Hace dos años

Hace dos años desde que te fuiste. La casa está vacía desde entonces, pero aún así te oigo cada vez. Te oigo en la cocina recogiendo el lavavajillas, te oigo haciendo café… En la cama, al despertarme, veo el hueco dejado al lado derecho, las sábanas tiradas al lado y sigo sintiendo tu calor a mi lado. Las estanterías están llenas de tus libros de la facultad y en el armario sigue estando tu ropa. No he tocado nada desde entonces, aunque siento que debería cambiar la ropa de verano por la de invierno. Si no lo hago es porque siento una extraña pereza.

Dicen que a quien le han amputado un miembro sigue sintiéndolo durante un tiempo. Así que supongo que lo que me pasa es normal. Que te sienta a mi lado cuando cruzo las calles como hacíamos antes, que oiga tu risa rebotar en nuestra fuente, y que te eche de menos cuando dejo de sentirte más de una hora.

En el bar, Antonio, el camarero, cuando me ve entrar siempre pregunta con una sonrisa ¿lo de siempre? Y a un asentimiento de cabeza pone dos copas sobre la barra. Observo dos sillas vacías, me siento en una y pongo la otra enfrente a la mía. Ya nadie me pregunta si la silla está ocupada, porque lo saben ¿Acaso no ven que hay dos copas en la barra?. Cuando acabo con la mía, te ayudo con la tuya y, entonces, pido dos más.

Al salir me siento un poco aturdido. Con paso vacilante camino calle abajo y me siento en nuestro banco. Hace una noche amable, a lo lejos se oyen ladridos de perros y risas nocturnas que duelen porque me recuerdan las nuestras. Cuando cierro los ojos siento tus labios sobre los míos, te oigo susurrar en mi oreja y noto el cosquilleo de tus labios. De un manotazo me sacudo las lágrimas y pregunto al aire “¿Nos vamos a casa?”.

Hace dos años que te fuiste, pero no te voy a dejar marchar.

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