercaré el pequeño taburete y que acabaré balanceándome al final de la cuerda después de oir cómo se rompen los huesos del cuello.

Son extraños los sueños, pero esta vez no voy a llorar, no me voy a despertar antes de tiempo. Quiero llegar hasta el final. Sé que luego existirá oscuridad y silencio.

Y por fin podré descansar, alejarme de la casa y de todos sus recuerdos.

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recuerdos

Suena una vieja canción de los 80. “Colores” de Topo, un viejo grupo ya desaparecido. Y me pongo a recordar aquellos años. Aquellos años en que fuí feliz como sólo lo puede ser un niño. Días de bicicletas y carreras, de descubrimientos y de pan con chocolate. De pequeños secretos y de grandes risas. De aquella niña, Eva, de ojos azules frente a la que se acentuaba mi tartamudez. Aquellos años de besos furtivos e infantiles.

Y me pongo a llorar. Unas lágrimas calientes y amables que desembocan en un grito ahogado.¡Quiero volver a ser aquel niño! ¡quiero volver a jugar! ¡quiero volver a ser feliz! No debería ser tan jodidamente difícil aunque te hayas ido.